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Diario ajeno: Fría pasión por el desorden

Julio Ramón Ribeyro

Julio Ramón Ribeyro

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En una entrevista, el pensador rumano Emil Cioran confiesa que en algún momento de su vida le fascinaba leer memorias, le gustaba hacerlo para ver “cómo acaba una vida, cuando todo se va a paseo, en todas las vidas (…) ver cómo pierde una persona sus ilusiones”. La lectura de Cioran apuntaba a la búsqueda del desencanto, al encuentro del hombre frente a su fracaso. En los diarios de André Gide y Teresa de la Parra las páginas dedicadas a días de brillo y alegría son menos interesantes que aquellas en las que la angustia, el dolor y la enfermedad son el tema central de sus reflexiones. Cabría preguntar sea qué se debe nuestra inclinación por los episodios oscuros y atormentados de quienes escriben páginas íntimas. La respuesta la hallaríamos en la profundidad de esas mismas páginas, en las que estos autores se muestran al desnudo frente a las turbulencias de sus vidas. En el caso del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, su vida más parecía un mar calmo cuya corriente eventualmente lo tambaleaba como una boya que nunca se aferraba a un mismo puerto. Durante su juventud, Ribeyro anduvo de trashumante por distintos lugares de Europa; y si bien París solía ser su ciudad preferida, estando allí ocasionalmente también sentía necesidad de huir.

En 1955 desde París parte a Madrid, lugar donde al principio se mantiene alejado de los amigos. En ella manifiesta sentir grandes deseos de escribir, de dedicarse a trabajar en una novela, en vez de cuentos. Sin embargo, estas primeras impresiones de la ciudad son desplazadas en el espíritu inquieto y veleidoso del cuentista, quien repentinamente cambia su percepción inicial y anota: “Es curioso pero en Madrid pierdo la capacidad de concentración y tiendo a extrovertirme. Me resulta difícil permanecer solitario, reflexionar, en consecuencia mantener con regularidad este diario (…) En París todo resulta distinto. Es una gran escuela de soledad (…) He decidido por lo tanto partir hacia una pequeña ciudad de las inmediaciones en búsqueda de una atmósfera apropiada al aislamiento y a la meditación”.Los días transcurren sin que el escritor pueda salir de la ciudad, su ya precaria situación  económica empeora y una noche se ve en la calle, sin tener adónde ir: “¡Qué miseria de vida! He pasado una noche sin dormir, caminando por las calles de Madrid, porque no tenía alojamiento. Recién he conseguido un cuartito en la calle Santa Clara (…) en esta covacha miserable todo huele a aceite, a ropa tendida, a humedad, a condenación. Hay tres radios encendidos que me destrozan los nervios”.

Ribeyro continuará pasando trabajo en sus roles de obrero, estudiante y bohemio mientras la familia le escribe desde Lima para declarar su incapacidad de seguir auxiliándolo económicamente, pues ellos están tan quebrados como él. Por su parte, C., su antigua amante, cada vez con menos frecuencia le escribe cartas en las que se delata el enfriamiento amoroso: “Carta de C., equívoca como todas las últimas que me ha escrito. Me da la impresión de que se esfuerza por mostrarse afectuosa”. En ruinosa soledad, Ribeyro echa una mirada a su situación sin lograr saber cómo mejorarla: “Cuando miro a mi alrededor y me veo en mi minúsculo cuarto, enclavado en una sórdida casa de vecindad, me parece que estoy dormido, que sufro una condena y que alguien vendrá algún día a despertarme o a liberarme”. Pero los salvadores de ese hombre que una y otra vez se queda con las manos vacías se están agotando. Sin lograr ordenar su vida y echar adelante sus proyectos, Ribeyro se asume como un ser estancado en su propio caos: “Debo confesar que una vez más soy incorregible. En cuatro días he gastado íntegramente el dinero que recibí de Lima, ese dinero que he esperado durante tantos meses y cuya sabia administración me había tantas veces jurado. Ropa, mujeres y libros… La única constante que advierto en mi naturaleza es una fría pasión por el desorden”.

El alcoholismo y los temores ante la presencia de una enfermedad hereditaria (la abuela y el padre murieron de tuberculosis) contribuirán al desasosiego del autor peruano, cuya escritura en esos momentos de tensión también sufrirá sus reveses: “Mi novela va creciendo con una lentitud vegetal”. Obstinado de Madrid, Julio Ramón Ribeyro decide partir nuevamente a París, pero no cuenta con los diez dólares necesarios para hacerlo; sin embargo, el dueño de la pensión le presta el dinero a cambio del empeño de su maleta de libros. El trashumante emprenderá una nueva aventura. Nunca va a recuperar sus libros.