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Prosas del cotidiano

Antonio Cisneros / Archivo

Antonio Cisneros / Archivo

Durante muchos años Antonio Cisneros escribió crónicas para revistas, periódicos y publicaciones culturales. Sus vivencias de viajes fueron el principal alimento de esos pequeños relatos. Y cuando no, la mirada atenta del poeta sobre el cotidiano le dio temas para escribir

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“Ese periodista que habita en mí, no tiene por qué estar reñido con el viejo poeta que me ocupa. Al fin y al cabo, buena parte de los miles de versos escritos a lo largo de la vida también viene a ser, a su manera, el libro de mis crónicas de viaje”.

Antonio Cisneros

¿Cómo sobrevive la crónica a la fugacidad del instante para el que nació? ¿Cómo vence el paso del tiempo? ¿Qué debe tener una crónica para vencerlo? ¿Qué debe tener una crónica para que la consideremos literatura?

Algunas respuestas para estas preguntas las podemos encontrar en los libros de crónica de Antonio Cisneros. Si bien el autor peruano es reconocido como una de las grandes voces poéticas de nuestro continente, son menos las veces en las que se habla sobre su don y genio para la escritura de crónicas.

Durante años Cisneros colaboró para revistas, semanarios, suplementos, diarios y publicaciones culturales en los que escribió ese gran libro de crónicas, lleno de anécdotas, vivencias y experiencias personalísimas derivadas de su espíritu viajero y su aguda mirada de poeta. Y hablo de los varios títulos de crónica como uno solo porque juntos conforman una unidad o una continuidad, como si Cisneros hubiera escrito una parte de su obra, por fragmentos, a modo de literatura de cordel, en publicaciones periódicas. Y no sólo eso, se ocupó de salvarlas de la dispersión y del olvido (aunque él lo haya puesto en duda lo segundo), al reunirlas en cuatro volúmenes publicados en distintas etapas de su vida: El arte de envolver pescado (1990), El libro del buen salvaje: Crónicas de viaje / Crónicas de viejo (1994), Ciudades en el tiempo. Crónicas de viaje (2001), y Los viajes del buen salvaje. Crónicas (2008).

Esas pequeñas prosas de Cisneros son relatos que contienen la esencia y la magia del cotidiano, es decir, la chispa de la vida misma. La mayoría de los textos cuentan de los viajes que hizo desde muy joven por Europa, Asia, Latinoamérica y Norteamérica. Pero las crónicas del autor peruano se alejan por completo del itinerario y la visión turística, apuntan más bien al viaje visible e invisible, a eso que Marc Augé llamó el viaje imposible: aquel que permite descubrir nuevos paisajes y nuevos hombres, que permite prefigurar nuevos encuentros. Desde la evocación de la experiencia, del ejercicio de la memoria y del roce del recorrido, Cisneros se adentra en una marcha doble hacia geografías exteriores y, por supuesto, hacia las interiores o, como él las llamaba, hacia los viajes del alma, “aquellos que deambulan entre el corazón y el páncreas”.

Con una prosa cargada de poesía, con mucho humor, llena de afecto y sensibilidad, Cisneros trata de encontrar la complejidad y esencia de las cosas que lo rodean, de lo que ve y vive. En las crónicas vemos al poeta errante y curioso, pero también vemos al miraflorino observando a su ciudad, pues Perú nunca lo abandona, siempre está presente en un recuerdo, un sabor, o una sensación de nostalgia, el Cisneros cronista tenía sentido de permanencia y su identidad afirmada en el terruño. Otras prosas se dedican a asuntos del día a día: un viaje en bicicleta, una conversación, el modo de vida, las costumbres, etc., y en otras le da espacio a la literatura misma y a sus pares escritores.

Antonio Cisneros logró una armónica relación entre su trabajo poético y su quehacer periodístico. Incluso, se pueden ver como espacios complementarios que dialogan entre sí. En muchas crónicas pareciera que Cisneros vertió lo que no podía decir en el poema y viceversa. O, tal vez, como si estuviera construyendo su obra en un doble registro, en una doble dirección, por eso, quizás, sus poemas tienen ese aliento de crónica, y sus crónicas tienen ese potente aliento poético.