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Crímenes de papel / 21+9: El peso del mundo y de la noche

El discreto enemigo, de Rubi Guerra

El discreto enemigo, de Rubi Guerra

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Sin proponérmelo —porque un lector no tiene un plan ni un mapa de las lecturas de su vida— he estado leyendo a Rubi Guerra (San Tomé, 1958) desde hace más de veinte años, pero no sé cuándo tuve consciencia de que se trataba de uno de los grandes nombres narrativos de mi generación; quizá desde siempre, cuando sólo era una corazonada. He verbalizado esta idea varias veces, en distintos lugares y por diversos motivos; y cada vez que dudo de mis palabras leo, o vuelvo a leer, uno de sus relatos y me convenzo de que no voy descaminado. «Una singular atmósfera de expectación caracteriza la cuentística de Guerra», dicen los antólogos de La vasta brevedad (2010), la voluminosa colección de relatos venezolanos del siglo XX. Entonces me sorprendo agradecido cuando encuentro en esa frase el vocablo perfecto para describir esa sensación que me invade al leer la prosa de Rubi: expectación. Y quizá sea ese uno de los trucos narrativos del autor, porque si hay algo que agradece un lector es que lo inciten a seguir leyendo. No poder parar: ese es el vicio del lector. El lector perfecto sería el lector expectante. O, por lo menos, uno de los lectores más deseables para un libro.

La novela de la que quiero hablar, El discreto enemigo (2001), es una novela negra, desde luego, pero sabe que no puede ser una novela negra clásica. En algún otro comentario he tratado de explicar que Venezuela tiene una particularidad respecto a la novela negra o policial; en un país donde la violencia tiene una extraña bizarría desde hace tanto tiempo —la violencia sigue una línea continua desde 1810 hasta nuestros días, y apenas presenta insólitas interrupciones—, un género en el que el escándalo que suscita un crimen en particular sirve de eje a la narración, no tiene mucho futuro. Un solo crimen escandaliza a la sociedad en el que ocurre; uno entre doscientos mil, no. Así, pues, los novelistas venezolanos, no ajenos a su logos occidental, cuando se ven impelidos a escribir literatura negra, deben ingeniárselas para que la verosimilitud no frustre la fiesta de la ficción. Algunos, como Rubi Guerra, lo logran y entregan obras dignas de releerse. Que es lo que he hecho esta semana; me he dejado arrastrar por la expectación, y como hacía tiempo que no regresaba a las páginas de esta novela, me he (re)encontrado con varias sorpresas agradables. Una de ellas es la consciencia del texto sobre su propia condición:

«—Ya, no se esfuerce tanto. No tiene que darme tantas explicaciones, no soy el comisario. Le creo —las arrugas de su rostro se distienden, como una máscara animada—. Debe sentirse como en una novela policial. (…) No se sorprenda. Tengo mis lecturas. En alguna parte de la casa hay varias cajas de libros alimentando a las cucarachas. Usted es el clásico héroe falsamente acusado. Aunque creo que todavía no hay una acusación formal.

—Si esta fuera una novela policial, hace rato que tendríamos dos o tres asesinatos más.

—Tiene razón. Pero este pueblo no soporta más de dos muertes por año.»

No deja de resultar paradójico que el pueblo ficticio —La Laguna— al que llega Medina, el protagonista, en una aparentemente paradisíaca península de Araya, soporte tan pocos asesinatos, porque es el nido de todo tipo de delitos y componendas. Como en el «Poisonville», de Hammett, o el Pottsville con 1280 almas, de Thompson —o Los Ángeles de Chinatown—, La Laguna es un pueblo infecto, podrido y lleno de secretos. Medina, que es periodista, pero que trae consigo un pasado nada edificante, llega al pueblo con la intención de escribir un artículo para una revista de turismo, para lo cual pretende conocer las costumbres y tradiciones de la zona. Inútil: en ese pueblo, antes de pescadores, lo más cercano a la tradición es un bar de mala muerte y el hotel regentado por un alemán, Wilhelm, en otra época médico y drogadicto. Y he aquí una atmósfera expectante: quizá siguiendo la tradición de narradores como Gustavo Díaz Solís, el autor nos describe en las primeras páginas el ambiente derruido y sin futuro al que ha arribado el personaje, pero nos deja entrever que en esa historia hay más carne de la que cabría esperar: «Detrás de una esquina apareció una muchacha con una carga de leña en la cabeza. Caminaba muy erguida: pantalones cortos azules, franela amarilla, rostro negro, delgado, agradable. Sus senos firmes y redondos, de pezones diminutos, se marcaban bajo la tela mojada de sudor». No es una novela negra «clásica», cierto; pero cómo se le parece a veces. Esta chica, María, será el detonante para que la visita del mediocre periodista se transforme en un viaje hacia un territorio que bordea el abismo, esa tentación humana. María será el recipiente de Eros y de Tánatos: la sensualidad de su cuerpo, del que goza, será también el lugar donde las manos del asesino se solacen.

Al mismo tiempo, el narrador no se ha olvidado de darle las claves al lector para que le dé volumen a lo que, de otra forma, tan solo sería la historia de una pasión distorsionada y plana. El autor muestra el pozo, eso que hace que toda historia tenga un sentido: «Inicié el camino de salida, o de ascenso, porque yo sabía que estaba en una fortaleza bajo tierra, en una ciudad condenada, doliente, , más abajo del nivel del río, soportando toneladas de piedra, fango, agua sucia de excrementos, limo y raíces de los árboles de la orilla, todo gravitaba sobre el edificio y sus ocupantes. El peso del mundo. El peso de la noche.» Y ese peso infinito es el que obliga al lector a seguir hasta el final. Debe seguir el viaje de Medina, el periodista, que se convierte en Medina, el detective, para averiguar quién ha asesinado a María, su brevísima y joven amante; para ello debe hurgar en el pasado de los habitantes, sobre todo de Dimas Marcano, cacique, jefe, dueño y benefactor del pueblo. Si arriesga la vida en el intento es algo que ni él ni nosotros sabremos; lo único seguro es que en La Laguna la ley no funciona de manera normal. Ni la policía parece la policía, ni los sospechosos son los sospechosos, ni los asesinos, ni las víctimas ocupan su lugar. Es como si, mientras escribía una novela policial, a Rubi Guerra se le hubieran caído los papeles al suelo y se le hubieran fragmentado los personajes. Pero no es así: lo que pasa es que en un lugar perdido de la península de Paria, con el calor, la humedad, el soplo solitario y el mar que se presenta yermo, las imágenes se distorsionan y titilan en el horizonte creando espejismos. Los espejismos que hacen posible una novela negra de un solo crimen en un país de veinticinco mil homicidios al año.

Esta breve novela de Rubi Guerra bastaría para ubicarlo entre los principales narradores venezolanos de la actualidad; pero luego, encima, publicó La tarea del testigo —esa segunda vida de Ramos Sucre—, con la que ha llegado al colmo: ha convertido a la expectación en un imprescindible peso del mundo y de la noche.

 

 

El discreto enemigo

Rubi Guerra

Caracas, Espasa, 2001

165 p.