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Diario ajeno: Los días de André Gide

André Gide / Fotografía tomada de Internet

André Gide / Fotografía tomada de Internet

“Un viaje al corazón de la revolución fue suficiente para que entendiera que la utopía soviética no sólo era un fracaso, sino que se encaminaba hacia el horror”

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Las primeras páginas del diario de André Gide son ciertamente desabridas. Están colmadas de notas sobre paseos, tertulias, viajes, encuentros familiares y amistosos que sostuvo el escritor francés durante su juventud. Demasiado preciosismo y monotonía como para hacer apetecible su lectura. Sin embargo, más adelante este diario aborda temas que le confieren notable interés. El dilema de Gide con su sexualidad es uno de esos temas presentes. Quien en algún momento se declarará homosexual y pederasta, escribe desde la zozobra: “¡Oh, Dios, que estalle en pedazos esta moral demasiado estrecha y que yo viva, ¡por fin!, plenamente; y dadme, ¡dadme la fuerza de hacerlo sin temor! y sin ver todo el rato que voy a pecar”. Gide logra aplacar sus temores y definir su sexualidad: “Nunca amaré de veras más que a una sola mujer, y no puedo sentir sino verdaderos deseos por los chicos jóvenes”.

Conoce a Oscar Wilde, quien lo inicia en la visita de “antros” en búsqueda de amantes imberbes. Algunas de sus aventuras eróticas con mancebos de quince años son narradas a lo largo de sus memorias. A sabiendas de que su comportamiento, en términos morales, es cuestionable, asume posición: “No escribo estas Memorias para defenderme. No tengo que defenderme, puesto que no se me acusa. Las escribo antes de que se me acuse. Las escribo para que se me acuse”.

Sus viajes al África francesa serán el punto de partida para sus denuncias sobre el maltrato colonial existente en la región. Gide toma nota de lo que ve en su paso por ese continente: “Todas las mujeres de la región son sometidas a la ablación. ‘Es para calmar su lujuria –dicen– y garantizar su felicidad conyugal”. La Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa alteran la vida contemplativa del futuro Premio Nobel. El 31 de julio de 1914 escribe: “Nos disponemos a entrar en un largo túnel, lleno de sangre y de sombra”. En plena guerra se alistará como voluntario en un centro de refugiados, lugar donde lo asaltan sentimientos lúgubres y desesperanzados. En relación con la Revolución Rusa, el escritor toma una actitud entusiasta y comprometida: “Querría gritar en voz muy alta mi simpatía hacia Rusia y que mi grito fuera oído, que tuviera importancia. Querría vivir lo bastante para presenciar el éxito de ese enorme esfuerzo, su logro que anhelo con toda mi alma, para el cual querría trabajar. Ver lo que puede dar un Estado sin religión, una sociedad sin familia. La religión y la familia son los dos peores enemigos del progreso”. Un viaje al corazón de la revolución fue suficiente para que entendiera que la utopía soviética no sólo era un fracaso, sino que se encaminaba hacia el horror: “he almorzado leyendo el resumen del proceso de Moscú, con un indecible malestar. ¿Qué pensar de esos dieciséis inculpados que se acusan a sí mismos, y cada uno casi en los mismos términos, y cantan las alabanzas de un régimen y de un hombre para la supresión de los cuales arriesgaban su vida”.

Su crítica a los desmanes revolucionarios, recogida en Cuadernos de la URSS, le hizo blanco de ataques por militantes y afectos del partido comunista. Gide, hombre consciente de no dejarse arropar por las posturas impermeables del fundamentalismo, siguió observando con perspicacia los acontecimientos, hallando puntos de encuentros entre el fascismo y el comunismo: “Los edificios, los muros de la carretera, están cubiertos de inscripciones en caracteres gigantescos; invocaciones al Duce (…) Entre todas, estas tres palabras: Creer. Obeceder. Combatir, vuelven con mayor frecuencia como si fueran conscientes de que resumen el espíritu mismo de la doctrina del fascismo. Lo cual permite cierta claridad en las ideas y me indica al mismo tiempo las ‘posiciones’ del antifascismo. Y nada induce a una confusión más grave que la adopción de ese eslogan por el comunismo mismo, que pretende aún ser antifascista, pero no lo es más que políticamente y él también pide a los inscritos en el partido creer, obedecer, combatir, sin examen, sin crítica, con ciega sumisión”.

Sus anotaciones dan cuenta del fin de la Segunda Guerra Mundial (que lo sorprende en Túnez, donde se encontraba en calidad de refugiado); hablan de sus encuentros con Paul Valéry, Thomas Mann, Antoine de Saint-Exupéry (dos días antes de que éste desapareciera); exponen su inclinación por la causa republicana española; muestran su fervor por la obra de Shakespeare. El hombre que atacó el colonialismo y que asumió la defensa homosexual, ése que llegó a confesar que “no intento ser de mi época, intento desbordar mi época”, escribió en su diario hasta que la muerte le hizo sombra sobre las líneas del papel: “Todo me invita a creer que serán las últimas de este Diario” [25 de enero de 1950]. André Gide fallece el 19 de febrero de 1951.