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Diario ajeno. Kafka: escribir angustia

Franz Kafka

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“La lectura de las páginas íntimas del autor checo dejan entrever claramente que Franz Kafka era un hombre inseguro y nervioso, alguien acechado por los compromisos sociales y laborales con los que tenía que cumplir, a pesar de su incapacidad de hacerles frente”

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En una de las páginas de su diario, Franz Kafka escribe: “Me resulta incomprensible que casi todos los que saben escribir puedan objetivar el dolor en medio del dolor; que yo, por ejemplo, en medio de la desdicha, y con la certeza ardiente de tanta infelicidad, pueda sentarme  y comunicarle a alguien por escrito: soy un desgraciado”. Para Kafka, la escritura nunca dócil, frecuentemente esquiva, es parte de un proceso inseguro y tortuoso en el que cada movimiento parece un paso en falso sobre una ciénaga nebulosa: “Ayer, incapaz de escribir ni siquiera una sola palabra.  Hoy no me ha ido mejor. ¿Quién me redimirá? Y en mi interior el caos, en las profundidades, apenas visible. Soy como rejas vivas, un enrejado que se mantiene en pie y quiere caerse”.

La lectura de las páginas íntimas del autor checo dejan entrever claramente que Franz Kafka era un hombre inseguro y nervioso, alguien acechado por los compromisos sociales y laborales con los que tenía que cumplir, a pesar de su incapacidad de hacerles frente; todas estas circunstancias lo arrinconaban en el desasosiego: “Si fuera a matarme, es evidente que nadie tendría la culpa”. Pensando en un posible suicidio, imaginándose saltando por el balcón, Kafka se aseguraba a sí mismo: “Mi lugar está allá abajo, y no hay otra solución para mí”. Sin embargo, la radical solución es despejada, aunque de manera endeble y momentánea, porque los fantasmas que persiguen a Kafka nunca desalojarán completamente su cabeza: “pero yo me apego a mis imaginaciones, vivo completamente enmarañado en la vida, no lo haré, estoy totalmente frío (…) estoy condenado, me debato en medio de la niebla”. 

Las imaginaciones de las que habla el autor de La metamorfosis, la posibilidad de la ficción, tampoco le ofrecen un suelo firme donde pisar: Kafka solía desconfiar de su capacidad literaria. En su acto creativo siempre había un alto, una constante postergación, un insistente reproche; en sus anotaciones del 7 de octubre de 1914 apunta: “Me he tomado una semana de vacaciones para sacar adelante la novela: hasta hoy –estamos en la noche del miércoles y mi permiso acaba el lunes– ha sido un fracaso. He escrito poco y sin vigor”.  Las cuitas amorosas, la difícil relación con su padre, el insomnio y los dolores de cabeza acentuaban su malestar. El sentimiento de imposibilidad y fracaso era su manifiesto casi cotidiano: “No puedo continuar escribiendo. Estoy en el límite definitivo, ante el cual quizá vuelva a tener que esperar años y años, para iniciar después una nueva historia, que volverá a quedar incompleta. Este destino me persigue”. Se daba en Kafka una derrota crónica que mortificaba al escritor hasta llevarlo a los linderos de una especie de dejadez vital: “Completamente desvalido, apenas he escrito dos páginas. Hoy he perdido muchísimo, aunque he dormido bien. Pero sé que no debo cejar si, más allá de las penalidades iniciales de mi actividad literaria reprimida ya por mi restante manera de vivir, quiero llegar a la libertad superior que tal vez me espera. Sin embargo, me doy cuenta de que no me ha abandonado del todo mi antigua apatía, y la frialdad de mi corazón quizás no me abandone nunca”.

Franz Kafka fue un hombre que no cedía espacio al optimismo; cualquier asomo de confianza y satisfacción, en vez de hacerlo sentir seguro, lo hostigaba como si detrás de esa sensación de confianza se escondiera un vacío que se lo tragaría más adelante: “En lugar de trabajar –he escrito sólo una página (Exégesis de la leyenda)– he leído capítulos acabados y me han parecidos buenos en parte. Siempre la conciencia de que todo sentimiento de satisfacción y de dicha, como el que tengo, por ejemplo, de manera especial frente a la leyenda, es algo que hay que pagar; hay que pagarlo en lo sucesivo para que nunca se me conceda una mejoría”. Los tormentos fantasmales del escritor checo nunca le permitieron el solaz necesario para vivir tranquilo. Asediado por estos, Franz Kafka siempre escribió desde la angustia.