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Diario ajeno: Ecce Billy

Paul Auster / Foto: Cortesía

Paul Auster / Foto: Cortesía

“He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones”

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En una de las primeras cartas del intercambio epistolar entre Paul Auster y J.M. Coetzee, recogidas en Aquí y ahora. Cartas 2008-2011, el escritor norteamericano recuerda a Billy, su primer amigo de la infancia: “Yo tenía cinco años. Billy, mi primer amigo, apareció en mi vida de una forma que ya no alcanzo a recordar. En mi memoria es un extraño y alborozado personaje de opiniones firmes y talento bastante desarrollado para las travesuras (cosa que a mí me faltaba en grado sumo). Tenía un grave defecto del habla, y pronunciaba las palabras de manera tan confusa, se le atascaban tanto en la saliva que se le acumulaba en la boca, que nadie llegaba a entender lo que decía; salvo el pequeño Paul, que le servía de intérprete. Gran parte del tiempo que pasábamos juntos lo dedicábamos a deambular por nuestro barrio residencial de Nueva Jersey en busca de animalitos muertos –pájaros, sobre todo, pero también alguna rana o ardilla listada– para enterrarlo en el parterre que bordeaba mi casa. Ritos solemnes, cruces de madera hechas a mano, prohibido reírse. Billy aborrecía a las chicas, se negaba a rellenar las páginas de los cuadernos para colorear que mostraran representaciones de figuras femeninas, y como su color favorito era el verde, estaba convencido de que la sangre que corría por las venas de su oso era verde. Ecce Billy. Entonces, cuando teníamos seis años y medio o siete se mudó con su familia a otra ciudad. Congoja, seguida de semanas, si no meses, de añoranza de mi amigo ausente”. La razón por la que Paul Auster viaja hasta esos recuerdos infantiles se debe a que en una de las cartas remitidas por Coetzee, este le manifiesta haber estado reflexionando acerca de la amistad: “He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones”. La curiosidad de Coetzee lo llevará hasta la biblioteca para indagar acerca de qué se ha escrito sobre el tema. A su destinatario le expone parte de sus observaciones: “Los amigos, o por lo menos las amistades masculinas en Occidente, no hablan de lo que sienten entre ellos. Compárese este fenómeno con la verborrea de los amantes. De momento no muy interesante. Pero cuando el amigo se muere, sale la pena a raudales: “¡Ay, demasiado tarde!” (dice Montaigne de La Boétie, dice Milton de Edward King)”. 

Animado por las observaciones iniciadas por su colega sudafricano, Auster sigue contando sobre su experiencia en torno a la amistad, el impacto que significó la separación de su primer amigo y la alegría de un posterior reencuentro telefónico: “Por fin, mi madre cedió y me dio permiso para hacer la costosa llamada de teléfono a la nueva casa de Billy. El contenido de nuestra conversación se me ha borrado de la memoria, pero recuerdo mis sentimientos tan vívidamente como me acuerdo de lo que he tomado para desayunar esta mañana. Eran los mismos que más adelante tendría de adolescente al hablar por teléfono con la chica de quien me había enamorado”. Entre remitente y destinatario se va armando un pequeño grupo de consideraciones en donde cada uno expone su visión personal sobre la amistad. En uno de estos puntos se detiene Paul Auster para diferenciar entre el matrimonio y la amistad: “El matrimonio es sobre todo una conversación, y si marido y mujer no encuentran un modo de ser amigos, su unión tiene pocas posibilidades de subsistir. La amistad es un componente del matrimonio, pero el matrimonio es una discusión que no deja de evolucionar, una eterna obra inacabada, una continua exigencia de llegar al fondo de sí mismo y reinventarse en relación con el otro, mientras que la amistad pura y simple (es decir, la amistad fuera del matrimonio) tiende a ser más estática, más cortés, más superficial (…) cuando se piensa en las peleas que a veces estallan incluso en el mejor de los matrimonios, los apasionados desacuerdos, los exaltados insultos, los portazos y platos rotos, se comprende enseguida que tal comportamiento sería intolerable dentro de los decorosos ámbitos de la amistad. La amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados”.

Las relaciones amistosas entre hombres y mujeres, el cómo la admiración de una persona hacia otra fomenta la empatía entre ambas, también cómo era considerada la amistad en la Antigüedad es parte de lo conversado entre estos dos escritores que estaban en contacto desde antes de conocerse personalmente y cuya relación se ha hecho cercana a partir del intercambio epistolar.