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Diario Ajeno: Querido Boris

Marina Tsvietáieva | Foto Cortesía

Marina Tsvietáieva | Foto Cortesía

“En 1922, luego de haber leído ‘Verstas’, Pasternak le escribió una entusiasta carta a la autora, Marina Tsvietáieva, a partir de ese primer encuentro epistolar, ambos poetas se declararán el mutuo aprecio y admiración”

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Boris Pasternak y Marina Tsvietáieva se conocieron pocos años después del estallido de la revolución rusa. En 1922, luego de haber leído Verstas, Pasternak le escribió una entusiasta carta a la autora, Marina Tsvietáieva, a partir de ese primer encuentro epistolar, ambos poetas se declararán el mutuo aprecio y admiración. Las cartas de Tsvietáieva a Pasternak son desbordantes, eufóricas: “una línea todavía me detiene la respiración”, escribe el 19 de noviembre de 1922, en la que quizás fuera la respuesta a la primera carta de Pasternak después de la lectura de Verstas.

En su apasionada correspondencia, la poeta deja colar aspectos de su vida que permiten armar una especie de páginas de diario epistolar:

Vivo en Checoslovaquia (cerca de Praga), en Mokropsy, en una casa de pueblo. Es la última casa del pueblo. Debajo del monte hay un arroyo, de ahí traigo el agua. Una tercera parte del día se me va en encender una enorme estufa de azulejos. La vida no se diferencia mucho de la vida en Moscú, en su parte cotidiana ¡incluso es más pobre!, pero, aparte de los versos, tengo a la familia y tengo la naturaleza. Durante meses no veo a nadie. Toda la mañana escribo y paseo: aquí hay montes maravillosos

Para la fecha, Marina tiene treinta años y ya ha empezado su calvario, junto a los suyos, por desacato al dogma revolucionario. Hasta su trágico final, la escritura será aliada en su duelo personal. En esa carta de 1922, le muestra a Pasternak sus versos favoritos, escritos en su destierro checoslovaco: “De tiempos sin auroras/ Tiza amenazante./ Entonces, Dios llama a mi puerta/ ¡Si la casa se quemó!”. Los versos son claros indicios del latente desasosiego de la autora.

Andrei Biely, el poeta simbolista ruso, es otro de los célebres personajes que se asoman en las páginas íntimas de Tsvietáieva y desde estas se puede construir su perfil, sus pasos, en el entonces de esas líneas:

Mi mejor recuerdo de mi vida en Berlín (dos meses) es su libro y Biely. Con Biely, conociéndolo casi desde mi infancia, sólo nos hemos hecho amigos este verano. Vivía como un espíritu: comía avena que le hacía la dueña y se iba al campo. Allí un día, al atardecer, me estuvo hablando de Blok. –Así lo recuerdo. Vivía, por cierto, en un poblado de fabricantes de ataúdes  y, sin saberlo, se asombraba ingenuamente: ¿por qué todos los hombres van con sombrero de copa y todas las damas con coronas sobre sus vientres y con guantes? 

Marina Tsvietáieva también da cuenta de su convivencia y relación con los poetas cercanos de su época; el 10 de febrero de 1923, en carta dirigida al mismo destinatario explícitamente se muestra como una escritora con baja estima en correlación al resto:

Yo era la niñera de los poetas, satisfacía su bajeza –¡y no era poeta! ¡Ni musa!–, ¡sino una joven (a veces trágica) niñera! Con los poetas siempre me olvidaba de que yo era poeta. Y si me lo recordaba, lo negaba.

Es gracioso que viendo cómo ellos escribían versos, yo empezaba a considerarlos genios y a mí misma, si no una nulidad, por lo menos un adefesio, un diablillo de la pluma. ¿Acaso soy poeta?

En la misma carta, más adelante confiesa que después de haber publicado su primer libro a los dieciocho años nadie la tomaba en cuenta, por eso calló en términos de publicaciones, pero en el silencio seguía escribiendo al menos unos cinco libros hasta que en 1922 decidió volver a publicar.

A pesar del aparente menosprecio de Tsvietáieva por su propia capacidad poética, le hace a Boris Pasternak un anuncio de oráculo: “Usted es el primer poeta, en toda mi vida, a quien yo veo. Es el primer poeta en cuyo futuro creo tanto como en el mío”.  Curiosamente, los nombres de los poetas que Tsvietáieva destacó (Blok, Biely, Mayakovski, Pasternak, entre otros) han sobrevivido a la ferocidad del tiempo. El futuro cumplió el oráculo de la apasionada mujer que a su querido Boris Pasternak escribió: “soy un ser vivo y siento mucho dolor. En alguna parte elevada de mi ser hay hielo (¡enajenación!), en el fondo, en el centro hay dolor”. En el futuro se lee a Marina Tsvietáieva.