• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Crímenes de papel / 21+17: La propia visión de la oscuridad

Encuentros secretos por Kōbō Abe

Encuentros secretos por Kōbō Abe

“Hace meses, cuando leí por primera vez la novela de Abe en manuscrito, tuve una intuición; y ahora que la he vuelto a leer, ya impresa en excelente edición, esa intuición se ha hecho más sólida”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Como casi todo en nuestra época, la novedad está sobrevalorada. Es culpa de la publicidad; este monstruo, esta Caribdis de nuestro tiempo, todo lo engulle y pretende convertirlo en eso sin estrenar que ella necesita cada día, cada hora, cada segundo para subsistir, como si envejecer fuera un acto contra natura. La publicidad no tiene compasión; es como el irritante sonido de un teléfono en medio de la noche. A causa de su poderosa influencia, nos vemos impelidos a buscar lo novedoso, no lo de mejor calidad; y con tal de que cumpla el requisito, que sea recién nacido, no tenemos empacho en consumirlo –aunque nos indigeste–. Esta semana me ha ocurrido (o estuvo a punto de ocurrirme) algo semejante, lo confieso, y no tengo excusa; aún así, he de explicarme, porque alguna justificación me avala: En estos meses he estado viendo Borgia, la serie franco-alemana creada por Tom Fontana (paralela, pero mucho mejor, a Los Borgia del paniaguado Jeremy Irons) con un John Doman (The good wife, The wire, Damages) interpretando al que me parece quizá el mejor papa de la Historia, Rodrigo Borja, es decir, Alejandro VI, ese sinvergüenza con sotana. Influido por la fascinación de la historia y por la maravillosa puesta en escena, no dudé un segundo cuando supe que se había publicado en español el Lucrecia Borgia, de Darío Fo, y corrí a comprarlo. ¡Qué decepción! Tan buen material en manos de alguien que no es novelista, sino bufón, sólo tiene una consecuencia: ¡el desastre! Aún me lamía las heridas de lector engañado por la monstruosa publicidad cuando apareció –de nuevo– en mi vida esta novela de Kōbō Abe (Tokio, Japón, 1924-1993), Encuentros secretos, publicada en su lengua original en 1977 bajo el título de Mikkai (密会). ¿Y Darío? Fo.

Hace meses, cuando leí por primera vez la novela de Abe en manuscrito, tuve una intuición; y ahora que la he vuelto a leer, ya impresa en excelente edición, esa intuición se ha hecho más sólida. No pude dejar de pensar en House of leaves, de Mark Danielewski; pensé que no sería descabellado suponer que sobre el autor estadounidense pesa una nada oculta influencia del japonés. No tengo la imagen completa de esa influencia, apenas retazos que sostienen la sospecha; unas grabaciones, un ambiente surreal, un misterio, cierta cantidad de terror; quizá un caballo. Al definir parte de la novela de Danielewski, el narrador dice que se trata de «the sight of darkness itself», algo así como la propia visión de la oscuridad, o lo oscuro; y esta es una definición perfecta para la (por qué no decirlo) intrincada novela de Kōbō Abe.

Lo anecdótico es sencillo, casi gracioso: «Una noche, una ambulancia despierta al protagonista y a su esposa con órdenes de trasladar a la mujer al hospital, pese a que ella asegura que está sana», se anuncia en la contraportada. El resto de la novela es el intento asombrosamente inútil del marido por dar con su esposa en el hospital, si es que ha sido allí internada; un hospital que es como una ciudad enterrada, y en el que las cosas ocurren con la misma perplejidad como ocurrirían en una novela de Kafka, del que sin duda Abe es heredero. A través de tres «cuadernos» y un apéndice, el autor nos sumerge en un mundo donde las reglas han cambiado de lugar. Estar enfermo no solo se define por los síntomas del cuerpo, sino por el lugar que se ocupa en esa sociedad secreta que es el hospital. Varios casetes con grabaciones nos permiten dilucidar qué es lo que ocurre en realidad detrás de las apariencias:

«Subdirector: Hubieras abordado tú también la ambulancia.

