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Sexta parte. “Somos lo que aprendimos por primera vez y si queremos ser alguien más, un modelo mejor, desaprender cuesta”

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Pasa tan rápido la vida que es mejor negarse a pensar que la edad revela casi todo sobre nosotros. A mí me da más temor envejecer que morir. Y probablemente, cuando sea vieja le tendré más miedo a morir que a permanecer. No sé. Los últimos diez años de mi vida solo me dejaron preguntas. De las respuestas aprendí a despedirme en otra etapa.

Somos lo que aprendimos por primera vez y si queremos ser alguien más, un modelo mejor, desaprender cuesta. Nos han vendido tantas ideas sobre la aceptación, que ahora pretendemos estar satisfechos con nosotros, cuando la idea inicial de vivir es cambiar, evolucionar. Desaprender es un buen ejercicio. Comenzamos a practicarlo el día que nos sentimos grandes y la vida se encargó de echarnos en cara lo pequeños que somos.

A los treinta se nos acaba el escondite tras la infancia, y junto con él, el discurso de nuestro niño interior intentando delegar responsabilidades. Hacerse responsable de uno mismo es un trabajo sucio, pesado y de tiempo completo. Y, por si fuera poco, no siempre bien remunerado, por lo menos no a corto plazo. A los treinta nos damos cuenta de ello, visualizamos el esfuerzo que requiere no ser tan nosotros mismos, y decidimos que es mejor ponerse cómodos y dispuestos a enfrentar nuestra crisis. La de los 30, 40, 50… Vamos, la crisis de estar vivo. De mantenerse despierto. Con los ojos, el espíritu y la mente abiertos.

Cuando pienso en el presente, sé que lo único que tengo es todo lo que he dado, sentido y arriesgado. Mis manos, mis gestos, mi paladar, mis piernas, mi piel, mi cabello, todo está en transición. Me he vuelto más exigente conmigo y con mi compañía. En los últimos años me enfrenté con muchos tipos de soledad. Y la que más miedo me da, hasta ahora, es la que no puedo ni escribir. Sentirse solo después de los 25 no es una elección sino un resultado. A los treinta años nos hace falta estirar el pasado. No, lo que tenemos no es solo el futuro. El pasado nunca se va. A los treinta años nos reinterpretamos la vida porque el cuento que solíamos contar se nos hace corto. Yo digo que sí, el “hubiera” sí existe: hubiera dado más, sentido más y arriesgado más.

Este es solo el principio de un gran momento lleno de llegadas: pareja, familia y trabajo. Y para tener espacio para recibir, necesitamos despedirnos de aquello que nos hace ruido: el miedo, la incertidumbre y los arrepentimientos. Probablemente pudimos haberlo hecho mejor, sí, muy probablemente, pero también pudimos no haber llegado.

Somos increíblemente narcisistas al percibir nuestra propia historia. Creemos que podemos controlar las circunstancias que nos rodean porque se trata de nuestra vida. Pero si somos honestos, todo es más grande que nosotros, incluso nosotros cuando nos atrevemos. Tal vez lo más lindo de esta crisis es dejarme de pensar como individuo. Sentir, finalmente, que si en algún sentido no sentí pertenecer a ningún lado, esta es mi oportunidad para que ahora el mundo me pertenezca. Mi mundo. Nuestro mundo.