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Crímenes de papel / 21+10: La risa irreverente del fraile

Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

“En el breve prólogo al libro que quiero comentar, Rafael Reig afirma que «en un país tan católico como España, el humor inspira demasiada desconfianza. Divertirse leyendo un libro se considera mala señal”

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Esto le dijo en una ocasión Enrique Jardiel Poncela (Madrid, 1901-1952) a Alfonso Sastre: «No tengas ninguna duda al respecto: La verdad es cómica». Quizá porque la búsqueda última de su escritura estaba íntimamente ligada a desvelar la verdad del mundo, Jardiel la dedicó a crear obras llenas de humor. Tuve la inmensísima suerte de toparme con él casi por casualidad, en una librería de viejo de Caracas, en la que encontré la primera novela de este prolífico autor (novelista, dramaturgo, cuentista, guionista de la Fox y ensayista), Amor se escribe sin hache (1928), con la que pasé, y seguiré pasando, horas de admiración y risas. Sin duda se trata de uno de los más importantes escritores de la primera mitad del siglo veinte español, y no me tiemblan los dedos al escribir que su obra ha contribuido más a la «oxigenación» de la literatura en nuestro idioma que la de muchos de esos aburridísimos popes que aún alaba eso ridículo llamado «el discurso oficial». No me extrañaría, sin embargo, que algún lector perspicaz se esté preguntando, mientras lee mis palabras, cómo es que tal portento de las letras sigue semioculto, alejado de los altares donde ya reposan los grandes. Le responderé que su fundamentada pregunta tiene una respuesta doble: los dos pecados capitales de Jardiel. En primer lugar, simpatizó con el franquismo, lo cual lo destierra automáticamente de la generosa república de las letras (más adelante señalaré un detalle significativo que ha despertado mi curiosidad y, espero, que despierte la suya, lector). En segundo lugar, Jardiel fue fiel a algo peor que el golpismo curero del enano de El Ferrol: su obra es, toda, de humor, y en la literatura en español, eso es peor que ser fascista. Paradójicamente, también los fascistas ladrones del yugo y las flechas fruncen el ceño al escuchar risas flojas.

En el breve prólogo al libro que quiero comentar, Rafael Reig afirma que «en un país tan católico como España, el humor inspira demasiada desconfianza. Divertirse leyendo un libro se considera mala señal. Todo lo que vale cuesta; y por tanto, cuanto menos esfuerzo exija la lectura, mucho peor. Desde un punto de vista religioso, ¿cuál es el beneficio moral de algo obtenido sin sufrimiento? ¿No será más bien un peligro para el alma? ¿No será pecaminoso?». Y no puedo dejar de recordar la «amenaza» final del capítulo sexto de la Regla de ese proto empresario occidental que fue Benito de Nursia: «En cuanto a las bromas, las palabras ociosas y todo lo que haga reír, lo condenamos a una eterna clausura en todo lugar, y no permitimos que el discípulo abra su boca para tales expresiones.» Pues lo que hace reír es inteligente, y lo inteligente, piensa; y el que piensa, no obedece –y se olvida del ora et labora–. Aun habría que seguir investigando sobre el origen de la mala fama del humor en nuestra literatura; si provenimos de la sabrosa picardía del Arcipreste de Hita, la Celestina y Don Quijote de La Mancha, ¿por qué el desdén a los libros de humor?

