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Diario ajeno: La señora Charlotte

“I Am My Own Wife” (“Yo soy mi propia mujer”) en su versión en inglés de Charlotte von Mahlsdorf

“I Am My Own Wife” (“Yo soy mi propia mujer”) en su versión en inglés de Charlotte von Mahlsdorf

En esta quinta entrega de Diario ajeno, la escritora Carolina Lozada recuerda al lúcido personaje Charlotte von Mahlsdorf, fundadora del Museo Gründerzeit, quien en su libro “Yo soy mi propia mujer” (Barcelona: Tusquets, 1994) “cuenta su agitada vida en medio de los torbellinos desatados en su Alemania natal a lo largo del siglo XX”

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Lothar Berfelde casi no recuerda los ojos de su padre porque creció evitando mirarlo a la cara. De la madre recuerda los vestidos guardados en un baúl, atuendos que el pequeño Lothar se probaba entusiasta mientras danzaba frente al espejo, cobijado por la suavidad de las telas hasta que el padre lo pillaba y perseguía para azotarlo y reprenderlo a gritos: “¡No eres una niña! ¡Un día tendrás que ser soldado!” Pero el muchacho no quería ser soldado y menos después de crecer viendo la barbarie emprendida por los camisas pardas del ejército alemán contra los ciudadanos judíos, y aún menos luego de haber visto desaparecer a su querido Helmut Levinsohn, su primer amor, en manos del nuevo orden. Lothar tampoco quería ser niño; a su madre llegó a confesarle: “En realidad yo soy tu hija mayor”. La señora, mucho más comprensiva que su despótico marido, quedó un poco estupefacta, aunque entendió que su hijo era diferente: “si así eres feliz, eso es lo fundamental”, fue su respuesta.

A pesar de tener el mundo en contra, Lothar siempre estuvo segura de sí misma, y desde chica entendió que su naturaleza era femenina, que era un travestido y no un transexual, pues con sus genitales no tenía problema. Pronto decidió llamarse Charlotte, y desde 1945 se paseó vestida de mujer. Desde la aparente fragilidad de sus amaneramientos tuvo que lidiar no solo con la violencia desquiciada del padre, sino también con el delirio nazi en su infancia, luego con el tozudo socialismo alemán de su adultez y, ya al final de su vida, con el insurgente neonazismo de los cabezas rapadas.

En Yo soy mi propia mujer (Tusquets, 1994), su libro de memorias, Charlotte von Mahlsdorf, fundadora del Museo Gründerzeit (el sitio que contiene la más completa colección de objetos de la Belle Époque), cuenta su agitada vida en medio de los torbellinos desatados en su Alemania natal a lo largo del siglo XX. Atraída desde muy pequeña por la arquitectura y las piezas del periodo llamado Gründerzeit (finales del siglo XIX), la afanosa Charlotte se dio a la tarea de rescatar objetos de este estilo artístico en medio de las peores circunstancias bélicas. Al igual que buena parte de sus contemporáneos europeos, pasó hambre, sufrió pérdidas, temió no amanecer más al oír el sobrevuelo de los aviones y al ver la lluvia fatal de los bombardeos. Mientras huía de los ataques, una joven Charlotte fue testigo de cómo un grupo de ancianos fueron colgados porque se negaron a tomar las armas para defender a su país cuando se acercaba el fin del sueño nacionalsocialista. A los condenados les pusieron carteles que decían: “Soy demasiado cobarde para defender mi patria”. Sobreviviente de la guerra, en la distancia del tiempo von Mahlsdorf reflexiona:“Hoy día aún da miedo pensar que para perpetrar un asesinato en masa no hace falta ningún apasionamiento ni ninguna energía criminal, sino sencillamente un fuerte espíritu de trabajo, obediencia, sentido del deber y la capacidad técnica necesaria para llevarlo a cabo”.

Después de la guerra vinieron los rusos y con ellos el comunismo. Durante estos años, la coleccionista y restauradora continuó con su trabajo y con su “estrafalario” estilo de vida. Frecuentaba bares de ambiente y aumentaba su patrimonio artístico, hasta que los organismos censores de la República Democrática Alemana comenzaron a hostigarla. En una ocasión fue llamada a declarar ante un agente del Partido Socialista Unificado de Alemania (SED) por haber asistido a una fiesta vestido de mujer. Como represalia, no le renovarían contrato en el museo en el que se encontraba trabajando, a pesar de que no contaban con otro empleado que cubriera los requerimientos técnicos y artísticos manejados por ella. Más adelante, “los pastores del buen vivir alemán” la emprenderían contra la zona de ambiente de Berlín y se ensañarían especialmente con el famoso Mulackritze, un bar donde se daban cita artistas, lesbianas, travestidos, prostitutas: la llamada “escoria de la humanidad” por los voceros del nazismo. A sus dueños se ledio un comunicado donde se les informaba que el lugar sería cerrado, palabras más, palabras menos, porque “tolerar en su local a putas, maricas y lesbianas constituía, según la interpretación del estado del SED, una actividad tan antisocialista e inmoral, que se hacía preciso proceder sin dilación: se trataba de un peligro inminente”.

A pesar de las prohibiciones y los vejámenes a los que eran sometidos ella y tantos otros homosexuales y travestidos, estos se las arreglaban para seguir sus vidas con los sabuesos de la Stasi olfateando sus traseros: “El estado del SED mostró siempre una firme actitud de rechazo ante la homosexualidad hasta bien entrados los años ochenta. Hacían como si no existiéramos. Los bares fueron cerrados o mantenidos bajo una estricta vigilancia; no se nos permitía poner anuncios en los periódicos (…) de modo que, para conocer a alguien, la única posibilidad que quedaba era recurrir a los lavabos y los parques, o retirarse cada uno al círculo de sus allegados”.

Vivir detrás del muro no era fácil; sin embargo, Charlotte se las apañó para llevar su existencia como mujer. De igual modo se aferró como pudo a las paredes de su museo cuando las políticas de la RDA intentaron expropiarlo. Como respuesta, la mujer regaló algunas piezas a conocidos y visitantes; prefirió hacer esto a ver cómo el trabajo de toda su vida desaparecía bajo el saqueo de los intereses socialistas. Von Mahlsdorf temía que a su museo le ocurriera lo mismo que a todo aquello que tocaban las fuerzas gobernantes de entonces: “a la hora de destruir barrios enteros, el socialismo actuaba con una eficiencia y prontitud típicamente capitalista”. Ya vemos, esas costumbres siempre han existido.

Pero al final ganó, y con la democracia hasta recibió la Cruz del Mérito Civil por su destacado trabajo en la preservación del patrimonio artístico. Además, sin proponérselo se convirtió en un referente para la causa gay. Hoy, cuando Charlotte ya no está pero su museo se mantiene en pie en una ciudad que logró deshacer sus ataduras, me refugio en las palabras de este encantador travesti bajo el frágil amparo que dala esperanza: “Fui consciente por primera vez de la agonía de ese socialismo, que de socialismo no tenía nada, en 1961, en el momento mismo de ser levantado el muro. Un Estado que para sobrevivir se ve obligado a encerrar a sus ciudadanos no puede durar mucho tiempo”.