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Cuando Diane Arbus traspasó el umbral del miedo

En 1969 Garry Winogrand, genial fotógrafo, hizo este retrato de Diane Arbus en Central Park, Nueva York, lugar donde ella gustaba trabajar /Fotografía tomada de Internet

En 1969 Garry Winogrand, genial fotógrafo, hizo este retrato de Diane Arbus en Central Park, Nueva York, lugar donde ella gustaba trabajar /Fotografía tomada de Internet

La fotografía de Diane Arbus (1923-1971) irrumpe, desgarra y entristece, pero también despierta manías: esa necesidad de revisar en la cotidianidad e interrogarse sobre lo verdaderamente monstruoso. Acercarse a sus cartas, a sus retratados, a ella, genera una experiencia similar a abrir y leer su diario: entramos en un universo personal y artístico que preserva la sensación de ser secreto

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Muchas veces tendemos a acercarnos al arte a través de figuras perturbadas, excéntricas. Sus encantos devienen de un coraje innato: no han temido someterse a situaciones de vulnerabilidad. Practican el desnudo del alma, algo más trascendental que el desnudo del cuerpo. Vincent van Gogh, Frida Kahlo, Alberto Durero, Armando Reveron, Janis Joplin, Diane Arbus, Tamara Lempicka, Anaïs Nin, Francisco de Goya, etc., forman parte de mi lista de aquellos “grandes” –para mi son grandes– que por sus personalidades y la fuerzas de sus expresiones de arte hacen sentir como si exploráramos sus intimidades, como si leyéramos sus diarios pues crispan el alma, sacuden el entendimiento, erizan la piel.

En estos personajes desgarradores, generalmente, la bisagra que separa la vida interior de la obra no está tan definida: cuando se juntan el desasosiego con lo excéntrico se activan monstruos. Cuando Diane Arbus (1923-1971), esta icónica fotógrafa neoyorkina apostó a abandonar su zona de confort –profundizando podemos notar que no era tan cómoda pues vivía amarrada a lo estrictamente perfecto– comenzó a transitar caminos desconocidos por ella, a partir de ese momento, su obra cambió, ella cambió.

Llegó a decir que “una fotografía es un secreto sobre un secreto, que cuanto más te cuenta menos sabes”. Sí y no. Sí, porque el lenguaje del secreto en su obra cabe perfectamente, por ejemplo, en Gigante judío en casa de sus padres en el Bronx, se produce la necesidad de querer saber más sobre las personas que allí vemos. ¿Vivió ese gigante allí? ¿Qué sintieron sus padres? Ella nos ha dado un contenido y de allí podemos crear nuevas tramas. Pero en efecto detrás del telón queda un lenguaje incierto. También surge una negativa a esta modesta cita de Diane: formó parte de los artistas interesados en mostrar el “feísmo” a la cultura occidental de mediados de siglo XX. Y es importante resaltar esas comillas de la palabra “feísmo” pues es más bien una réplica a las convenciones, a lo normativo, es una invitación a preguntarse: ¿Qué es lo feo? ¿Qué es lo anormal? Y, finalmente, ¿por qué ese “feísmo” nos produce tanto miedo? Esas preguntas se las hizo Diane Arbus lo cual le otorga un sentido puro a su fotografía.


Gigante judío en casa de sus padres en el Bronx, 1970

Ese reflejo de un secreto sobre un secreto resguarda intimidad y es allí cuando su fotografía se vivencia como un diario. “Creo realmente que hay cosas que nadie puede ver si yo no las fotografío”, decía. Y no queda más que darle la razón pues previo a su ojo, ningún fotógrafo conocido se atrevió a tomar en cuenta a personas como el que vemos en Niño con una granada de juguete en el Central Park (1962). Al ver a este niño tragamos grueso, nos coloca en una situación de vulnerabilidad, sentimos pena, nos genera tristeza.

 

Niño con una granada de juguete en el Central Park, 1962

Diane Arbus nació en un hogar provisto de privilegios, de familia judía, su padre tenía un próspero negocio en la Quinta Avenida, en Nueva York. Así que fue una niña sobreprotegida, a la que se dice la cuidaban incluso de lo que debía mirar. Y de allí más bien se le alimentó la manía de ver “lo otro”, lo extraño, lo prohibido; siempre quiso explorar esa curiosidad abrazada por el miedo. Por muchos años se dedicó a la fotografía de modas junto a su esposo, Allan Arbus, con quien sostuvo una relación desde los 14 años. Haciendo fotografías para revistas como Vogue hicieron de este arte su fuente de ingreso y un bien en común. De esta unión, que acabó en divorcio, nacieron dos hijos: Amy y Doon.

Lisette Model, una fotógrafa austríaca con una biografía también fascinante, fue una figura clave en la metamorfosis artística a la que apostó Arbus. “No pulsen el disparador hasta que el sujeto que enfocan les produzca un dolor en la boca del estómago”, le decía cuando dictaba sus clases. Fue quien la introdujo en el mundo de lo “monstruoso” de la mano de la película Freaks, de Tod Browning. Un filme que cautivó a la fotógrafa neoyorkina pues mostraba el mundo del circo lleno de enanos, gigantes, siameses, mujeres barbudas, como personas del mundo real, de carne y hueso, que sienten, que padecen.

Para algunos Diane Arbus evoca a una figura cuyo arte tiende a expurgar la anormalidad. Pero ¿cuál anormalidad? Y he aquí quizás la pregunta clave para seguir su obra. Cuando Diane Arbus decidió traspasar los confines del miedo, del miedo a deslastrarse de seguridad, de firmeza, de estabilidad y decidió dejar que afloraran sus curiosidades, y que afloraran convertidas en imágenes fotográficas, se conoció a otra Diane: la Diane cuya obra se convirtió en su diario. “Me encuentro en un hotel enorme, maravilloso, blanco, está ardiendo”, escribió en una libreta donde anotaba sus sueños.

Finalizó su paso por esta vida cortándose las venas y previamente había ingerido barbitúricos. La noche anterior había ido a comer pollo con sus amigas Anita y Nancy. Tenía 48 años. Al funeral acudió su familia y entre sus amigos otra inspiración Richard Avedon. Cerramos con palabras de Diane Arbus: “Es terriblemente hermoso. Me siento llena de gozo pero ansiosa y confusa y no consigo fotografiar (...) Quizá no pueda fotografiar si pongo algo a salvo, incluso mi cámara o yo misma”.