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Crímenes de papel / 21+14: Ha muerto el ícono, larga vida al icono

Estudio en escarlata

Estudio en escarlata

 “Comencé a releer Estudio en escarlata con reticencia, con disgusto, con el resentimiento del fanático, pero el autor escribe tan sabroso que de inmediato me ganó la ficción”

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«−Tal como me ha relatado el lance, parece cosa de nada −dije sonriendo−. Me recuerda usted al Dupin de Allan Poe. Nunca imaginé que tales individuos pudieran existir en realidad.

»Sherlock Holmes se puso de pie y encendió la pipa.

»−Sin duda cree usted halagarme estableciendo un paralelo con Dupin −apuntó−. Ahora bien, en mi opinión, Dupin era un tipo de poca monta. Ese expediente suyo de irrumpir en los pensamientos de un amigo con una frase oportuna tras un cuarto de hora de silencio, tiene mucho de histriónico y superficial. No le niego, desde luego, talento analítico, pero dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto.»

Muchas veces he releído este pasaje de Estudio en escarlata (1887), en mi querida edición de Alianza con portada Daniel Gil, ese mito editorial, tratando de averiguar el verdadero sentido de la conversación entre el doctor Watson y su amigo, el famoso detective londinense del 221b del Baker Street. Y creo que puedo decir que he sacado dos conclusiones que seguiré considerando provisionales, pues me parece que en alguna parte sir Arthur Conan Doyle (Edimburgo, Escocia,1859 − Crowborough, Inglaterra, 1930) dejó un comentario acerca de la filiación entre su más famoso personaje, Sherlock Holmes, y el fundacional Auguste Dupin creado por Edgar Allan Poe varias décadas antes. Es obvio que el primero ha sido «extraído» de las entrañas del segundo; lo que me intriga es la necesidad del narrador de dividir las aguas de esa manera tan brutal y, al mismo tiempo, tan irónica.

La primera conclusión que he sacado tiene que ver con la «doble ficcionalización»: como en la novela cervantina, unos personajes literarios −unos entes de papel, como se les llamaba hace unas décadas− hacen crítica de otro personaje, al que consideran ficticio con respecto al espacio desde donde ellos hablan: esta actitud me recuerda aquel viejo refrán, tan venezolano, «cachicamo diciéndole a morrocoy conchúo» (por cierto que aún no he hallado en España un refrán que sea tan expresivo como este para decir que alguien acusa a otro de su propio defecto). El juego que se plantea en este diálogo despierta todo el interés en el lector porque, detrás de ese truco metaficticio, reposa −quiero creer− la opinión del autor, y esta es la segunda conclusión a la que he llegado, pero es una conclusión que se trifurca y de la que todavía sospecho: a) ¿En verdad cree Conan Doyle que Dupin «dista infinitamente de ser el fenómeno que Poe parece haber supuesto»?; b) ¿acaso habla la envidia de Doyle, esa ardiente pelusa que se enreda en la lengua y la razón, pues sabe que Sherlock jamás será Dupin y sabe, además, que es el papá de una larga lista de detectives (entre los que se cuentan el padre Brown, Jane Marple o Erik Lönrot); c) ¿o, sencillamente, se trata un ejercicio supremo de ironía en la que el narrador/autor obliga a su personaje a mostrarse desnudo, tal cual es, con sus fallos, sus deudas, sus dudas, sus manías y sus virtudes?

Desde luego, muy hábil es el autor citando al personaje de Poe: Si lo van a acusar de plagio, que al menos se sepa que él es consciente de ello; los artistas con talento suelen reaccionar de esta manera (así reaccionaba Johannes Brahms cuando, después de escuchar su Sinfonía #1 en do menor, lo acusaban de copiar una sinfonía de Beethoven: «cualquier tonto puede darse cuenta (de que lo copio)», pues se trata de un homenaje. Agrego una cuarta pregunta: ¿Será esta novela, entonces, un homenaje de Conan Doyle a su «padre» literario?

