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Diario ajeno: Morir en primavera

Teresa de la Parra

Teresa de la Parra

“A pesar de sus dolencias y de la lejanía de Venezuela, la autora de Ifigenia trata de mantenerse al tanto de lo que ocurre en el país, confiesa tener nostalgia del sol de Macuto, manifiesta tener deseos de regresar, y lee y opina sobre la historia venezolana”

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Las entusiastas descripciones de viajes y lugares, estilo de vida y planificación de proyectos en las primeras páginas del diario de Teresa de la Parra, escritas en 1919, son desplazadas por reflexiones de carácter íntimo en las anotaciones fechadas entre 1931 y 1936, periodo que cubre desde las primeras manifestaciones de la enfermedad de la escritora venezolana hasta su fallecimiento. Hay un punto de quiebre entre el Diario de una caraqueña y el Diario de Fuenfría: en el primero se registra la algarabía de una mujer joven, culta, adinerada, viajera, de buen gusto; en el segundo, se oye la voz de una mujer madura, lectora constante de literatura y filosofía, acuciada por una enfermedad que la obliga a recluirse en un sanatorio: “Empezando mal el año. Comida de gala con cupletista, baile. Desolador como toda fiesta de sanatorio. Se piensa en los condenados que ha de liquidar el año. No podía quitar la vista de Margarita que tiene tan buena cara a pesar de su estado (pulmones deshechos). Mirando me pareció de los condenados. Tuve que subir a mi cuarto antes de las doce por sentir dolores que me martirizan desde hace dos meses y que ha agravado mi mal 'nervioso'” (1 de enero de 1936).

Años antes de su reclusión, de la Parra reflexiona: “Me encuentro, lo que quiero creer para que me sirva de esperanza, en un período de crisis moral. Siento en mí una inmensa miseria de iniciativa, de deseos, sólo tengo ojos para mirar esa pobreza que me paraliza”. Ya para ese entonces habían quedado atrás la saludable juventud y Marc, el marido complaciente −a quien no vuelve a nombrar en su diario. Los constantes viajes y la asistencia a fiestas y recepciones son sustituidos por el reposo acompañado de la lectura de Cicerón, Plotino, Abelardo; mientras tanto, la escritora cubana Lydia Cabrera se convierte en su compañía más cercana y querida.

A pesar de sus dolencias y de la lejanía de Venezuela, la autora de Ifigenia trata de mantenerse al tanto de lo que ocurre en el país, confiesa tener nostalgia del sol de Macuto, manifiesta tener deseos de regresar, y lee y opina sobre la historia venezolana. Lee todo lo posible, también toma notas; sin embargo, la fatiga causada por la enfermedad hace menguar el tiempo que dedica a estos oficios. En las notas del diario se deja ver el cansancio, de la Parra llega a escribir casi telegráficamente, como si el malestar y el agotamiento le entorpecieran la mano obligándola a cortar las frases: “Imposible continuar notas. Fuerte crisis de tos y ahogo. Se comprende fuerte presión sobre bronquios impiden expectoración (…) Trato con dificultad continuar lectura Ha. Venez. Me es difícil por agobio y pesa libro en la cama”.

Pero Teresa de la Parra no mantenía una actitud pesimista frente a su mal; al contrario, confiaba en su pronta mejoría y estaba convencida de que había que escuchar a los médicos como consejeros cuyas prescripciones deben seguirse o no, dependiendo de la experiencia propia. En más de una ocasión pone en entredicho a sus tratantes: “Continúa mejoría estómago debido a bismuto hidratado. Estoy normal. Terquedad médicos quitándome bismuto al llegar a Fuenfría me ha perjudicado haciéndome sufrir durante más de dos meses. Experiencia que debo retener para lo sucesivo”.

Cuando la enfermedad se va intensificando, agotándole las fuerzas y obligándola a guardar reposo, la paciente suele achacar sus males a una mala comida o a cualquier otra razón externa: “He pasado la siesta y las horas después con asma que atribuyo al dulce de leche (…) Sigo creyendo malestar es debido a sucesivas indigestiones producidas por pescado no fresco”. Entretanto, Lydia Cabrera se afianza como su sostén anímico. La amiga viaja pero siempre regresa a cuidarla: “Viene L. a mi cuarto y hablamos separación, viaje suyo…Preveemos lo que puede pasar, planes, gran cariño y acuerdo”.

Al final de sus días, las fuerzas sólo le permiten escribir breves notas en su diario, la lectura se hace cada día más esporádica: “Duermo hasta tarde (las ocho) y me desayuno sin apetito. Después notas siento terrible neurastenia, aburrimiento de todo cuanto me rodea, además cansancio de vista (…) Casi no leo”.  En la última entrada del diario escribe con buen ánimo a pesar de las molestias padecidas. Curiosamente, la última palabra apuntada es enfermedad: “Noto que trabajar sentada delante escritorio en vez cama me da cierto bienestar espiritual. Almuerzo bueno. Siesta: lectura de periódicos. Tarde larga aburrida. Neurastenia (…) Llega Lydia. Paseo sintiéndome mejor. En cambio tengo impresión debilidad extrema (sensación tengo a menudo). No sé a qué atribuirlo: es como si estuviera extenuada por una gran enfermedad. Creo llevo vida anti-higiénica por encierro y falta aire: quizás cocina tenga emanaciones ácido de carbono, pues todas en las tardes sentimos dolor de cabeza. Tendría gracia me repitiera lo del Atelier AvenueJunot, origen de mi enfermedad”.

Teresa de la Parra morirá unos meses más tarde, en primavera.