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Diario ajeno. 1915: Días de lluvia

Virgina Woolf por Gisele Freund, 1939

Virgina Woolf por Gisele Freund, 1939

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“Ayer llovió tanto como suele llover en Inglaterra”, anota Virginia Woolf en una de las páginas de su diario. La lluvia será un hecho reincidente no sólo en el espacio inglés, sino en las notas personales de la autora. Las gotas cayendo frente a la ventana, la impenetrable neblina, el suelo mojado acompañarán las lecturas frente a la chimenea, y más de una vez  devolverán empapada a la escritora a casa luego de que ésta diera sus paseos vespertinos y visitara los salones de té y las bibliotecas: “En el camino me cayó uno de los peores chaparrones que he visto en mi vida. Mis zapatos mojados crujían de tal forma cuando entré a la biblioteca, que me sentí avergonzada”. La escritora, acostumbrada a pasear a orillas del río hasta la altura de Marble Hill, escribe el cinco de enero de 1915: “Hemos trabajado como siempre, y como siempre ha llovido. Después de comer, dimos una vuelta por Old Deer Park y señalamos con paja hasta dónde había crecido el río; un gran árbol caído había cortado el camino y aplastado la baranda. Ayer vieron en Teddington cómo la corriente arrastraba tres cuerpos. ¿El clima incita el suicidio?” La suya es una pregunta que sólo puede ser respondida desde la especulación, pero lo que sí es cierto es que ese elemento acuoso se mantendrá junto a Woolf hasta el final de su vida, cuando por decisión voluntaria se entregue a una muerte fluvial.

Virginia Woolf comienza a llevar un diario en 1915, cuando tiene treinta y dos años y su país se encuentra en guerra: “los trenes de la tarde están llenos de gente que abandona Londres”, apunta un día de octubre, luego de pasear por la ciudad y observar los escaparates de las tiendas protegidos con tablas y arpillera. Sus anotaciones dan cuenta de una mujer de solvencia económica, poseedora de una gran destreza intelectual; una mujer que junto a Leonard Woolf, su marido, intenta llevar una vida tranquila a pesar del conflicto bélico, cuyos rugidos furiosos escuchan a la distancia, con la precaución necesaria de quien vive en un estado de zozobra aérea: “Cogimos ropa, mantas, un reloj y una linterna, y los cañones sonaban cada  vez más cerca, mientras bajábamos las escaleras para sentarnos con las criadas (…) Poco a poco se fue alejando el ruido, hasta que cesó. Nos desprendimos de las mantas y volvimos a la cama. Diez minutos más tarde no era cuestión de quedarse allí: más cañonazos”. Ese mismo año el esposo será llamado a las filas, pero logrará ser declarado inútil para el servicio militar debido a que padecía de un incontrolable temblor de manos de origen nervioso. Uno de los hermanos de Leonard no corrió con la misma suerte y murió en combate.

 A pesar de la guerra y las malas noticias, la pareja insiste en preservar su espacio, entregándose a sus oficios cotidianos: “Hemos estado escribiendo esta mañana. He sacado a Max a dar un paseo por la orilla del río, pero nos hemos topado con múltiples obstáculos: un hueso que ha robado, las ligas que se me bajan, una pelea de perros en la que Max ha salido con una oreja herida que le sangraba horriblemente. He pensado lo feliz que soy (…) Me encanta lo que ahora escribo, sólo porque me gusta escribir, y, de verdad, me importa un comino lo que opine la gente”.Ese año de 1915, los Woolf se preparan para la compra de una imprenta; más adelante fundarán Hogarth Press en su empeño por dedicarse al trabajo editorial. Uno de los primeros textos a imprimir será Preludio, perteneciente a Katherine Mansfield, escritora allegada a la pareja.

Al leer la fecha del inicio del diario (1 de enero) el lector puede entrever el propósito de año nuevo que impulsó su escritura, y más adelante hallará la determinación de la autora de trabajar en él diariamente, luego de tomar el té; sin embargo, su registro es interrumpido abruptamente: la última nota de ese año es la fechada el 15 de febrero, en la que Virginia comenta que compró un vestido azul, que lleva puesto al momento de escribir esa nota. Woolf retomará sus anotaciones íntimas más de dos años después, una vez superada, aparentemente, una severa crisis nerviosa, el inicio de lo que desencadenará su fin.

Atosigada por una sensación fatalista que nunca la abandonará, Woolf escribe en 1917: “Vi a hombres y mujeres que caminaban juntos; pensé: 'vosotros estáis a salvo y sois felices y yo soy un proscrito'”. A pesar de los esfuerzos de Leonard por cuidar de la precaria salud anímica de su esposa, ésta se dejará arrastrar por la seducción acuosa del río que, en mejores tiempos, ella se dedicaba a contemplar en silencio.