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Crímenes de papel / 21+15: Lo único que tengo es amor para dar

Crímenes por Alberto Barrera Tyszka

Crímenes por Alberto Barrera Tyszka

“El espíritu noir de los tres relatos de los que voy a hablar hoy («Balas perdidas», «Un asunto sentimental» y «Las venas abiertas»), se mezcla necesariamente con ese ácido componente que es la violencia política, que sin duda ha barnizado la historia venezolana de los últimos ciento cincuenta años”

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Considero que Hugo Chávez sin uniforme (2005) es una de las biografías más serias e incisivas que se han escrito sobre el fallecido presidente de Venezuela; una aproximación alejada de los hiperbólicos ditirambos (permítaseme la redundancia pues, en el caso de ese personaje –«sembrado», no inhumado– se justifica plenamente) y de los ataques feroces. Para el que no conozca sino de oídas lo que ha ocurrido en Venezuela desde 1992, este sería un buen comienzo (que puede complementar luego con La revolución sentimental, de Beatriz Lecumberri). No le aclarará todas las dudas; sin embargo, los autores, Cristina Marcano (Caracas, Venezuela, 1960) y Alberto Barrera Tyszka (Caracas, Venezuela, 1960) se han esforzado en documentar cada hecho, y dejan al arbitrio del lector no pocas interpretaciones: contraponer las fotos de la madre de Chávez antes –una humilde ama de casa– y después –una elegante señora con perrito y demás artilugios– de que su hijo se hiciera omnímodamente con el poder del país, es una elocuente manera de mostrar sin decir, de enseñar en qué convierte el poder a y qué hacen con el poder aquellos que luchan por poseerlo. Toda una puesta en escena fotográfica de aquella famosa frase de Julio César, «la mujer de César no sólo debe ser honrada; además debe parecerlo», aunque Plutarco, la fuente de donde se toma, no la cita exactamente así (Cicerón, XXIX). Pero ya sabemos que la tradición –ese dragón insaciable– destila la esencia de la historia para que la posteridad comprenda rápidamente el pasado.

Que es algo en lo que se parece a la literatura; pero esta se sirve del universo de la ficción para fijar la verdad de los hechos. Ya lo dijo en su momento Ramos Sucre: «lo mejor que se puede hacer con la historia es falsificarla», pero me parece que este no es un alegato a favor de la falsedad y la tergiversación, sino –paradojas del poeta cumanés– un camino a través de la «mentira» de la ficción para llegar a esa «verdad» última que busca todo historiador. ¿Acaso El mandarín no habla infinitamente mejor de los veintisiete años de cruel dictadura gomecista que todos los libros sobre el gomecismo? Es el privilegio de la literatura: la verdad en las mentiras. La mentira de la ficción.

El espíritu noir de los tres relatos de los que voy a hablar hoy («Balas perdidas», «Un asunto sentimental» y «Las venas abiertas»), se mezcla necesariamente con ese ácido componente que es la violencia política, que sin duda ha barnizado la historia venezolana de los últimos ciento cincuenta años. En varios lugares he dicho que Venezuela, por su naturaleza, no es un país para la novela negra o policial (o para la proliferación del género en el sentido en que prolifera en Estados Unidos o los países nórdicos), porque su prontuario de violencia política ha inhabilitado la eficiencia del necesario escándalo que genera un solo crimen y lo erige en el perturbador de la sociedad donde tiene lugar. A un país donde han matado a doscientas mil personas en quince años, mal puede un «crimen de la calle morgue» alterarla siquiera un poquito. Para que el efecto escandalizador tenga lugar, ha de elevarse el nivel y, por ejemplo, cuando un psiquiatra y ex rector mata a una de sus pacientes en un torrente de pasión y locura, apenas allí, digo, la sociedad venezolana, vacunada contra el escándalo criminal, reacciona consternada –aunque sospecho que no tanto como cabría esperar–. Con este panorama, la literatura negra, la literatura policial, los escritores del género, tienen que buscar nuevas vías, nuevas propuestas. Esta carencia, paradójicamente, ha sido beneficiosa, porque ha obligado a extraer virtud de la necesidad.

«Balas perdidas» no me recuerda en principio un relato policial o negro, sino a la canción Desaparecidos de Rubén Blades, que es en sí misma una historia negra. Luego de una manifestación en Caracas, Henry desaparece, pero su familia lo ha visto «desaparecer» en la televisión. Empiezan a buscarlo y no dan con él. Los canales del gobierno y de la oposición quieren sacarle partido político, y la familia se divide, tiene miedo: «Virginia estaba confundida. No deseaba que la televisión entrara en su intimidad. Sabía que una vez abierta esa compuerta, sería muy difícil detener o controlar la voracidad periodística.» Ese temor a la voracidad de la televisión, por cierto, es algo de lo que el autor debe tener muy buena noticia, pues además de narrador (en 2006, su novela La enfermedad obtuvo el premio Herralde de la editorial Anagrama, que lo dio a conocer internacionalmente) ha transitado ese ámbito como guionista: «La televisión es una experiencia sin demasiados misterios, un saber que se aprende muy rápido, consumiéndola». Así que una vez desaparecido Henry, sólo queda el vacío, no solo físico, sino espiritual. Y este vacío llevará a los personajes a tomar decisiones contradictorias, o a no tomar ninguna, porque la parálisis es una rémora que come tiempo. Y vida.

