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Diario ajeno: Infancia en Babel

Elias Canetti

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Cuando el padre de Elias Canetti murió, el futuro escritor tenía apenas siete años. Sin previo aviso, sin una enfermedad que anunciara un fatal desenlace, en la plenitud de sus treinta Jacques Canetti sufre una inexplicable muerte súbita una mañana, mientras se disponía a desayunar. Fue él quien puso en manos del primogénito sus primeras y añoradas lecturas: Robinson Crusoe, Las mil y una noches, Los viajes de Gulliver, Los cuentos de los hermanos Grimm; fue él quien le asomó los nombres de Dante, Shakespeare, Cervantes; por el padre conoció la historia de Napoleón Bonaparte, se enteró de Ulises y adquirió gusto por el idioma inglés, lengua que estaban practicando minutos antes del repentino fallecimiento.

Hacía poco más de un año que los Canetti-Arditti se habían trasladado desde su natal Rustschuk (Bulgaria) hasta Manchester (Inglaterra) a pesar de la negativa del abuelo Canetti, que se oponía a que su hijo abandonara su pueblo y dejara de lado el negocio familiar. En vista de que éste se negó a obedecer, el patriarca lo maldijo. Varias personas, especialmente la madre del escritor, estaban convencidas de que la maldición había matado al renegado. El abuelo de Elias vivió el resto de sus años con ese peso en la consciencia, y la nuera no perdía oportunidad para reprocharle la injuria proferida. Los reproches se le daban fácil a la señora Mathilde Arditti: cuando ocurrió la tragedia familiar al pequeño Canetti lo distrajeron para que no presenciara el dolor de la muerte; sin embargo, ante los juegos infantiles una madre fuera de sí gritaba: “¡Tú juegas y tu padre está muerto!”. Entre sus recuerdos, el escritor anota: “Con sus gritos entró en mí la muerte de mi padre y ya no me ha abandonado nunca”.

Elias Canetti creció bajo el amparo de una madre de carácter fuerte, orgullosa, una mujer dominante que inculcó a su hijo el gusto por los idiomas y la devoción por el teatro y las artes. Ambos desarrollaron una compleja relación de dependencia en la que el hijo sentía que estaba sustituyendo la figura ausente del marido: “Por la noche dormía en la cama de mi padre, junto a la de ella, y velaba por su vida (…) Por entonces aprendí a quererla, nuestra relación era diferente, yo me convertí en el hijo mayor en más de un sentido (…) éramos el uno para el otro lo que quedaba de mi padre, los dos desempeñábamos sin saberlo su papel y nos mimábamos el uno al otro con su cariño”.

De Manchester partieron a Viena, la ciudad favorita de Mathilde, en donde el entusiasta aprendiz de alemán pondría a prueba sus conocimientos, enseñados por su madre, cuyo exigente método ponía en aprietos al  alumno de ocho años: “Ella leía una frase en alemán y me la hacía repetir. Esto no era lo normal, pues como ella se burlaba de mi pronunciación y yo no podía soportar su sarcasmo por nada del mundo, me esforzaba para pronunciar pronto la frase correctamente. Sólo entonces me decía lo que significaba en inglés. Pero nunca lo repetía, de modo que yo lo tenía que aprender en el acto y de una vez para siempre”. Sin libro a qué apelar para estudiar las frases que le enseñaba su tutora, el alumno debía recordar de memoria cada palabra dicha en clase; cuando esto no ocurría, la madre perdía la paciencia, se llevaba las manos a la cabeza y gritaba: “¡Tengo un hijo idiota! ¡Yo ignoraba que tenía un idiota por hijo!”Para la joven viuda era fundamental que su hijo aprendiera la lengua con la que se comunicaba con su marido. Desde el fallecimiento de éste no hallaba consuelo, no hablaba en la lengua que tenía destinada para la conversación afectuosa. Acerca de esta experiencia, escribe Canetti: “sin su marido se sentía perdida e intentó ponerme a mí en su lugar lo antes posible. Tenía muchas esperanzas puestas en su plan (…) Por eso me obligó a hacer en tan poco tiempo un esfuerzo que estaba por encima de las capacidades de cualquier niño; que consiguiera un buen resultado marcó la naturaleza profunda de mi alemán; una lengua materna implantada tardíamente y con verdaderos sufrimientos”.

El escritor no solamente aprendería la lengua germana, sino que la adoptaría como su lengua literaria. El anhelo por entender el idioma empleado por los padres como lengua del afecto lo llevó a empeñarse en su aprendizaje: “Al hablar se animaban y se ponían alegres, y yo relacioné esta transformación, que percibía perfectamente, con el sonido de la lengua alemana (…) Yo pensaba que debía de tratarse de cosas fabulosas, que sólo se podían decir en esa lengua”.

Por imposición del abuelo debió asistir a la escuela talmúdica para aprender a leer hebreo; como primogénito de una familia sefardí estaba obligado a saber el Kaddisch, la oración fúnebre dedicada al padre. Corrían los tiempos previos a la guerra, el niño estaba imbuido en su universo babélico, aún era muy pequeño para entender por qué cuando regresaba de clases, junto a su compañero Paul Kornfeld, alguien les gritó: ¡Jüdelach! Se aproximaban épocas oscuras, la guerra acompañaría el fin de su infancia.