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Diario ajeno. Balthus: pintar es rezar

The dream, ca. 1955 por Balthus

The dream, ca. 1955 por Balthus

“No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable”

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En sus memorias, Balthus afirma que uno de sus poetas predilectos es San Juan de la Cruz. Prejuiciado como espectador de sus cuadros más populares –esos cuyos motivos son niñas explayadas y gatos que las acompañan–, uno estaría lejos de relacionar al pintor nacido en Polonia con algún artista, manifestación o inclinación mística; sin embargo, y a pesar de la apreciación generalizada sobre sus criaturas como modelos de cierta complicidad erótica, este insiste en que sus “jóvenes ángeles”, sus “niñas soñadoras” están lejos de cualquier pretensión sensual: “todavía me indignan las interpretaciones estúpidas según las cuales mis niñas proceden de una imaginación erótica. Decir eso es no entenderlas, lo que me preocupa es su lenta transformación del estado de ángel al estado de niña, poder captar ese instante de lo que podría llamarse un pasaje”.  En un afán de lograr retener lo imperdurable, Balthus pinta sus niñas: “No creo que haya disciplina más exigente que las variaciones sobre las caras, las posturas de mis niñas soñando, porque se trata de volver a encontrar, con la caricia del dibujo, esa gracia de la infancia que se esfuma tan pronto y de la que se guarda para siempre el recuerdo inconsolable”.

Más allá del motivo de sus pinturas, para el artista –cuyos mentores espirituales fueron Rilke, Cézanne, Piero della Francesca– la búsqueda en sus cuadros es mística, y en este sentido Balthus se hermana con San Juan: “a veces me paso horas delante de mis cuadros en el estudio. Los miro, entro en su misterio. Él ha guiado mi mano, me ha introducido en su noche. En cierto modo es una experiencia comparable a la de los místicos. Su subida a la Casa de Dios empieza siendo una noche profunda, el precio que hay que pagar por la luz. Por eso admiro los poemas de San Juan de la Cruz, su travesía nocturna que es recompensada con el éxtasis. El don que les hace Dios”. Esa idea del misterio y del silencio, de hacer aflorar el alma, lo obsesiona: “Es al equilibrio milagrosamente musical de los rostros de mis jóvenes modelos adonde he querido llegar. En realidad mi meta no fue tanto el cuerpo, o el parecido de los rasgos, cuanto lo que estaba más allá o más acá de sus cuerpos o de sus rasgos, en su noche o su silencio”.

Atravesar la noche para llegar hasta la luz: esa búsqueda lo lleva por senderos místicos y filosóficos en los que se detiene a contemplar cómo sus cuadros pueden parar “la rueda frenética del tiempo” y quedarse en el secreto de su inmovilidad; allí donde anida el misterio del hombre. Y desde esa inmovilidad, adentrarse hacia lo más interior del espíritu, en pos de la belleza y la armonía. Convencido de esto declara: “Pintar no es representar, sino penetrar. Ir al fondo del secreto. Ser capaz de sacar la imagen interior. De modo que el pintor también es un espejo. Refleja el espíritu, el rasgo de luz interior”. 

En sus últimos años, en su retiro feudal en el montañoso lugar de Rossinière, un Balthus rodeado de gatos se sienta cada mañana frente al cuadro y establece un diálogo entre cuadro, luz e interior para saber si es posible pintar ese día y cuánto es posible hacerlo. Tal vez un día sólo signifique una única pincelada, porque además de la luz es necesario encontrar la nota musical en la mezcla de colores, y para esto Mozart ayuda con su Così fan tutte sonando siempre, mientras el pintor se prepara a adentrarse en la oscuridad que precede a la luz, convencido de que pintar es rezar.