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Despedida de Leopoldo María Panero

El director Jaime Chávarri retrató las tormentosas relaciones de la familia del poeta en el documental El desencanto (1976)

El director Jaime Chávarri retrató las tormentosas relaciones de la familia del poeta en el documental El desencanto (1976)

Ha muerto Panero, el loco, el marginado, el Peter Pan…La noticia de la muerte de Leopoldo María Panero se difundió el jueves 6 de marzo, pocos días después del fallecimiento de Ana María Moix. Dos “novísimos” en menos de ocho días. Una España literaria que apaga la luz.

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La noticia cayó como una sombra. Una mala noticia para la primavera que aún no llega. El escritor Leopoldo María Panero (1948-2014)  había muerto y con él varias generaciones de lectores y escritores. El loco, el marginado, el poeta maldito de una España remota. El más potente de las voces roncas. El que fumaba un cigarrillo tras otro parar frotar la vida contra una columna de humo.

Incluido junto a Ana María Moix –fallecida, a los 66, una semana antes– como parte de los Novísimos, la antología en la que el crítico José María Castellet reunió la obra de los poetas que consideraba como los más renovadores de los años 1960, Leopoldo María Panero creció en una familia volcada en las palabras.

Poetas fueron Leopoldo Panero, su padre; su hermano Juan Luis Panero, también su sobrino Juan Panero. Hijo de la escritora y actriz Felicidad Blanc, fue hermano de “Michi” Panero, escritor sin obra, diletante y artefacto afectivo de la movida madrileña a quien Nacho Vegas distinguió con la más triste de sus canciones.

El periodista de El Mundo Luis Alemany sólo necesitó tres líneas para explicar lo que esta muerte ha hecho con sus lectores: “Se ha muerto Leopoldo María Panero, se han muerto nuestro Peter Pan, nuestro Artaud, nuestro loco, nuestro intocable, nuestro monstruo”. Y así fue. Una figura siempre rota; estropeada y potente. Eso era Leopoldo María Panero: una herida a la vista.

Poeta maldito y marginado, estaba tutelado en régimen abierto en el Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas de Gran Canaria –lugar en el que murió– o como él lo llama en una de sus obras “el manicomio del Dr. Rafael Inglot”. Nacido en Madrid, el 16 de junio de 1948, suyos son los poemarios Por el camino de Swant (1968); también Así se fundó Carnaby Street (1970), Teoría (1973) y otras muchas de carácter autobiográfico, entre ellas Jardín en vano (2007), Outsider, un arte interior (2007) o Escribir como escupir (2008), además de  una antología poética en 2003, con la que obtuvo el Premio Estaño de Literatura.

Escritor desde muy pequeño, estudió Filosofía y Letras. Pero abandonó la carrera en segundo curso en protesta contra el “conocimiento formal” y “sin conexión”. Desde que cumplió los 19 años, vivió en varias etapas recluido en hospitales psiquiátricos, entre ellos varios de Madrid y el de Mondragón (Guipúzcoa), donde permaneció 10 años.

“Fui una culebra deslizándose/ por la ruina del hombre, gritando/ aforismos en pie sobre los muertos, atravesando mares de carne desconocida/ con mis logaritmos”, escribió en el poema El Loco. Panero, que “vivió los blancos de la vida, sus equivocaciones, sus olvidos” es recordado por muchos como un espectro en El desencanto, la película en la que Jaime Chávarri retrató en 1976 la decadencia de una familia burguesa y maldita tras la muerte del padre, Leopoldo Panero, conocido como uno de los poetas del régimen franquista.

¿Cuándo enloqueció Panero?  ¿Cuál era la sustancia de aquel malestar, a ratos poético, a ratos infernal? Algunos, como J. Benito Fernández en la biografía El contorno del abismo (Tusquets), sugieren que la primera crisis psicótica de Panero ocurrió durante su adolescencia, acaso demasiado arropado por un padre falangista y alcohólico. Su amigo Joaquín Araújo afirma algo distinto. Asegura que fue en los años de la carrera cuando incubó la locura, su locura: esa. Entonces Panero, que rondaba el Partido Comunista, afinaba un dandismo poco proletario y se abría paso en la Barcelona de la Gauche Divine.

Llegó a Barcelona en el 68. Se hizo entonces amigo de Pere Gimferrer, conoció a Vicente Molina-Foix y comenzó a escribir los versos de Así se fundó Carnaby Street. Fue la década de las primeras veces: la cárcel –fue activista antifranquista–, el amor no correspondido de Ana María Moix y el hashish, al que siguió, tras una larga escalera, el resbalón de la heroína. Fueron también los años de su primer psiquiátrico. Una vida mechero. De perpetua combustión. Tras ser incluido en Los novísimos, Panero se adentró en la politoxicomanía, el psicoanálisis y los excesos, el mejor somnífero para aquella España gris que existió durante el franquismo.

Conoció varios psiquiátricos: Tarragona, Ciempozuelos, Getafe, Mondragón y Santa Brígida en Las Palmas. Superviviente de una familia fallida, trágica y crónica, Panero pasó los últimos años de su vida en Gran Canaria. Autor de una poesía cada vez más hermética, empapó a las nuevas generaciones –Elena Medel, Luna Miguel– que hoy reconocen en su muerte un duelo y en su locura un lenguaje.

