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Diario ajeno: Habitar la lengua

Imagen tomada de Internet

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Paul Celan, Elias Canetti, Maya Angelou, Tomi Ungerer son las figuras que elige Carolina Lozada para rumiar la idea del lenguaje, de la palabra pronunciada, como vínculos que conectan con lugares, recuerdos y temores

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El primer recuerdo de Elias Canetti es la imagen de un hombre que se aproxima a él y le pide que le enseñe la lengua. El niño obedece y el hombre saca una navaja que le acerca al rostro: “ahora le cortamos la lengua”, le dice, e inmediatamente desiste; mientras guarda la navaja en su bolsillo suelta en el aire: “hoy todavía no, mañana”. La situación se repite varias veces. Canetti es muy joven para entender las razones de tan pesado juego. El hombre del filoso recuerdo era el amante  de su niñera. La broma de la navaja era la coerción para que al niño no “se le fuera la lengua” sobre la furtiva relación amorosa. La amenaza funcionó, el niño no abrió la boca sobre el asunto durante diez años.

Una experiencia trágica le truncó el habla a la poeta Maya Angelou, sólo que en su caso fue literal: cuando era niña fue violada por el novio de su madre; la víctima acusó al violador, lo que degeneró en la muerte del sujeto a golpes. Este hecho traumático enmudeció a la escritora por más de cinco años: ella pensó que su voz había matado al hombre.

Cuando los alemanes se apropiaron de Alsacia, el ilustrador Tomi Ungerer (nacido en ese territorio) era muy pequeño para entender razones bélicas pero no para saber cuándo su vida corría peligro, y así fue como comprendió que debía aprender alemán de un tirón una vez que los nazis prohibieron el francés en su región. A la distancia del tiempo, afirma el ilustrador que con un cuchillo en el cuello se aprende cualquier idioma en un santiamén.

La lengua, ese delicado territorio de la intimidad, el primer refugio de nuestra infancia, el más atávico de nuestros rincones, ha sido para algunos un inestable suelo minado por circunstancias personales o situaciones externas. En el caso de Canetti, el autor creció en el poblado de Rustschuk, perteneciente a Bulgaria, babélico lugar de confluencia donde se hablaba entre siete y ocho lenguas. En su libro La lengua salvada, el escritor recuerda cómo asumió ese universo lingüístico: las historias de terror que tanto lo asustaban y encantaban de niño eran contadas en búlgaro por sus niñeras; sus padres se dirigían a él y a su hermano en un español arcaico, mientras que la relación amorosa entre ellos se pronunciaba en alemán, como un espacio íntimo e inviolable del que el pequeño Elias se sentía celoso y al que solamente pudo acceder una vez que el padre murió, cuando la madre se dispuso a enseñarle este idioma. Ya se ve, lo de Edipo es complejo. 

Al igual que Canetti, Paul Celan es originario de un territorio plurilingüístico: el poeta nació en Czernowitz, capital de Bucovina, en ese entonces territorio rumano. La mitad de los cien mil habitantes del pueblo eran judíos de habla alemana, el resto estaba compuesto por rumanos, ucranianos, húngaros, polacos, alemanes y austriacos. Su padre insistía en que tuviera una educación hebrea mientras que su madre, entusiasta lectora de literatura germánica, impuso el alemán en casa; entretanto, el idioma oficial de la región era el rumano. Cuando los soviéticos anexaron a Czernowitz a sus dominios, impusieron el ruso y el ucraniano como lenguas oficiales; luego llegaron los alemanes y las prohibieron. El joven Celan supo maniobrar con habilidad entre todos estos vaivenes lingüísticos e hizo de esa realidad políglota su herramienta de trabajo: aprendió más idiomas y se hizo traductor del francés, alemán, italiano, portugués, rumano, hebreo, inglés, ruso. Los rigores de la guerra y la sombra del antisemitismo lo obligaron a emigrar sin documentos, sin identidad. Una vez en el exilio, se inclinó por ejercer su oficio de escritor en alemán, porque, según sus propias palabras, “uno no puede expresar su verdad más que en su lengua materna; en una lengua extranjera, el poeta miente”. Carlos Ortega, el prologuista de las Obras completas de Celan (Madrid: Trotta, 2007), complementa el cuadro vital del poeta: “Procedía de un país que había dejado de existir, escribía en alemán para un público entre el que no vivía y en el que no confiaba, y residía en una Francia que le minusvaloraba. Por esa razón se refugió en su lengua natal: su lengua fue su patria”. La lengua es el vínculo que lo une con el lugar perdido, con los padres muertos en los campos de concentración. Paul Celan tiene la certeza de que a los fantasmas hay que hablarles en su idioma: “Las voces: / adecuadas al viento, cercanas al corazón,/ incineradas”. Pero también está consciente de que en esa lengua se pronunció el horror: “Vive un hombre en la casa que juega con las serpientes que escribe/ que escribe al oscurecer a Alemania tu pelo de oro Margarete / Tu pelo de ceniza Sulamit cavamos una fosa en los aires no se yace allí estrecho”.

No se puede deshacer la primera palabra pronunciada. Incluso si adoptamos otra lengua, habitaremos siempre la lengua de los primeros pasos, donde se encuentran los irrepetibles afectos, desde donde se asoman nuestros más tempranos temores.