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Diario ajeno: Paciente espera

Salvador Garmendia / Betsaida Molina

Salvador Garmendia / Betsaida Molina

En este Diario ajeno, la enfermedad que aquejó al escritor Salvador Garmendia y la literatura como forma de auxilio trazan el camino de esta sexta entrega de Carolina Lozada

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La enfermedad bajó del árbol y de la bicicleta a un jovencísimo Salvador Garmendia y lo mantuvo en la cama durante más de tres años. Sufría Garmendia de una tuberculosis que estuvo dispuesta a llevárselo mucho antes de que el autor de La mala vida pensara en escribir. Tan remoto era el tiempo que el pequeño Salvador ni siquiera era lector, era apenas un niño en tránsito a la adolescencia que se vio obligado a padecer un asilo casero, lejos de los juegos de sus compañeros de edad, quienes no se acercaban a visitarlo por temor al contagio. La dolencia no solamente lo aisló, sino también lo convirtió en una especie de paria cuyo cuerpo, confinado a la inmovilidad, corría el riesgo de padecer raquitismo y reumatismo articular. Condenado a guardar reposo absoluto para evitar que la mancha que amenazaba con desgastar sus pulmones se extendiera por todo su organismo como un trágico mapamundi, Salvador Garmendia tuvo que inventarse el mundo desde esa forzada quietud. Años después llegó a confesar: “la cama era mi totalidad”.

La cama también retuvo consigo a Frida Kahlo más allá de las horas del sueño y del sexo. Primero fue en la niñez, cuando la poliomielitis la postró durante nueve meses. Luego, cuando tenía 18 años, al sobrevivir al aparatoso accidente en el que un tranvía chocó con el autobús donde ella viajaba. A partir de esa traumática experiencia, el cuerpo roto y afligido de la artista, reducido a un colchón, será una constante en su obra pictórica. La dolencia se apropiará de su discurso visual. A diferencia de Frida, Salvador Garmendia pudo levantarse de su lecho sin mayores cicatrices, pero de la experiencia vivida no salió indemne: el mal de la literatura se le había aposentado en el espíritu, contagiado por las numerosas lecturas que emprendió Hermann, el hermano mayor, para acompañar la soledad del paciente. Garcilaso, Quevedo, Góngora, el Quijote y la poesía de los místicos fueron parte del menú que digería Garmendia, con el empeño del esmerado lector que hacía énfasis en la musicalidad de la prosa. Salvador, por su parte, tenía sus propias lecturas, que comprendían a Dumas, Salgari, Verne y Víctor Hugo. En las conversaciones que el escritor barquisimetano sostuvo con Miyó Vestrini, y que fueron recogidas en Salvador Garmendia. Pasillo de por medio (Caracas: Grijalbo, 1994), recuerda la impronta de los versos de André Breton, escuchados por primera vez en ese entonces: “Mi mujer con espaldas de pájaro… con piernas de cohete… con sexo de ornitorrinco y todo eso. ¿Qué es un ornitorrinco? Yo nunca he sabido muy bien cómo es un ornitorrinco, ni me he preocupado demasiado por averiguarlo. Pero 'sabía' y 'sé' cómo es el sexo que decía Breton”.

En los últimos tiempos de la convalecencia, un personaje tuberculoso lo acompañó y, a través de éste, Salvador Garmendia pudo entenderse en relación con el resto que lo rodeaba. El personaje era Hans Castorp, de La montaña mágica, la novela de Thomas Mann: “Tal vez por el hecho de ser Hans Castorp un tuberculoso, pude aceptar, casi como una sensación interior, la idea de tiempo paralizado, casi como una ficción emanada de aquel sanatorio que tampoco parecía del todo real. Algo semejante era lo que sentía en mi cama: aquel era 'mi' tiempo, diferente al del resto de la casa, pero semejante al de la novela de Mann. Percibía a mi alrededor como un olor, la atmósfera del sanatorio. La 'pequeña mancha húmeda' de Hans Castorp era mi propia mancha”.

Afortunadamente, el aquejado venció la enfermedad, y el último año de tratamiento comenzó a levantarse y a salir a la puerta de su casa “como un náufrago asomándose a una isla desconocida”. Mientras ocurría este doloroso proceso de sanación física, la literatura vino en auxilio del paciente, no sólo a combatir el sopor y el hastío del encierro, sino también como mecanismo de defensa y entendimiento de lo que le ocurría. Gracias a la literatura, Salvador Garmendia pudo habitar otros espacios y más adelante se animaría a poblar con sus pequeños seres los terrenos de la ficción.