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Diario ajeno: El silencio que hemos sido

“Yo amo a Columbo o la pasión dispersa”, Elisa Lerner

“Yo amo a Columbo o la pasión dispersa”, Elisa Lerner

“Volver a las páginas de ‘Yo amo a Columbo o la pasión dispersa’ es una forma de hacer memoria y de cuestionarnos sobre el silencio que hemos sido”

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En correspondencia privada con Elisa Lerner, la escritora venezolana me ha manifestado su asombro ante el interés que despierta en algunos jóvenes lectores su libro Yo amo a Columbo o la pasión dispersa, compendio de ensayos escritos en el período que comprende 1958-1978 y que fue publicado en 1979 por Monte Ávila Editores. Es cierto, ese libro, que la autora hasta hace poco se había negado a reeditar, es atesorado no sólo por lectores nacidos después de su publicación, sino por sus propios contemporáneos, quienes encuentran en sus páginas la sagacidad de una escritora curiosa y ávida de interpretar lo circundante con una escritura hecha de puntual trazado, que aviva las reflexiones sobre lo cultural, lo político y lo cotidiano. Quienes se acercan a este libro hallan no sólo un grupo de textos sobre temas variados; también, un valioso documento para entender el vacío del diálogo y la desmemoria del país.

Para Elisa Lerner, descendiente de emigrantes rumanos, la memoria y su carencia, el silencio y la incapacidad comunicante en Venezuela son una preocupación que se manifiesta en las páginas que durante años escribió para el Papel Literario y las revistas Zona franca e Imagen. Dichas reflexiones cobran renovada vigencia en estos tiempos de desbaratamiento de códigos cívicos: “En Venezuela no hubo diálogo. Los hombres estuvieron en las guerras de independencia, luego en las otras guerras puramente venezolanas, de caudillos, de la Federación, etc. Luego vinieron las crueles dictaduras selváticas. El silencio creció (…) Los hombres no hablaron. Estaban en las cárceles. Afuera, enajenada exterioridad, sólo quedaron las mujeres. El miedo tenía tamaño de océano. Entre las mujeres se estableció un diálogo incoherente, embrionario. Negativo lenguaje de mujeres solas: chismeaban, susurraban”. Según esta apreciación de Lerner, nos acostumbramos a esquivar el diálogo, a hacer habitual ese mohín tan nuestro de levantar la boca para señalar con disimulo lo que no podía ser nombrado. Crecimos como una sociedad tímida a la hora de conversar, de argumentar. “El no diálogo, el multitudinario silencio fue una adversa, áspera constante venezolana. Juan Vicente Gómez fue un inculto taciturno, un introvertido de la barbarie. Durante 27 años no habló. Ni dejó hablar al país”.

El silencio puede también ser una forma de miedo, el prolongado mutismo hace mella en el resentimiento de lo no dicho, y cuando el silencio estalla no es precisamente diálogo lo que drena. Luego de Gómez vinieron otros hombres fuertes que también nos obligaron a hacer chito. Pero un día llegó el ruido al poder y se desopiló sobre nuestras carencias y creímos que ese ruido, que reventaba años de mudez resignada, nos daría el derecho de palabra. Y en cierta manera nos los dio, pero tarde nos dimos cuenta de que esa concesión fue usada en nuestra contra: sirvió para sostener el ruido monocorde. Pretendimos diálogo inclusivo y nos dieron un prolongado y exasperante monólogo. Ustedes pidieron hablar, ustedes exigieron ser escuchados: yo hablo por ustedes. Ésa era la actitud de esa voz que desde el poder se desparramaba sobre todo el país. Pasamos de un poder que ejecutaba sin comunicar mucho sus pasos (apenas lo necesario para cuidar las formas) a la charlatanería y la manipulación desde el lenguaje. El don de lenguas fue la nueva pócima mágica que nos ofrecieron para solucionar nuestros problemas. Desde ese entonces, la estridencia se institucionalizó. Seguimos sin dialogar; en su lugar adoptamos el grito: el que grita más fuerte, se impone.

No debería extrañarse Elisa Lerner por la vigencia de su libro en el gusto de las nuevas generaciones. En él documenta una parte de lo que somos, nos señala nuestra despreocupada cultura de la desmemoria –nuestro talón de Aquiles, que obviamos atender con ortopedia para no seguir cayendo en alquimias y abismos–. José Balza refuerza el discurso de Lerner con su pertinente prólogo: “La ausencia de memoria del venezolano se equilibraba con los memoriosos: los dictadores, cuyo paradigma sería Juan Vicente Gómez. Memoria para el poder, desde el poder: para destruir y dirigir, para vestirse con todo un país, hasta gastarlo”. Volver a las páginas de Yo amo a Columbo o la pasión dispersa es una forma de hacer memoria y de cuestionarnos sobre el silencio que hemos sido.