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Crímenes de papel / 21+ 2: Los muertos siempre tienen razón

"El juez y su verdugo", Friedrich Dürrenmatt

"El juez y su verdugo", Friedrich Dürrenmatt

“En una novela negra que se precie, los malos no siempre son tan malos, ni los buenos, tan buenos”

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Si hay un libro que se puede leer, ver o escuchar en distintos formatos, ese es El juez y su verdugo, del escritor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921-1990); esta breve novela ha servido de inspiración a varias versiones fílmicas –quizá la más famosa sea la que en 1975 le aseguró la Concha de Plata del Festival de San Sebastián al recientemente desaparecido Maxilimilian Schell, en la que contó con un elenco de monstruos de la talla de Jon Voight, Jacqueline Bisset, el mítico director Martin Ritt y hasta el propio Dürrenmatt participando como actor; algún lector más veterano recordará la célebre escena del asesinato en la cinta de equipajes del aeropuerto–. También se ha hecho un cómic basado en el libro y, en 2008, el compositor Franz Hummel se inspiró en esta obra para estrenar la ópera Der Richter und sein Henker, en un llamativo montaje y de clara conexión con el ambiente viciado de la novela negra.

Dürrenmatt es un grande. Es uno los escritores a quien rindo culto incondicional, y eso que no he leído sino una ínfima parte de su producción; así que mejor debería decir que son los tres libros que conozco de Dürrenmatt los que están en ese rincón de mi biblioteca donde atesoro las páginas sobre las que vuelvo –y volveré– una y otra vez sin cansarme, siempre encontrando enseñanzas nuevas –de vida, de escritura–, o descubriendo aspectos que se habían quedado sin revisar por descuido o por ignorancia. La pieza radiofónica Proceso por la sombra de un burro (1951), en la que la justicia está bajo las patas de un jumento; Griego busca griega (1955), donde la hipocresía burguesa puede ser muy divertida por la ferocidad de sus miembros, aunque provengas de la más antigua estirpe aquea y tus costumbres sean de intachable limpieza; y esta obra que comento ahora, El juez y su verdugo (1952), conforman la trilogía que, para mí, hace grande a este escritor.

Un brillante y culto policía, Schmied, aparece muerto de un disparo en la sien dentro de su Mercedes azul, vestido con un frac, y su jefe, el comisario Bärlach, ayudado por el joven y ambicioso –pero algo mediocre– detective Tschanz, deben investigar las causas y dar con el asesino del compañero. Conversan poco; lo necesario para saber que uno prefiere actuar mientras el otro prefiere esperar. Y como los métodos de investigación chocan, deciden que cada uno buscará a su manera: uno con intuición, y el otro con razonamiento Bärlach declara que ya sabe quién es el asesino, y azuza a Tschanz para que investigue, a ver si acierta en su corazonada y da con el mismo asesino que él tiene en mente. Si es el mismo, se lo dirá; si no, lo callará para no perjudicar a un inocente.

En la investigación descubrirán que el último lugar que la víctima visitó antes de ser asesinado fue la mansión de un rico empresario, muy bien relacionado, Gastmann, en la que cada semana se da una vela de arte. Este, por medio de su abogado, evita que los policías lo interroguen, pues no hay razón para sospechar de él. Tschanz quiere saltarse las órdenes de los jefes de no acercarse al sospechoso, pero Bärlach lo detiene: no vale la pena buscar por ahí, pues él sabe que no es el asesino. ¿Cómo lo sabe? Muy fácil: Gastmann y Bärlach son viejos enemigos, que mantienen una truculenta apuesta desde hace décadas: el empresario cometerá delitos de tal forma que el policía no podrá atraparlo; y todo por una discusión de juventud rayana en lo metafísico: “tú sostenías una tesis basada en la imperfección humana”, le dice Gastmann a Bärlach cuando va a su casa a amenazarlo para que deje de perseguirlo por el único crimen que no ha cometido, “en el hecho de que no es posible predecir el modo de actuar de otra persona con certeza y asegurabas que la casualidad, que se mezcla en todo, y que no acertamos a situar dentro de nuestras reflexiones, es la causa que irremisiblemente saca a la luz la mayoría de los delitos”. Gastmann, que está seguro de que la intrincada red de las relaciones humanas es el territorio perfecto para delinquir sin que nadie se entere, cometió su primer crimen aquella ocasión, cuarenta años antes, delante de los ojos del policía, sin que este pudiera hacer nada. Y desde entonces, el policía ha dedicado su vida a inculpar a su íntimo –metafísico, gemelo– enemigo.

La trama se complica más: a Bärlach tratan de asesinarlo, él ya está demasiado enfermo y no le queda más de un año de vida; Tschanz se lamenta de que en esta, su oportunidad de por fin resolver un crimen que lo ayude a ascender tiene las manos atadas por órdenes superiores y a causa de razones políticas que nada tiene que ver con la justicia. Y entonces Dürrenmatt demuestra por qué es el maestro de la narrativa que es: las reflexiones vitales se mezclan con la trama, haciendo que las razones de cada personaje tengan justificación. En una novela negra que se precie, los malos no siempre son tan malos, ni los buenos, tan buenos. Y el que pasa por ahí, así sea un perro, se llevará su merecido, por ponerse donde no debe. Y entonces, en el segundo tercio de la novela, todo se estanca: en apariencia; porque la novela, muy breve, va implacablemente hacia un (atroz) final que ningún lector deja de intuir, pero en el cual prefiere no pensar. Será cuando mueran los verdaderos responsables de los asesinatos, cuando el juez tenga su justicia y el verdugo termine de ejecutarla; cuando, por fin, los muertos tengan –otra vez– razón y Dürrenmatt salga –otra vez– victorioso de su prosa.

 

EL JUEZ Y SU VERDUGO

Friedrich Dürrenmatt

Traducción de Inge S. de Luque

Editorial Planeta

Barcelona, 1980