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Diario ajeno: Toda una vida

Toda una vida (2010) de Jan Zabrana ha sido traducida al español por Fernando de Valenzuela Villaverde y la edición estuvo a cargo de Patrik Ourednik

Toda una vida (2010) de Jan Zabrana ha sido traducida al español por Fernando de Valenzuela Villaverde y la edición estuvo a cargo de Patrik Ourednik

"Toda una vida" es el diario que Jan Zabrana (1931-1984) mantuvo a lo largo de su vida. Un documento con rasgos íntimos y literarios por igual. Carolina Lozada dedica esta octava entrega de Diario ajeno a esta crónica de “cautiverio interior”

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Sabía que este libro iba a doler; por esa razón aplacé su lectura. Era un vano intento para retener en el silencio de las páginas no abiertas de Toda una vida (Santa Cruz de Tenerife: Melusina, 2010) los resquemores de un hombre acuciado por el delirio comunista en la antigua Checoslovaquia. Su autor, Jan Zabrana, nació manchado por un pecado original: sus padres mantenían una posición política incómoda para el gobierno de corte estalinista que se instala en ese país a partir de febrero de 1948. Por esta razón, ambos fueron enviados a prisión, y al hijo se le inhabilitó para cursar estudios universitarios al considerársele “no apto políticamente para los estudios”. A pesar de las obstáculos, Zabrana aprendió varias lenguas y se dedicó a la traducción, uno de los pocos oficios que se les permitía a los intelectuales no afectos al régimen. Durante años llevó en secreto el diario donde reflexionaba sobre su destino y el devenir nacional en manos de los “criados de los ocupantes soviéticos”, como llamaba a los gobernantes de su país. Este tipo de escritura no sólo le servía de catarsis a quien también se dedicó a la poesía y al relato policial, sino también le funcionaba como registro de lo padecido. Sus apuntes son de alguna manera un documento-país: “Estas notas no son un diario sino un diagnóstico. Mi diagnóstico”, afirma en una de sus últimas páginas. Antes escribió: “La literatura es la memoria de la humanidad. Por eso le produce tantos inconvenientes a los tiranos de todo tipo, a los Estados policiales que se proclaman socialistas e incluso a los simples mentirosos o imbéciles”. Desde el arrinconamiento vital al que fue sometido, Zabrana asume como razón de vida la necesidad de desmontar la farsa totalitaria: “No hay esperanzas para nuestra generación. Dos derrotas, y tras ellas siempre décadas de impotencia, de silencio, son más que suficientes: a eso no sobreviviría, de eso no se recuperaría ninguna generación. Sólo hay una cosa que sigue estando en nuestras manos: ocuparnos de que esta vez la historia, los testimonios sobre la época, no los escriban los vencedores. Ese tradicional privilegio se lo podemos quitar”.

Recorrer Toda una vida implica un acto de reconocimiento y espanto ante la piedra de Sísifo que insistimos en cargar. El libro de Zabrana se suma a la lista de documentos que narran el establecimiento del totalitarismo cimentado en las precarias bases de una sociedad subyugada: “Un régimen basado en el asesinato, la mentira y la estafa, en la idiotización gradual intencionada y planificada de la gente, se mantiene. Un régimen que contrabandea prótesis e imitaciones, que utiliza el idioma para ocultar la realidad, se mantiene… Moriré en medio de una historia falsificada”. Sin eufemismos, el escritor checo arrecia contra un sistema opresivo que se ha encarnizado con sus ciudadanos, especialmente los contrarios ideológicamente. El de Zabrana es una evidencia más de cómo esa pretensión utópica del progreso y la felicidad total que ha embriagado a varios Estados, en distintas épocas, sólo ha logrado triunfar en el desgaste de sus gobernados y en la consolidación de las ruinas. “Tu fe te llevó a la perdición”, proclama el autor como amargo epitafio para su generación.

Zabrana no tiene reparos a la hora de señalar los ofuscamientos ideológicos que llevaron a escritores y artistas a hacerse la vista gorda frente a los excesos comunistas, no sólo en Checoslovaquia y en la Unión Soviética, sino también en Cuba. En este sentido elabora una lista de escritores cubanos perseguidos por la paranoia policial castrista, y al final remata: “Y el colombiano señor [García] Márquez se sigue calentando al sol del régimen de Castro”. Además del autor colombiano, Zabrana cuestiona la “ceguera con que Pound se identificaba con el asesino en serie Mussolini”; no le perdona a Paul Éluard el no haber intervenido a favor de Zavis Kalandra, condenado a muerte en Praga (a pesar de las peticiones hechas por André Breton en auxilio del condenado); considera ingenuo y estúpido el libro de Sartre sobre la revolución cubana, Huracán sobre el azúcar; y critica la posición de Allen Ginsberg frente al autoritarismo de Fidel Castro: “un poeta que de facto festeja que un régimen totalitario y represivo siga vivo, un poeta en la hora más estúpida de su vida”.

Nombres claves en la lucha democrática de ese país centro-europeo aparecen en Toda una vida: entre los más notorios, Vaclav Havel, Jan Palach. La sombra de la censura y los acorralamientos del poder son parte de la vida diaria registrada por Zabrana, como esa demoledora anécdota que involucra al poeta Konstantin Biebl y a Jiri Taufer, el radical viceministro de cultura en los años cincuenta: “Taufer, uno de los que arrastraron al suicidio a Biebl, habló ayer en el acto de colocación de una placa en el edificio desde cuya ventana se lanzó Biebl. Un asesino pronunciando un discurso en honor de su víctima: he ahí uno de los rasgos característicos de la moral comunista”.

Parte de las vivencias y los recuerdos más dolorosos de Jan Zabrana tienen que ver con el ensañamiento del gobierno contra sus padres, quienes regresan de prisión viejos y enfermos, sin derecho a la jubilación por su trabajo como docentes por haber estado presos. La madre, un ser que se deshace en una decrepitud adelantada, vuelve a casa con un vestido viejo y el mismo abrigo azul que llevaba puesto el día que la detuvieron once años antes. Trabajaría luego como criada, sufriría dos derrames cerebrales y moriría en el hospital donde años más tarde también fallecería el esposo. El padre de Zabrana se va de a poco de su vida gris y triste, con el ánimo resignado frente al hijo que recuerda ese febrero del 48, junto a él, ambos preguntándose por el porvenir: “papá hablaba como si quisiera convencerse a sí mismo, reflexionaba acerca de si ‘lo peor’ pasaría en un par de meses o si todo estaba aún por llegar… Ninguno de los dos intuía que ‘lo peor’ fuese a ser tan malo que no fuéramos entonces capaces ni de imaginarlo. Treinta y un años… Papá y mamá están muertos, y yo sigo de verdad para siempre en este cautiverio egipcio, prisionero de los expertos en un futuro mejor”.

Cierro el libro con la sensación de haber presenciado un terrible déjà vu: la insistencia en el horror y la ruina.

TODA UNA VIDA

Jan Zanbrana

Editorial Melusina

Santa Cruz de Tenerife, 2010