“Aquí estoy yo, Leopoldo María Panero, hijo de padre borracho y hermano de un suicida, perseguido por los pájaros y los recuerdos que me acechan cada mañana escondidos en matorrales, gritando porque termine la memoria y el recuerdo se vuelve azul y gima, rezando a la nada por temor”. Retumba la voz de Panero, larga sombra en una primavera todavía demasiado corta.

Un poema de Leopoldo María Panero


“La canción del croupier del Mississippi”                                                                                 “Fifteen men on the Dead Man's Chest.

                                                                                                                                                      Yahoo! And a bottle of rum!”

                                                                                                                                    Canción pirata

 

Fumo mucho. Demasiado.

Fumo para frotar el tiempo y a veces oigo la radio,

y oigo pasar la vida como quien pone la radio.

Fumo mucho. En el cenicero hay

ideas y poemas y voces

de amigos que no tengo. Y tengo

la boca llena de sangre,

y sangre que sale de las grietas de mi cráneo

y toda mi alma sabe a sangre,

sangre fresca no sé si de cerdo o de hombre que soy,

en toda mi alma acuchillada por mujeres y niños

que se mueven ingenuos, torpes, en

esta vida que ya sé.

Me palpo el pecho de pronto, nervioso,

y no siento un corazón. No hay,

no existe en nadie esa cosa que llaman corazón

sino quizá en el alcohol, en esa

sangre que yo bebo y que es la sangre de Cristo,

la única sangre en este mundo que no existe

que es como el mal programado, o

como fábrica de vida o un sastre

que ha olvidado quién es y sigue viviendo, o

quizá el reloj y las horas pasan.

Me palpo, nervioso, los ojos y los pies y el dedo gordo

de la mano lo meto en el ojo, y estoy sucio

y mi vida oliendo.

Y sueño que he vivido y que me llamo de algún modo

y que este cuento es cierto, este

absurdo que delatan mis ojos,

este delirio en Veracruz, y que este

país es cierto este lugar parecido al Infierno,

que llaman España, he oído

a los muertos que el Infierno

es mejor que esto y se parece más.

Me digo que soy Pessoa, como Pessoa era Álvaro de Campos,

me digo que estar borracho es no estarlo

toda la vida, es

estar borracho de vida y no de muerte,

es una sangre distinta de esa otra

espesa que se cuela por los tejados y por las paredes

y los agujeros de la vida.

Y es que no hay otra comunión

ni otro espasmo que este del vino

y ningún otro sexo ni mujer

que el vaso de alcohol besándome los labios

que este vaso de alcohol que llevo en el

cerebro, en los pies, en la sangre.

Que este vaso de vino oscuro o blanco,

de ginebra o de ron o lo que sea

—ginebra y cerveza, por ejemplo—

que es como la infancia, y no es

huida, ni evasión, ni sueño

sino la única vida real y todo lo posible

y agarro de nuevo la copa como el cuello de la vida y cuento

a algún ser que es probable que esté

ahí la vida de los dioses

y unos días soy Caín, y otros

un jugador de poker que bebe whisky perfectamente y otros

un cazador de dotes que por otra parte he sido

pero lo mío es como en “Dulce pájaro de juventud”

un cazador de dotes hermoso y alcohólico, y otros días,

un asesino tímido y psicótico, y otros

alguien que ha muerto quién sabe hace cuánto,

en qué ciudad, entre marineros ebrios. Algunos me

recuerdan, dicen

con la copa en la mano, hablando mucho,

hablando para poder existir de que

no hay nada mejor que decirse

a sí mismo una proposición de Wittgenstein mientras sube

la marea del vino en la sangre y el alma.

O bien alguien perdido en las galerías del espejo

buscando a su Novia. Y otras veces

soy Abel que tiene un plan perfecto

para rescatar la vida y restaurar a los hombres

y también a veces lloro por no ser un esclavo

negro en el sur, llorando

entre las plantaciones!

Es tan bella la ruina, tan profunda

sé todos sus colores y es

como una sinfonía la música del acabamiento,

como música que tocan en el más allá,

y ya no tengo sangre en las venas, sino alcohol,

tengo sangre en los ojos de borracho

y el alma invadida de sangre como de una vomitona,

y vomito el alma por las mañanas,

después de pasar toda la noche jurando

frente a una muñeca de goma que existe Dios.

Escribir en España no es llorar, es beber,

es beber la rabia del que no se resigna

a morir en las esquinas, es beber y mal

decir, blasfemar contra España

contra este país sin dioses pero con

estatuas de dioses, es

beber en la iglesia con música de órgano

es caerse borracho en los recitales y manchas de vino

tinto y sangre Le livre des masques de Rémy de Gourmont

caerse húmedo babeante y tonto y

derrumbarse como un árbol ante los farolillos

de esta verbena cultural. Escribir en España es tener

hasta el borde en la sangre este alcohol de locura que ya

no justifica nada ni nadie, ninguna sombra

de las que allí había al principio.

Y decir al morir, cuando tenga

ya en la boca y cabeza la baba del suicidio

gritarle a las sombras, a las tantas que hay y fantasmas

en este paraíso para espectros

y también a los ciervos que he visto en el bosque,

y a los pájaros y a los lobos en la calle y

acechando en las esquinas

“Fifteen men on the Dead Man's Chest

Fifteen men on the Dead Man's Chest

Yahoo! And a bottle of rum!”

 

NOTA

Este poema está incluido en su obra Last River Together (1980) y  ha sido publicado en Vozpópuli.com.