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Diario ajeno: Después del mar

Victoria de Stefano / Foto: Manuel Sardá

Foto: Manuel Sardá

La narradora y ensayista Victoria de Stefano es la figura central de esta entrega de Diario ajeno que penetra en ese reinicio de vida que significó para los De Stefano dejar Italia para escapar de la guerra. Traspasando el mar, aquella niña estuvo interesada en traducir y descubrir el mundo que tenía enfrente

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Una niña con vestido de lunares rosados, calzada con zapatos toscos y maltrechos, camina por las calles de Nueva York sin querer mirar los rascacielos porque le dan miedo. La niña se llama Victoria, y Nueva York es sólo un lugar de paso porque ella y su familia italiana se dirigen hacia Venezuela, el destino escogido para dejar atrás los escombros de la guerra. Pero como de ninguna partida se sale ileso, atrás también quedan los atardeceres con peces rojos, las olas de mar Adriático y los abrazos de los afectos que desde la distancia se convertirán en recuerdos.

Victoria de Stefano y su familia llegan a Venezuela en 1946, luego de un largo viaje en barco durante el cual la niña de seis años espiaba desde la cubierta el rostro preocupado del padre ante el difuso horizonte. Adaptarse a la nueva tierra y a otra lengua llevará su tiempo. La escritora da cuenta de su experiencia en La refiguración del viaje (Mérida, 2005): “En Caracas empezó a leer y escribir a los siete años, con muchas dificultades. Creía que nunca aprendería a leer, las eles y las emes eran su tortura. Va a la escuela, después de los primeros llantos, conversa con las amigas, se descubre en la oralidad criolla, pero nunca demasiado criolla, pero el proceso de fusión de ambos mundos andaba por ahí excavando solo y por su cuenta”.

Poco a poco, los De Stefano deberán irse acostumbrando a los cambios, a los rigores de otra realidad, al paso del país en su constante tambalear entre gobiernos civiles y militares. Mientras Victoria crece, alta como una espiga, se acercará a la lengua que la acogió más allá de su aprendizaje práctico; lo hará con la curiosidad de quien se interesa por las letras. A la muchacha nacida en Rimini le interesa traducir el mundo que tiene enfrente y se afana en hacerlo: a los doce años lleva un diario, en las noches consulta un diccionario de donde escarba palabras para llevárselas consigo y anotar luego en un cuaderno. Admite la escritora que en esa etapa de su vida “tiene debilidad por las palabras que suenen extrañas: incólume, aldabas, séquito, cáliz, plugo al cielo”. Con su botín de vocablos adquiridos comienza a elaborar su propia cartografía; tal vez no lo sepa en ese momento, pero está empezando a allanar el camino por el que transitará como escritora en su futuro. El reposo exigido por la parotiditis, enfermedad padecida en la infancia, la aproxima a la lectura. La paciente, al igual que su querido amigo Salvador Garmendia, se rodeará de libros y encontrará en la lectura un refugio. Tal acto de reposo y subjetividad la allegan a aquella reflexión de la poeta Hanni Ossott: “En cada enfermedad en la niñez uno se acercaba más hacia su propio centro, la intimidad crecía”.

La escritura se hará habitual a partir de los diecisiete años. Desde entonces, mantendrá el pálpito reflexivo, la búsqueda de un ritmo y una voz propia que caracteriza el trabajo literario de Victoria de Stefano, escritora de prosa que no descuida la lectura poética. Para de Stefano un narrador debe leer poesía; de lo contrario, se asfixia. La misma conclusión es válida para los poetas. El acto de escribir se convertirá en un hecho vital, su ausencia produce un vacío que sólo puede ser llenado con ese ejercicio íntimo de la escritora en su habitación, el lugar donde duerme, el lugar donde escribe: “Cuando no escribo tengo miedo de frustrar mi vida, como si escribiendo no la frustrara. Cuando no escribo me hago culpable de malgastarla. Y cuando escribo me siento culpable de desdeñar las tareas más humildes, más serviles, las que competen a mi sexo”.

Alegrías y tragedias han transcurrido por las vidas de esa familia de inmigrantes que un día hicieron de Venezuela un nuevo lugar para empezar. Para todos, la vida es un poco eso: los días de pasos repetidos, el vaivén entre la serena cotidianidad y el repentino estremecimiento de la tristeza. En ese transcurrir, Victoria de Stefano se ha destacado como una de las novelistas de más fina puntada en nuestras letras. Su voz, ese dulce susurro que habla de pintores, lugares, reflexiones artísticas y filosóficas, vino desde una despedida italiana para quedarse y ser escrita en nuestra lengua hasta hacerla suya: “¿Estaremos aquí siempre?” “Siempre, ahora duérmete”.