Hombre: me dijeron lo mismo cuando marqué el 119 para preguntar por mi esposa.

Subdirector: Hubiera sido el acto más lógico.

Hombre: ¿No te parece que tales vacilaciones son normales?

Subdirector: Yo no habría titubeado. Una ambulancia podría ser un disfraz ideal, quizá más que un coche fúnebre, para objetivos criminales. En ese espacio cerrado se encuentran una dama joven solo con sus prendas íntimas y tres hombres musculosos con máscaras. Si fuera en el cine, lo que sigue sería una escena cruenta.»

Estos fragmentos de grabaciones, que podemos leer a lo largo de la novela semejan trozos vivos de la realidad y hacen las veces de breves ventanas hacia la verdad de aquello que solo se nos refiere y nunca se nos asegura. Hay algo terrorífico en todo esto y, sin duda, un crimen, pero no sabemos dónde ni cuál es. Sabemos que ha ocurrido, sí, porque la esposa ha desaparecido en un hospital que dirige un médico que es un caballo, o que parece un caballo, o que cree que es un caballo: «No traté de contradecir al otro que quería hacerse pasar por un caballo, pero a decir verdad distaba mucho de ser un caballo auténtico. Para empezar, era desproporcionado: el cuerpo era demasiado corto y gordo, con el talle escurrido, y las patas traseras se encorvaban en una forma extraña, como si estuviera a punto de evacuar. Ni siquiera una montura hecha de papel permanecería en el lomo sin resbalarse. Acaso los miopes lo tomarían tal vez por un camello raquítico o un avestruz con cuatro patas. Para colmo, vestía una camiseta celeste sin mangas, bordada de carmesí, y pantalones deportivos de algodón índigo, con la cintura rodeada con tela de algodón, blanqueada para disimular la juntura, y calzaba zapatos deportivos blancos. ¡Qué dislate!».

Pero el «detective» en que se convierte el marido a la fuerza, mientras busca a su esposa por el hospital que es laberinto y cueva a la vez, poco a poco se va enajenando o, mejor, mimetizando con ese universo absurdo y loco: «Puede que me esté pasando algo irreparable» y, efectivamente, si no se convierte en caballo, como el director, al menos se amolda muy bien a la nueva realidad en la que se ve obligado a vivir, en la que se realizan experimentos sexuales extravagantes y los pasillos son laberintos indefinidos. ¿Y qué otra cosa son los pasillos de un enorme hospital? La frase última del narrador es desoladora, metafísica o alienada: «Aunque no lo quiera admitir, seguiré muriéndome sin parar, con absoluta certeza en el pasado llamado mañana, dejado atrás por el “periódico de mañana”. Agarrado a estos encuentros secretos, solitarios, compasivos…» Y a mí me parece que lo que se ha abierto desde la primera página de la novela es la entrada a ese abismo insondable que son las tinieblas del mundo y de la mente. Quizá por eso también se compara esta novela de Kōbō Abe con los cuadros delirantes del Bosco; a mí me recuerda, en cambio, el miedo abisal de la novela de Danielewski. Sin embargo, al lector de thrillers le queda una pregunta: cuál es el verdadero crimen, ¿el de la esposa desaparecida al principio, o el del esposo que va desapareciendo paulatinamente frente a nuestros ojos en el resto de la novela?

Adenda criolla: Al lector venezolano no han de pasarle desapercibidas las traducciones al español de Ryukichi Terao, pues suele hacerlas con la colaboración de algún escritor patrio: Ednodio Quintero o Gregory Zambrano. Aun habrá que abundar sobre los colaboradores de Ryukichi, que ayudan con tanto tino a difundir obras magistrales como esta, para deleite y terror de los lectores ávidos del reino de Cervantes. Más Abe, y menos Fo, pues.

 

Encuentros secretos

Kōbō Abe

traducción de Ryukichi Terao,

con la colaboración de Gregory Zambrano

Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2014, 221 p.