Debo el descubrimiento de las Novísimas aventuras de Sherlock Holmes (1928) a José Esteban, un sabio seguntino que camina entre nosotros: lo ha leído todo, y posee una biblioteca en la que uno podría quedarse a vivir tranquilamente. Él quiere que se le conozca como paremiólogo, pero yo prefiero llamarlo escritor, en su sentido pleno y puro. Comentando dos novelas de Jardiel, ¡Espérame en Siberia, vida mía! y Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, José Esteban me habló de las versiones jardielescas de las aventuras del detective de Baker Street, y no he parado hasta hacerme con un ejemplar. Quiso la casualidad que acabara de ver las tres temporadas de Sherlock, la versión «actualizada» de la BBC de las aventuras del detective que tan bien encarna el versátil Benedict Cumberbatch, que hace de Julian Assange o Stephen Hawking con idéntico talento histriónico. Así que me sumergí en los siete relatos en los que Jardiel da vida al detective, y han sido un par de horas de risas, admiraciones, sorpresas y conclusiones: nada que no ocurra cuando uno lee a un genio. El primer detalle a destacar es que el fiel doctor Watson ha salido de escena para dejarle el puesto al propio Jardiel, al que un Sherlock Holmes demasiado adicto a la morfina emplea de ayudante y no deja de llamar Harry. Estos relatos, publicados en El libro del convaleciente, aparecieron primero en revistas; y aunque está clara la independencia de cada uno, no deja de sentirse un aire de sitcom que tendrá en el séptimo relato un apropiadísimo final.

Son siete aventuras típicas de Holmes, pero con dos aditivos diferentes, además de la participación del autor: por un lado, las constantes imágenes chuscas, absurdas, sorpresivas, como alguien que se desmaya «lo mejor que puede», o se niega «en redondo como una plaza de toros»; o la aparición de frases contundentes, que paralizan la historia y llenan de risa los intersticios de la lectura: «Pasaron cinco minutos y dos aeroplanos», «la tarde caía sin hacerse daño, y la habitación estaba en sombras», o «le obedecí de nuevo, hecho polvo insecticida». La otra diferencia radica en la resolución de los enigmas: casi siempre la respuesta es absurda. Y para animar su curiosidad, lector, aquí le desvelo uno de los relatos: En «El hombre de la barba azul marino», Holmes da con el asesino de un marino –cuyo cadáver posee tres pies– que ha regresado a Londres después de muchos años porque supone que le ha afeitado la barba azul para venderla en una tienda de sombreros, y allí lo espera y lo captura. Cuando le explica a Harry cómo ha descubierto la solución, y este le pregunta por el misterio del tercer pie, Holmes hace lo que haría un personaje de Ionesco: cambia de conversación y se hace el loco, lo que no chocará al lector, pues el que está contando también tiene una curiosa manera de discurrir: «¿A dónde se dirigía Sherlock Holmes? ¿Qué nuevo y tenebroso asunto lo impulsaba? Estas preguntas, y algunas más, tales como “¿lloverá en Bombay?”, “¿cuál fue el primer hijo de Abraham?”, etc., me hacía yo mientras andaba, y nadie –ni siquiera la brisa de la tarde– me contestó una sílaba.» El último relato del libro, además, es una joya de la meta literatura, en el que se confunden los roles de los personajes. Lea, lea.

Sin embargo, tras la lectura de los relatos, entre sonrisas cómplices y admiración por la veloz, saltarina, prosa del Jardiel, en un fondo que no se revela del todo, hay un sabor acre que alarma: su humor no es para que nos olvidemos del mundo, sino para volver a pensar en él. Quizá por eso ha sido un autor tan maltratado. Se cuenta que su hija mandó grabar en el nicho de su padre «si queréis los mayores elogios, moríos»; tal parece que la muerte tampoco hizo olvidar que se trató de un autor de muchísimo éxito –aún se representan sus obras de teatro–, de opiniones firmes –algunas «conservadoras»–, y que no debía de tener muy buena relación con algunos autores de la generación del 27 español. Esta agudísima –y muy significativa– saeta lanza en uno de sus cuentos: «Nunca había visto yo nada que me sorprendiese más, si se exceptúa un día en que oí decir que Alberti era un poeta.» Y si, como cabe suponer, esto lo escribió en 1928; ¿qué podría esperar Jardiel cuando lo llamaran «bufón de Franco» los exiliados en América Latina? La peor amenaza de Jardiel a su hija era «como hagas eso… ¡me meto a fraile!»; nunca se metió, pero su obra ha estado demasiado tiempo recluida en el monasterio del desprecio intelectual; más, creo, por la irreverente risa que hace emerger la verdad, aunque sea amarga, que por las simpatías franquistas de su autor.

 

Novísimas aventuras de Sherlock Holmes

Enrique Jardiel Poncela

Madrid, Rey Lear, 2012

94 p.