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Diario ajeno: El grito insomne

La tarea del testigo, Rubi Guerra

La tarea del testigo, Rubi Guerra

En esta cuarta entrega de la serie Diario ajeno, Carolina Lozada escribe sobre la novela de Rubi Guerra, "La tarea del testigo" (Caracas, 2007), obra que ficcionaliza “cercanías anímicas” entre José Antonio Ramos Sucre y Franz Kafka

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El 25 de octubre de 1929, José Antonio Ramos Sucre le escribe una carta a su hermano Lorenzo, en donde se confiesa un ser desgraciado y de espíritu condenado como consecuencia de una crianza desconsiderada y despótica:

“Carúpano fue un encierro. El padre Ramos ignoraba por completo el miramiento que se debe a un niño. Incurría en una severidad estúpida por causas baladíes. De allí el ningún afecto que siento por él. Yo pasaba días y días sin salir a la calle y me asaltaban entonces accesos de desesperación y permanecía horas llorando y riendo al mismo tiempo. Yo odio a las personas encargadas de criarme.”

En la misma habla también sobre su problema nervioso: “El desequilibrio de mis nervios es un horror y sólo el miedo me ha detenido en el umbral del suicidio”. Sin embargo, unos años más tarde, el poeta nacido en Cumaná perderá el miedo a la muerte y cruzará el umbral. En una de sus últimas cartas, dirigida a Dolores Emilia Madriz y fechada en Ginebra el 24 de abril de 1930, expone: “Yo no sé cómo estoy. Pero te aseguro que no siento mucho miedo a la muerte”; más adelante, a escasos días de su primer intento de suicidio, le anuncia a la misma destinaria:

“Yo no me resigno a pasar el resto de mi vida, ¡quién sabe cuántos años!, en la decadencia mental. Toda la máquina se ha desorganizado. Temo muchísimo perder la voluntad para el trabajo. Todavía me afeito diariamente. Apenas leo. Descubro en mí un cambio radical en el carácter. Pasado mañana cumplo cuarenta años y hace dos que no escribo una línea.”

El 9 de junio de 1930 cumple cuarenta años e intenta suicidarse por segunda vez. El 13 de junio muere. 

La posibilidad de suicidio como salida a sus tribulaciones también sedujo a Kafka, aunque no llegó a concretarse. El 15 de febrero de 1914, el autor checo hace una enumeración de las cosas hechas (y las deseadas) el día anterior; entre otras, escribe: “Ayer por la tarde me hice cortar el pelo, después escribí la carta a Bl.; después estuve unos momentos con Max (…) después, las ganas de suicidarme”. Con menos ligereza había apuntado el 15 de agosto de 1913: “Tormentos en la cama, al amanecer. Vi la única solución en saltar por la ventana”. No sólo la constante idea del suicidio es una presencia vinculante entre estos dos escritores, sino además el mal del insomnio, el espíritu socavado por una debilidad nerviosa. En varias ocasiones, Kafka apunta en su diario la dificultad que tiene para lograr el sueño reparador que necesita. En los años que preceden el final se queja, al igual que Ramos Sucre, de una gran debilidad física y espiritual: “No puedo continuar escribiendo. Estoy en el límite definitivo(…) Este destino me persigue. Me siento otra vez frío y sin alma; no queda más que el amor senil por el reposo completo”.

Consciente de las “cercanías anímicas” entre Ramos Sucre y Kafka, Rubi Guerra ficcionaliza un encuentro entre los dos autores en su novela La tarea del testigo (Caracas: El perro y la rana, 2007). El narrador cumanés ubica a ambos personajes en un sanatorio europeo en donde establecerán una cordial camaradería. A su vez se permite introducir personajes y situaciones propias del cine expresionista, como la recreación de la persecución del asesino de M, el vampiro de Düsseldorf, la película de Fritz Lang, y la aparición del sonámbulo Cesare, de El gabinete del Dr. Caligari, de Robert Wiene. Guerra irá más allá y combinará la ficción literaria con la fílmica para crear una situación en la que involucra a los dos escritores insomnes con Cesare, como si se tratase de una escena paralela de El Gabinete del Dr. Caligari. A través de este juego de ficción, Guerra logra situar a los dos escritores dentro de ese momento espiritual y artístico que supuso la angustia expresionista.

Testigos de tiempos bélicos y de terror mundial, Kafka y Ramos Sucre compartirán a la distancia el grito insomne, la zozobra frente a las mareas de sus existencias nerviosas. Ninguno de los dos logrará doblegar sus temores e inseguridades, ninguno podrá reponerse del cuerpo enfermo: “la enfermedad lo obligaba a detestar su cuerpo”, escribe Rubi Guerra en La tarea del testigo. En Kafka pronto se desinflarán los entusiastas y volátiles accesos de fortaleza: “¡Desde hoy no dejar el diario! ¡Escribir con regularidad! ¡No rendirse!” Abatido en sus fuerzas, en algún momento el autor de El Proceso se asume como un ser “tan abandonado por mí, por todo”. Páginas después escribirá: “Morir no sería nada más que entregar una nada a la nada”.

“Residuo” es el título del último poema de Ramos Sucre y en él iniciará el camino de la renuncia, transitando por parajes brumosos: “Yo decliné mi frente sobre el páramo de las revelaciones y del terror”. El poeta latinoamericano sobrevivirá al narrador europeo sólo unos pocos años más, y nunca renunció al sentimiento fatalista que le marcó la vida: “llevo en el espíritu la desolación del paisaje”.