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Diario ajeno: La duda

Salvador Garmendia | Oswaldo Tejada | Archivo

Salvador Garmendia | Oswaldo Tejada | Archivo

Qué pasa cuando el hombre deja de soportar el sistema, cuando lo ha atosigado de una manera que siente que su vida peligra, ese hombre comienza a dudar y su ideología se desmorona. Carolina Lozada nos coloca como ejemplo a Salvador Garmendia 

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Salvador Garmendia admitió sin empacho haber mantenido fervorosas posiciones religiosas y políticas a lo largo de su vida. De muy joven fue un vehemente católico; esa fe en el dogma la trasladó años después a la militancia comunista, pero los excesos soviéticos pusieron en duda su creencia en el sistema: “Los edificios de la fe se derrumban con violencia, porque sus bases son endebles (…) Cuando una chispa de duda cae, la iglesia se incendia, por eso se combate tan celosamente la duda en el creyente. Cualquier pecado es menos grave que la duda”, reflexiona el autor en las conversaciones que sostuvo con Miyó Vestrini y que fueron recogidas en Salvador Garmendia. Pasillo de por medio (1994). Como hombre de letras sus primeros resquemores frente a la malograda revolución socialista soviética tuvieron que ver con el control a la libertad de pensamiento, con las regulaciones que limitaban lo que se podía leer y elegir. Estas restricciones fueron minando el fervor, si bien no por la causa socialista (porque siguió siendo un hombre de izquierda), sí por el sistema que la representó durante más de la mitad del siglo XX.

La censura ha sido el perro guardián entrenado por la maquinaria partidista para que muerda cualquier gesto de disidencia intelectual. Garmendia recuerda el caso de Howard Fast, el autor norteamericano instigado primero por el Macartismo y luego por el comunismo soviético: “Basta recordar el caso de Howard Fast, un escritor que gozaba de una aceptación entusiasta en el partido. Las ediciones de sus libros se reproducían como por milagro, hasta que ocurrieron los sucesos de Hungría, las matanzas en Budapest. Fast denunció estos hechos vigorosamente y fue de inmediato excomulgado del mundo comunista”.

Uno podría meterse en la conversación entre Vestrini y Garmendia y alargar la lista de ejemplos. Se me ocurre el caso de Václav Havel y todos los firmantes de la Carta-77 que llamaban la atención sobre las promesas no cumplidas por el gobierno comunista checoslovaco para enmendar sus entuertos en materia de derechos humanos. Dicha carta no sólo significó el ostracismo para los firmantes, sino también el acoso y la prisión para algunos de ellos, como ocurrió con Havel, quien se dedicó a combatir el abuso del poder desde el activismo político pasando por su trabajo intelectual. En su libro El poder de los sin poder desnuda el lado oscuro de ese sistema que regentó a su país durante varias décadas: “Mientras por su naturaleza la vida tiende al pluralismo, a la variedad de coloridos, organizarse y constituirse de manera independiente, en definitiva, a realizar su libertad, el sistema postotalitario exige monolitismo, uniformidad y disciplina (…) Este sistema sólo está al servicio del hombre en la medida en que es indispensable para que el hombre esté al servicio del sistema”. ¿Pero qué pasa cuando el hombre deja de soportar el sistema? ¿Qué pasa cuando al hombre lo atosigan de tal manera que hasta su supervivencia está en peligro? Ocurre la duda, y muy cerca de la duda está el desbarrancadero de las ideologías.

A Garmendia la duda se le agranda tanto que se hace un hoyo negro que le consume la ilusión por la utopía pregonada por el comunismo. Frente a los desplazados de Vietnam y Camboya no le queda más que admitir: “el hecho de que centenares de miles de personas escapen de un país, exponiendo su vida a cada momento, indica un grado de desesperación que está por encima del simple descontento (…) Cuando la gente se coloca en una actitud extrema, prefiriendo la muerte a seguir soportando determinadas condiciones, es señal de que algo muy grave está pasando”. A pesar de los sangrientos fracasos de los procesos socialistas, a Garmendia y a tantos otros contemporáneos suyos de izquierda les quedaba un último bastión de optimismo y resistencia: la revolución cubana. Sin embargo, su gradual estrago no ha dejado espacio para el optimismo. En sus años finales, Salvador Garmendia se expresó acerca del éxodo cubano con un contundente análisis que en nuestro tiempo recobra una estremecedora actualidad, al leerlo parece que asistiéramos tardíamente a las predicciones de un cruel oráculo: “Ocurre lo mismo que ocurrió en otros regímenes socialistas. El país se mineraliza, se estanca. Escasean los alimentos, la vivienda, el vestido, la gente sobrevive rodeada de restricciones, sin alicientes, sin futuro. El estado aprieta cada vez más las tuercas, se le exige más al ciudadano y se le da menos. La gente comienza a fatigarse de las promesas: en el próximo plan quinquenal tendremos más ropa, más apartamentos; y la ropa no llega, ni llegan los apartamentos; las vitrinas están vacías, el país está detenido”.

Ha pasado casi un siglo en intentos de lograr la felicidad totalitaria y parece que de los errores no aprendemos, somos una eterna reincidencia. La conseja popular advierte que nadie aprende por cabeza ajena. Probablemente sea cierto, pero ojalá la duda siempre nos habite para restarle espacios a los fundamentalismos absolutos.