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Diario ajeno: Vida de fantasma

<i>Mapa dibujado por un espía</i>, Guillermo Cabrera Infante

Mapa dibujado por un espía, Guillermo Cabrera Infante

“Todo se halla en Mapa dibujado por un espía: diario que es una novela, documento sobre el absurdo, apostillas de un hombre sospechoso de traicionar el dogma de la revolución”

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En Cuba, los escritores disidentes padecen una muerte cívica, afirma Antonio José Ponte en su novela La fiesta vigilada (Barcelona: Anagrama, 2007). Sus nombres son condenados a padecer la precaria existencia del sospechoso habitual, a existir bajo la forma del incómodo sujeto crítico. El estado policial hace invisibles sus obras en los programas educativos, niega sus rostros en la escena literaria pública, los somete con las ropas de fantasmas que deambulan por la isla, siempre observados de cerca para que ni un pensamiento escape de sus bocas. Virgilio Piñera y Heberto Padilla fueron unos de los más prominentes fantasmas cubanos; Guillermo Cabrera Infante estuvo a punto de formar parte de la comitiva espectral, pero se escapó (tanto, que ni siquiera ha podido regresar en forma de ceniza arrastrada por tempestades foráneas). Antes de quemar las naves, Cabrera Infante tuvo el tino de anotar los más de cuatro meses del proceso kafkiano que vivió en la isla; ese inventario hoy podemos leerlo bajo el nombre de Mapa dibujado por un espía (Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2013).

Cuando Cabrera Infante vivía en Bruselas, frecuentemente soñaba que no podía salir de La Habana porque carecía de pasaporte. Esa pesadilla se le hizo realidad. Baudelaire escribió en su diario: “necesito fechar mi cólera”. El escritor cubano, por su parte, tuvo la necesidad de escribir sobre la desazón padecida para poder hacer catarsis; así se lo confesó a Miriam Gómez, su esposa. Todo se halla en Mapa dibujado por un espía: diario que es una novela, documento sobre el absurdo, apostillas de un hombre sospechoso de traicionar el dogma de la revolución. En sus páginas se asoma Virgilio Piñera, uno de los “muertos cívicos” de los que habla Ponte; allí se ve al dramaturgo y narrador discreto y silencioso sentado con las piernas cruzadas, la mano nerviosa sosteniendo el cigarrillo, se descubre al hombre atento a los planes de sus amigos y de otros artistas gays dispuestos a organizar protestas contra la persecución de los homosexuales, encabezada por Ramiro Valdés, esa macabra sombra castrista. En su cartografía, Cabrera Infante se desplaza hasta 1961 para ubicar a Piñera en su casa de Guanabo, donde es apresado para luego ser llevado hasta el Castillo del Príncipe: el autor de Cuentos fríos es arrestado por homosexual, uno de los peores vicios para la conservadora moral revolucionaria. Luego, Cabrera Infante regresa a 1965, año de su última visita a La Habana, y nos muestra el arrinconamiento al que son sometidos los maricones, los disidentes. Nos muestra a sus amigos Virgilio Piñera y Antón Arrafut reunidos en las noches, hablando en voz baja, casi  en gestos, sobre los excesos y las fustigaciones de una revolución paranoica, desquiciada. El autor le cede la voz al acallado Virgilio para que describa el estado de su debacle existencial: “¡vivo aterrado!”. En su recorrido por las intimidades ventiladas de aquella era, Cabrera Infante nos muestra a un Fidel Castro indignado por unos poemas homosexuales, sancionando a los jóvenes autores de esos textos (miembros del grupo literario El Puente) con el ostracismo. Cabrera Infante nos habla de delatores, de chivatos, de los vecinos que hostigan con el ojo y condenan con la lengua; nos habla de Lacras Sociales, el Departamento del Ministerio del Interior encargado de vigilar y asediar a los ciudadanos “incorrectos”; nos narra desde el horror de la utopía. Al final se va, a sabiendas de que la despedida es para siempre. En las calles derruidas de La Habana continuará caminando el fantasma de Virgilio Piñera, que vivirá sin vivir unos años más, ganándose la vida como traductor (uno de los pocos oficios posibles, en palabras de Antonio José Ponte: “la traducción literaria es la migaja de oficio que resta a los escritores castigados. Despojados de palabras propias, les permiten salida de ventrílocuos”).  Pocos se acercarán a aquel espectro, muchos evitarán saludarlo, lo incorrecto es contagioso. Sin embargo, con tristeza y admiración uno vuelve a los textos de Piñera y hace de esa sombra un ser entrañable, y entiende que el arte es el más doloroso sobreviviente.