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Diario ajeno: Despedida en Kazanskaya

Retrato de Ósip Mandelshtam / Fotografía tomada de Internet

Retrato de Ósip Mandelshtam / Fotografía tomada de Internet

Sobre dos que no dejarán al desamparo la memoria del poeta que pagó con su vida  la osadía de escribir versos contra el “montañés del Kremlin” 

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Nadia y Anna, dos atribuladas mujeres, se encuentran en la estación ferroviaria Kazanskaya. Una de ellas es viuda; la otra está a punto de serlo. Nadia se dirige a la estación dispuesta a esperar a su marido para acompañarlo en el castigo impuesto por haber escrito unos versos contra el lobo Stalin; Anna se reúne con ella para entregarle el dinero recogido entre las amistades y para despedirse de su entrañable amigo: Ósip Mandelshtam (esposo de Nadia), pero las autoridades tardan demasiado en aparecer con el condenado, y su tren a Leningrado está a punto de partir; Anna Ajmátova debe marcharse sin decirle adiós al prisionero. La despedida de las mujeres en tan penosas circunstancias es observada en todas las ventanas por los ojos omnipresentes de Stalin, “bigotes de cucaracha”.

Anna Ajmátova regresará en el tren lamentando no haber podido esperar la llegada del debilitado Mandelshtam. En su viaje de retorno llevará el pecho apretado, recordando el gesto desprendido de Yelena Serguéyevna Bulgákova (la mujer de Mijaíl Bulgákov), quien frente a la desgracia de los Mandelshtam rompió a llorar y le puso en la mano todo el contenido de su monedero. A las tres mujeres las une un elemento trágico en común: Stalin y el ensañamiento contra sus maridos. Bulgákov fue censurado y acosado; Nikolái Gumiliov (el marido de Anna) murió fusilado; y en el momento del encuentro entre las mujeres Ósip Mandelshtam se dirigía a su calvario y a su tumba.

 Ajmátova recoge recuerdos de los Mandelshtam en algunas páginas que escribió con pretensiones de memorias: “Ya hacía un año [1937] que el terror se iba intensificando. Una de las dos habitaciones de los Mandelshtam había sido ocupada por una persona que escribía falsas delaciones contra ellos, y pronto se les hizo imposible aparecer hasta en su propio apartamento. A Ósip no le permitieron quedarse en la capital. J. le dijo: ‛usted es demasiado nervioso’. No había trabajo para él. Cuando venían de Kalinin se sentaban en el bulevar. Posiblemente fue cuando Ósip le dijo a Nadia: 'Es necesario saber cambiar de profesión. Ahora somos pordioseros' y 'a los pordioseros el verano les resulta más llevadero”.

Anna Ajmátova y Ósip Mandelshtam se conocieron en la primavera de 1911, desde entonces se hicieron cercanos: “Mandelshtam pasaba a verme con frecuencia. Tomábamos un coche y paseábamos por los increíbles baches del invierno revolucionario, por entre las célebres fogatas, que ardieron casi hasta el mismo mayo, escuchando a veces el tabletear de los fusiles”. Anna y Nadia se conocen en 1924 y forjaron una amistad duradera.

Ajmátova estuvo con la pareja el 13 de mayo de 1934, el día del arresto del poeta: “El registro duró toda la noche. Buscaban poemas, pisaban los manuscritos sacados del baúl. Todos permanecimos sentados en una misma habitación, en medio de un gran silencio (…) Ante mis ojos, el juez de instrucción halló el poema ‛El lobo’ y se lo mostró a Ósip Emílievich, que asintió en silencio. Al despedirse, me besó fraternalmente. Se lo llevaron a las siete de la mañana. Ya había amanecido. Nadia fue a ver a su hermano y a los Chulkov, en el bulevar Smolenski: acordamos que nos encontraríamos por allí después. Volvimos a casa juntas, recogimos el apartamento y nos sentamos a desayunar. Otra vez llamaron a la puerta. Otra vez eran ellos, que regresaban; un nuevo registro”.

En sus páginas, Anna Ajmátova anota la última vez que vio a su amigo: “Vi a Mandelshtam por última vez durante el otoño de 1937. Los dos –él y Nadia– llegaron a Leningrado y se quedaron dos días. Era un tiempo apocalíptico. La desgracia nos mordía los talones. Los Mandelshtam no tenían dinero. Ya no tenían absolutamente donde vivir. Ósip respiraba con dificultad, parecía pescar aire con los labios”.  Un año antes había visitado a la pareja, y junto a Pasternak fueron a ver al fiscal supremo con la intención de interceder ante el acusado, “pero entonces ya había comenzado el terror y todo fue en vano”. Derrotada y sin otro asilo que la poesía, escribe: “Y en la habitación del poeta en desgracia/ se turnan el miedo y la musa/ mientras avanza una noche/ que no conoce amanecer/”.

Ósip Mandelshtam será arrestado por segunda vez el 2 de mayo de 1938; según Ajmátova, para ese entonces “todo el mundo hablaba en voz alta de las torturas”. En esa oportunidad, Nadia, con los ojos aterrados, le confesó: “sólo me calmaré cuando me digan que ha muerto”. La suerte ya estaba echada, el hombre que escribió los versos “vivimos sin sentir el país a nuestros pies” morirá ese mismo año. Nadia y Anna lo sobrevivirán varias décadas más, y, como asistentes de un pacto no pronunciado, ambas mujeres no dejarán al desamparo la memoria del poeta que pagó con su vida  la osadía de escribir versos contra el montañés del Kremlin.