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Diario ajeno: Decretar los adioses

“El poeta se mete en líos como resultado de su superioridad lingüística y por inferencia psicológica más que por su por su actitud política”, Joseph Brodsky, 1986

“El poeta se mete en líos como resultado de su superioridad lingüística y por inferencia psicológica más que por su por su actitud política”, Joseph Brodsky, 1986

¿Qué lleva a los regímenes dictatoriales a censurar, acosar y perseguir a hombres dedicados al solitario oficio de la escritura?. Con esta premisa Carolina Lozada nos interroga en este Diario ajeno a partir de las historias ejemplares de Joseph Brodsky, Juan Carlos Onetti y Leonid Tsypkin

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En 1964 un tribunal soviético acusa y condena a Joseph Brodsky por el delito de parasitismo social. Alejado de las normativas burocráticas e ideológicas de la Unión de Escritores, Brodsky se asume como poeta. Ante la pregunta del tribunal sobre quién lo ha considerado y autorizado para desempeñarse como poeta el autor responde sin titubeos: “el mismo que me ha hecho miembro de la especie humana”. Ante tan altanera respuesta a un Estado completamente controlador de la vida de sus gobernados, ni el mismísimo San Lenin podría salvarlo. Es sentenciado a cinco años de trabajo y reeducación en la remota Siberia. Las cuentas de Brodsky no fueron saldadas con esa condena, en 1972 las autoridades decidieron  echarlo de sus fronteras. A partir de ese momento, el hombre que un día abandonó la escuela y se dedicó al trabajo de obrero empezó a hacerse camino en Estados Unidos, al punto que adoptó la lengua inglesa para hacer su trabajo literario. En el destierro no olvidó a los suyos, se dedicó a comprender y difundir la poesía rusa; poniéndole especial empeño a la escrita por su admirado Mandelstam. Junto a la viuda del propio poeta se ocupó de que los cantos apresados de su voz no se extinguieran bajo el frío de Siberia.

En tiempos cercanos, un escritor sudamericano también pisaría los estrados de un tribunal del absurdo: el uruguayo Juan Carlos Onetti. A Onetti lo sacaron de su cama, le quitaron su tradicional vaso de whisky, lo alejaron de Dolly, su infalible compañera, para que explicara el veredicto que junto a otros escritores había firmado para premiar un cuento “sedicioso” que atentaba contra el Estado. El delirio paranoico de un gobierno controlador estuvo dispuesto a apresarlo, pero la reputación foránea del escritor ejerció algún tipo de presión para evitarlo. Sin embargo, Onetti no logró zafar, en vez de cárcel lo confinaron a un manicomio mientras afuera se libraban las batallas para sacarlo de tal oprobio. En el caso de Onetti, no se le acusaba por su obra, ni siquiera por una posición política disidente sino por un fallo literario firmado junto a otros intelectuales cuyo fin era dar cuenta de una decisión exclusivamente literaria. El narrador uruguayo no era hombre de abrazar causas a favor o en contra del poder. En todo caso su acto militante siempre fue la literatura. La escritura era su resistencia. Luego del penoso percance, el cuentista y novelista logró salir y se marchó a España. Nunca más quiso volver a su país, ni siquiera muerto.

¿Qué lleva a este tipo de regímenes a enfrascarse en acosos y persecuciones contra hombres de tan solitarios oficios como la escritura? Sobre este ensañamiento Brodsky hace algunas reflexiones en su libro Menos que uno (1986): “El poeta se mete en líos como resultado de su superioridad lingüística y por inferencia psicológica más que por su por su actitud política. Una canción es una forma de desobediencia política y el son de la misma proyecta dudas sobre más gente que un sistema político concreto, porque pone en entredicho todo el orden existencial. Y, además, el número de sus adversarios crece proporcionalmente”.

Leonid Tsypkin fue otro autor ruso arrinconado por su gobierno. Verano en Baden-Baden (su única novela, escrita entre 1977 y 1980) no pudo ver luz en su patria, la razón: el hijo del autor había desertado a Estados Unidos. De modo que al padre le tocaba pagar el “delito” del hijo. El acoso del Estado hacia la familia de Tsypkin ya tenía tradición, varios parientes sufrieron persecución y cárcel desde los tiempos de Stalin. Verano en Baden-Baden está lejos de ser una novela subversiva, su trama transcurre entre dos planos temporales: durante el viaje de los esposos Dostoievski por varias capitales europeas y en la actualidad del siglo XX durante el viaje del autor entre Moscú y Leningrado. El manuscrito logra salir de manera clandestina para ser publicado por entregas en un semanario ruso en New York en los años 80. Leonid Tsypkin, médico de profesión, no verá publicada su novela y morirá en 1982 de un ataque al corazón. Éste, como los padres de Brodsky, dedicó años de su vida para intentar obtener el permiso para ver a su hijo (doce años lo intentaron los Brodksy-Volpert), ninguno lo logra. Tsypkin al igual que el padre de Brodsky muere de un ataque al corazón, cruel metáfora que atiza la imagen del doloroso destierro no sólo para quien se va sino para quienes los despiden en un muy probable hasta nunca. No en vano Joseph Brodsky escribe: “No hay ningún país que domine como Rusia el arte de la destrucción de sus súbditos y un hombre con una pluma en la mano no puede remediar la situación”.