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Diario ajeno: Aunque me tiemblen las manos

Arthur Adamov

Arthur Adamov

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En algún momento de su vida, el dramaturgo Arthur Adamov decide hacer memoria. Lo hace bajo la sombra de una superstición: escribir un diario es redactar un testamento. A pesar de que quiere vencer esta superchería, tiene conciencia de la cercanía del fin: “La obsesión del suicidio. La horrible caminata a lo largo del Sena para saber en qué sitio el agua es suficientemente profunda”. Escribe esas líneas en 1966, se sabe acabado, apenas puede garabatear algunos apuntes personales, ya le es imposible concentrarse en su trabajo literario: “Cada vez estoy peor, bebo más, no logro terminar La Primavera del 71. Me marcho a Dieppe para reponerme. Durante una espantosa noche de lluvia abro mi manuscrito. Apenas puedo leerme y no comprendo ya absolutamente nada de mi obra. Lloro, luego me largo a un bar en el que ni siquiera hay chicas. Al regreso, en la escalera, me caigo”. El temor a la locura y las obsesas ideas suicidas arrinconan a quien, junto a Ionesco y Beckett, fue uno de los dramaturgos más sobresalientes de su tiempo.

Algunas de sus obras tuvieron éxito, otras ni siquiera se mantuvieron en cartelera. Su postura de izquierda le causó inconvenientes: Paolo Paoli, uno de sus trabajos, fue prohibido en París, en 1955. Sin embargo, la pieza se monta clandestinamente, burlando la censura. A partir de 1958, Arthur Adamov, siempre a favor de las minorías, de los excluidos, asume un activismo político: junto a otros artistas se pronuncia contra la masacre de argelinos en París. En ese entonces también es tentado a formar parte del partido comunista, pero duda: “sobre ciertos problemas no estoy del todo de acuerdo con él”. Se declara opositor de De Gaulle, participa en manifestaciones callejeras en su contra y es testigo de cómo los policías cargan contra los manifestantes, a quienes les disparan objetos de plástico que les desfiguran el rostro.  Durante esos años viaja invitado a Estados Unidos, Checoslovaquia, Suecia; lo acompaña su vertiginoso alcoholismo, que le irá nublando paulatinamente la salud y el entendimiento. En 1963 acude al aniversario de la revolución cubana en La Habana y hace un recorrido por la isla “en los viejos Cadillacs en mal estado, casi inutilizables”. De Fidel Castro se lleva la siguiente impresión: “un poco demasiado llamativo, un poco demasiado omnipresente”. Al comunismo no renuncia, muere con la esperanza puesta en el proceso de Vietnam.

Varias veces fue hospitalizado por su adicción al alcohol. En medio de sus crisis Adamov presiente que su memoria se llena de huecos, que se está vaciando; por tanto tiene una aterradora necesidad de escribir antes de que todo su vida se deshaga de olvido: “porque en los momentos hasta que el mismo tiempo se diluye, se impone una certeza: la de escribir”. Las fuerzas sólo le permiten llevar el diario mientras se somete a varios procesos de desintoxicación cuyos resultados rebotan entre mejorías, angustias y recaídas: “No escribir como un enfermo. Que este temblor de las manos se detenga (…) quiero que este diario sea hermoso. Lo será”.

Desesperado por la enfermedad, con la sombra del padre (igualmente alcohólico, finalmente suicida) revoloteando entre sus miedos, Adamov trata de aferrarse al amor de su amante, a quien llamaba Bisonte, para huir de la cada vez más insistente idea de la auto-aniquilación: “¿Voy o no a suicidarme? ¿Mi cuerpo aplastado contra el suelo, pingajo sangriento? ¿Acabará todo así? No me lo oculto, el salto me produce miedo. Y además está mi padre, si me suicido, si hago como él, entraré en su juego”. En medio de la incertidumbre se pregunta si Pavese y Maiakovski tenían una persona que los amara. Adamov presume de tenerla, pero se engañó al pensar que ese amor lo mantendría a flote. Pasará sus últimos días con ataques de epilepsia, recibiendo visitas de sus amigos más cercanos, leyendo Ya no hay firmamento, de su entrañable Antonin Artaud. En su encierro se pregunta si para el afuera él ya está muerto. El asidero que lo mantiene con vida cede al cabo. El abismo final se traga a un atribulado Arthur Adamov: el fantasma del padre ha ganado el juego.