«Un asunto sentimental» (curiosamente, este título también lo lleva una de las últimas novelas del escritor peruano Jorge Eduardo Benavides, aunque con temática completamente diferente), es el más noir de los tres textos que he escogido comentar. Un hombre, que ha sido abandonado por su mujer, se ha encontrado una mano y se la lleva a una quiromántica para que la lea y le diga a quién pertenece. Esta malévola historia nos regala una poderosa imagen que aún no puedo quitarme de la cabeza: «Estaba tirado en medio de la basura. Tuvo de pronto la sensación de que en realidad estaba despertando dentro del estómago del alguien. Lentamente se incorporó, se puso en cuclillas. Frente a él, entonces, surgió un gato. Un gato enorme, color mostaza. El animal tenía la mano en su boca. Más bien sujetaba un dedo entre sus dientes, mientras el resto de la mano colgaba hacia el asfalto. Como una presa de caza. Vencida.» Espeluznante relato; pero también acertadísimo a la hora de definir la promiscuidad: «No lo dejó por otro Pedro o Fernando, por un Ricardo o por un Juan Carlos. Lo dejó por ir al sur de Florida, detrás de un business. Eso sí es promiscuo.»

Pero el relato en el que el matrimonio entre lo noir y la violencia política se da con mayor felicidad es Las venas abiertas, el último del libro. A nadie se le escapa la parodia al texto de Eduardo Galeano, ese Paulo Coelho para progres a los que les encanta que vivan la revoluciones, pero que vivan lejos. En este relato, Camilo, y su amigo –que es el narrador–, oyen fascinados las historias del padre ex guerrillero, un héroe en la comunidad, un referente moral para todos los que tienen la esperanza de un mundo mejor. El padre, que viene de regreso de todo, procura minuciosamente enseñarle a su hijo Camilo que la cosa no fue como ellos se imaginan, que la parte romántica de la lucha armada era más bien una quimera. Todo era más pedestre, porque en la guerra todo es más bonito si lo ves en película. Pero en la vida real, un brazo desprendido es un brazo desprendido, unos intestinos regados por el suelo son solo eso; y una violación es una violación a secas. Sin chistecitos, ni epicidades. Camilo se va decepcionando a medida que va conociendo al padre. Uno de los relatos, en particular, lo desilusiona: «Llevábamos tiempo cercados, medio acorralados, por fin habíamos logrado salir de eso. Después de caminar un montón de días, parecía que por fin estábamos a salvo. Así que de pronto nos dicen: pueden gritar, pueden cantar. Aunque sea por unas horas. No joda. Eso fue una fiesta.  (…) Nos pusimos al sol. Ahí estábamos todos. Casi cincuenta carajos, sucios, barbudos, con las escopetas al hombro, de lo más comunistas y guerrilleros cantando No tengo dinero ni nada que dar/ Lo único que tengo es amor para dar. (…) Parecíamos (…) maricones vestidos de verde oliva.» Las consecuencias del derrumbe del ídolo, del descubrimiento de sus pies de barro, son tan trágicas como una obra de Sófocles, tan aleccionadoras como una tragedia de Eurípides, y tan sanguinarias como una de Shakespeare. Rompen en el relato el silencio los guerrilleros (monjes mal alimentados) y rompe la cordura de Camilo, el niño, que se convierte en hombre y asesino de un solo golpe. La novela gris de la historia política venezolana ha creado al perfecto protagonista de una novela negra: el Edipo justiciero de su propio dolor.

Estos relatos no se leen con una sonrisa, a pesar de los guiños de humor; se leen con una mueca de sorpresa –o espanto–, pues cuando la cordura social se pierde, lo único que queda para dar es amor, y este a veces puede destruir el mundo. Eros es un viejito vengativo, no lo olvidemos. Eso es lo que hay, lector; el oficio de Alberto Barrera Tyszka como autor es sumergirnos en su prosa y dejar a nuestro arbitrio las interpretaciones. Y el goce de la lectura.

 

«Balas perdidas», «Un asunto sentimental» y «Las venas abiertas»

Alberto Barrera Tyszka

Relatos incluidos en Crímenes,

Barcelona, Anagrama, 2009, 161 p.