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Diario ajeno: La leche del padre

Diario ajeno: La leche del padre

Diario ajeno: La leche del padre

Las relaciones irritantes entre escritores y sus padres, sea ficción o realidad, es el tema que deshoja Carolina Lozada en esta entrega de su serie Diario ajeno

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En la historia del hombre y sus ficciones es muy probable que sea Edipo el hijo menos deseado de todos. El incesto y el asesinato son los actos ineludibles en el cumplimiento del fatum de este desgraciado personaje. A pesar de las maniobras emprendidas por Layo, su padre, para evitar la consumación del oráculo, Edipo lo sobrevive y lo mata. Lejos del mito, pero con cierta cercanía trágica, el crimen es la vía tomada por el travestido alemán Charlotte von Mahlsdorf, quien harta de las golpizas y los malos tratos propinados por su padre a su madre, a  ella misma y a sus hermanos, decide asesinarlo el día que el iracundo progenitor amenaza con aniquilara toda la familia. Charlotte sabía que su padre no se andaba con cuentos: años antes, el marido furioso, ante la amenaza de divorcio hecha por su esposa, había disparado en su contra, pero no logró dar con el objetivo. En sus memorias, el dramaturgo Arthur Adamov confiesa sobre la muerte paterna: “detestaba a mi padre, por lo tanto yo lo había matado. Durante un año, por lo menos, yo estuve seguro de eso. Ni siquiera ahora estoy convencido de lo contrario”.

Mijaíl Dostoyevski, hijo del arcipreste de la apartada aldea de Podolsk (Ucrania), huye de los estudios de seminarista impuestos por el progenitor y se traslada a Moscú para estudiar Medicina. En esa ciudad formará una numerosa familia junto a María Fiódorovna Necháyeva. La relación con su mujer, hijos y allegados no es fácil; al contrario, podría decirse que es tormentosa. La figura paterna es extremadamente dominante, arbitraria y, en suma, celosa con su mujer. Augusto Vidal recoge en su libro Dostoyevski. El hombre y el artista (Barcelona: Círculo de lectores, 1990) algunos episodios de la familia, como el contado por Andrei –el cuarto hijo de Mijaíl y María Fiódorovna– acerca del cuidado que estaban obligados a tener cuando su padre tomaba la siesta, momentos en que debía prevalecer un silencio absoluto; y en el verano los hijos debían encargarse de abanicarlo y espantarle las moscas con una rama de tilo: “Esta hora y media o dos horas eran una tortura para mí… ¡Y Dios me librara de distraerme y dejar que una mosca picara al durmiente!” Pero el peor trato lo sufría la esposa, constantemente embarazada y humillada por el marido, como se recoge en una carta de ella fechada en 1835: “Pasa el tiempo, pasan los años, las arrugas y la hiel se extienden por el rostro, la alegría natural del carácter se convierte en triste melancolía, y aquí tienes mi destino, aquí tienes la recompensa a la limpia pasión de mi amor; si no me confortara mi conciencia pura y la esperanza en la providencia, el fin de mi destino sería el más lamentable”. El despótico padre morirá asesinado por manos ajenas, pero su sombra no se diluirá por completo. Sigmund Freud, en su ensayo “Dostoyevskiy el parricidio”, plantea la epilepsia padecida por el escritor ruso como una posible respuesta punitiva ante el deseo de la muerte del padre odiado.

Al hablar de padres odiados es difícil no pensar en Kafka. Él mantuvo con su progenitor quizás la más irritante relación en la historia de la literatura. El escritor no puede escapar de la opresiva presencia del Vater, frente a cuya figura se siente en minusvalía: “esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a tu influencia” (Carta al padre). Un angustiado reclamo le da aliento a esta misiva que nunca llegó a su destinatario y que con el paso del tiempo se convirtió en un texto catártico: “éramos tan distintos y tan peligrosos el uno para el otro en esa diferencia, que si hubiese calculado de antemano la relación que surgiría entre nosotros, yo, el niño que se desarrollaba lentamente, y tú, el hombre hecho, hubiera sido posible presumir que tú simplemente me aplastarías bajo tus pies, que nada quedaría de mí”.

Parte de los recuerdos de juventud de Arthur Adamov tienen que ver con la adicción al juego de su padre, arruinado por la revolución: “Una noche de cada dos voy a buscar a mi padre al casino, mi madre ordena y yo obedezco. Pero yo odio ese casino, esa escalera que sube hasta la sala de juego, y ese portero descolorido por el que inevitablemente hay que pasar y, finalmente, ese padre mentiroso, cobarde y mucho más descolorido aún que el portero: ‘Ve a decirle a mamá que estoy ganando, que llego en seguida”. El jugador no podrá con las deudas y se envenenará. El hijo seguirá sus pasos luego de poner punto final a sus memorias. Edipo arrastra al padre y viceversa, como lo muestran los crudos versos de José Barroeta: “La leche de mi padre baja del cadáver/ al aire. /Una leche onírica, / en estado de coma (…) Yo voy en el carro de los muertos/ con flores de noviembre/ y leche de mi padre en la cara”.