Sin duda, la influencia de Los crímenes de la calle Morgue y La carta robada en la serie de historias holmesianas que inaugura esta que suscita este comentario, es enorme y evidente; y da todavía para muchas páginas más. Pero «hasta los más tontos», como yo, y los que queremos tanto a Poe y lo defendemos con uñas y dientes, somos capaces de ver que el personaje de Doyle ha trascendido tanto como el de Poe. Y, encima, me parece que es mucho más popular.

Comencé a releer Estudio en escarlata con reticencia, con disgusto, con el resentimiento del fanático, pero el autor escribe tan sabroso que de inmediato me ganó la ficción. Watson explica rápidamente cómo llegó hasta su amigo detective: Regresando a Londres, herido, de la guerra en Afganistán, y no teniendo dinero para vivir solo, alquila con él las dos habitaciones y el salón del (ya famosísimo) 221b de Baker Street, a pesar de que desde el principio se le advierte que se trata de una persona de costumbres más bien singulares: «Holmes posee un carácter demasiado científico para mi gusto… un carácter que raya en la frigidez. Me lo figuro ofreciendo a un amigo un pellizco del último alcaloide vegetal, no con malicia, entiéndame, sino por la pura curiosidad de investigar a la menuda sus efectos. Y si he de hacerle justicia, añadiré que en mi opinión lo engulliría él mismo con igual tranquilidad. Se diría que habita en su persona la pasión por el conocimiento detallado y preciso». La aventura que viven en este libro −el asesinato de un hombre en extrañas circunstancias, relacionadas misteriosamente con los mormones de Utah, el amor y la venganza− sirve de trasfondo para que descubramos cómo es la relación entre los coinquilinos y cómo Holmes es capaz, con la sola fuerza de su poder deductivo, resolver un crimen que se le escapa a los (que se creen) los mejores policías de Londres y que desprecian, pero se las atribuyen −como suelen hacer los imbéciles−, las cualidades y los éxitos de Sherlock. Razón por la cual el doctor Watson cuenta en sus memorias las hazañas de su amigo.

Sí; Sherlock Holmes es un personaje muy seductor; no sabe literatura, no sabe filosofía, no sabe Astronomía (ni siquiera sabe quién es Copérnico), sabe muy poco de política y trastabilla en Botánica y Geología, pero conoce profundamente la Química, la Anatomía y los casos de asesinato más famosos de su siglo; conoce de manera práctica la ley inglesa, toca el violín como virtuoso, es experto en el boxeo y la esgrima y, sin duda, es drogadicto: ¿cómo no va a encantar a millones de personas semejante individuo que piensa como el rayo y es más raro que la «q»? Esa rareza la ha heredado, insisto, de Auguste Dupin.

Confieso que he vuelto a sus historias empujado por la serie Sherlock, de la BBC, la mejor adaptación de sus aventuras que he visto hasta la fecha con los mejores Holmes y Watson que se me pueden ocurrir, Benedict Cumberbatch y Martin Freeman. Es tan oportuna, que incluso un moderno doctor Watson ha regresado de la guerra de Afganistán, pero la de ahora, la que empezó ese peligroso ignorante que es el señor Bush. De los capítulos de esta serie brinqué a las novelas de Conan Doyle −pero también a la genial parodia de Jardiel, de la que ya he escrito anteriormente−, y constato que, aunque la vida del detective de Baker Street me ha proporcionado horas de alegría y solaz, sigo del lado del oscuro M. Auguste Dupin, de tan pocas historias, de tan agudo ingenio. Dupin es el ícono romántico que perdura; Holmes, el icono victoriano que brilla y se transforma y nos asombra. Las historias de Dupin siempre serán a la novela policial lo que Don Quijote a la novela moderna: La fuente de donde todo mana, «el fenómeno que Poe parece haber supuesto». Con toda la razón. Holmes, por su parte, siempre nos sorprenderá con su velocidad para saber lo que ocurre. Quién sabe cuál de los dos es el precursor. Que la literatura decida: o usted mismo, atento lector.

 

Estudio en escarlata

Arthur Conan Doyle

Madrid, Alianza, 1995

158 p.