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Diario ajeno: El exilio perenne

Angel Rama y Marta Traba

Ángel Rama y Marta Traba

El ensayista y crítico latinoamericano Ángel Rama y su paso, junto a Marta Traba, ocupan las líneas de Carolina Lozada

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El azar propició que mi lectura de la primera página del diario de Ángel Rama coincidiera, puntualmente, con los cuarenta años de haber sido escrita. Ese 1 de septiembre de 1974, Rama apunta: “A esta edad, normalmente, se redactan las memorias. A falta de ellas, me decido por una anotación de diario, ni público ni íntimo”; pocos años trascurrirían para que el fátum deshiciera la vida del escritor uruguayo junto a su esposa Marta Traba, la reconocida crítica de arte, y transformara las notas de ese diario no sólo en las memorias de un escritor, sino en una visión hipercrítica sobre los acontecimientos y los lugares donde vivió durante su exilio. Esa visión áspera y sin condescendencias le trajo inconvenientes no tanto en su trabajo como crítico como en su interacción con el medio intelectual, periodístico y académico, especialmente en Venezuela. En Caracas, Rama y su esposa siempre se mantuvieron a la defensiva frente a un medio que consideraban xenófobo, hostil y mediocre: “Percibo cuánto me falta aquí en Venezuela esa soltura del intercambio intelectual (…) y cuánto me he comprimido para adecuarme a la insuficiencia que colegas y estudiantes proponen día a día”. Durante un tiempo sostiene una diatriba por un artículo suyo publicado en la prensa y se queja de ser atacado por su condición de extranjero y su militancia de izquierda. En algún momento llega a confesar: “Bien caro me han cobrado el pan del exilio”.

El proyecto editorial Biblioteca Ayacucho, del que Rama fue uno de sus más entusiastas abanderados, fue, en su opinión, el único trabajo entrañable que desempeñó en Venezuela, al punto de considerarlo una pérdida una vez que renunció y se fue del país definitivamente. En su estadía venezolana, el descontento y la inconformidad minaban la vida de la pareja. En el diario queda registro de apreciaciones negativas de Ángel Rama sobre algunas figuras nacionales: no tiene empacho en cuestionar a la República del Este y a las horas de lo que él llama “alcoholismo subsidiado”; de Sofía Imber y su esposo Carlos Rangel tiene una feroz imagen, y a Uslar Pietri lo considera el “Goethe provinciano”. Pero el autor uruguayo no se reprime en límites nacionales a la hora de emitir juicios: a Benedetti lo considera un funcionario cubano, y son varias las veces en que desnuda el juego oportunista de Fernández Retamar y asoma sus críticas a la intelectualidad chilena en el exilio. A Julio Cortázar, a quien le tiene afecto y aprecio intelectual, no le perdona su “candor político”: “Desagrado, cólera y más tarde una larga, larga depresión, cuando oí a Cortázar en el acto de presentación de la revista Sin Censura que él patrocina en París (…) En Julio (…) se oye a un adolescente quinceañero decir simplezas, sobre el exilio, sobre Nicaragua (‘en dos años serán resueltos los problemas del país’), sobre los regímenes militares, sobre el socialismo (una simple panacea), sobre los escritores-comprometidos”. Al igual que Cortázar, Rama respaldó la revolución cubana; sin embargo, el caso Padilla lo puso en el bando de los reprochadores. Este hecho no significó una completa ruptura con el proceso de La Habana; a pesar de conservar por éste cierta simpatía, a lo largo del diario recoge testimonios del gradual envilecimiento del paraíso prometido, como el ofrecido por el propio Heberto Padilla en mayo de 1980: “Sus historias de Cuba son fantásticas hasta un grado impensable y no ceso de preguntarme si describe un mundo paranoico o lo ve paranoicamente. Todo es intriga, maquiavelismo, pervertido ejercicio del poder, impiedad y crueldad. Todos son cínicos, calculadores y dementes. Todos, sobre todo, son policías”.

El diario de Rama da cuenta de su afán investigativo (que lo mantenía ocupado en clases, ponencias, congresos, prólogos y artículos), de su vida junto a Marta Traba, del repentino cáncer padecido por ella, de la constante molestia dental sufrida por él, de la inquietud ante la desconcertante vejez y, sobre todo, de su constante inseguridad frente al devenir, no sólo en el plano económico sino en el territorio físico: ¿cuál sería el asidero final de un exiliado que no puede regresar a su país? Si bien en sus páginas no se nota un especial deseo por recuperar la ciudad perdida, sí manifiesta una gran necesidad de un lugar donde quedarse y vivir tranquilo. Una vez cumplido su tiempo como profesor universitario en Estados Unidos le es negada la residencia permanente, razón que obliga a los Rama-Traba a emprender nuevamente su camino, esta vez hacia Europa. Una vez instalados en Francia, el destino trágico los sorprenderá lejos de cualquier suelo donde poner sus pies definitivamente. Ángel y Marta morirán en el espacio transitorio de una pista de vuelo.