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Crímenes de papel / 21+19: Cuando el mayordomo no mata

Las criadas de Jean Genet

Las criadas de Jean Genet

“Que es teatro, me dirán algunos; yo responderé que el buen teatro siempre debe ser –y no en último término– para leer. Que el tema principal es la morbidez de la envidia y las clases sociales, argumentarán; y yo miraré extrañado porque no veo una excusa mejor para matar a alguien”

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Hoy (me) hago una pequeña trampa, quizá influido por el espíritu del año que se acaba, y que anuncia el inicio de un nuevo ciclo. Me voy por un atajo, furtivo pero no tortuoso, para escribir sobre un texto que a primera vista no parecería apropiado para esta colección de crímenes de papel; no hay que precipitarse: la literatura negra abarca territorios muchas veces insospechados. Así como H. P. Lovecraft –y de él copié la idea– incluye Cumbres borrascosas en su ensayo sobre el horror sobrenatural en la literatura, sabiendo no obstante que se trata de una novela de amores tormentosos («aunque la historia trata principalmente acerca de las pasiones humanas en conflicto y agonía»), intuye que allí anida algo de lo que él anda buscando («el titánico escenario cósmico que enmarca la acción permite el surgimiento del horror en su forma más espiritual»); asimismo, digo, me concentraré hoy en Las criadas (1947), de Jean Genet (París, Francia, 1910-1986) porque allí anida una historia negra, o de suspense, que me ha procurado algún desvelo y chorros de placer. Que es teatro, me dirán algunos; yo responderé que el buen teatro siempre debe ser –y no en último término– para leer. Que el tema principal es la morbidez de la envidia y las clases sociales, argumentarán; y yo miraré extrañado porque no veo una excusa mejor para matar a alguien. Además, no he de dejar ninguna carta escondida: esta obra ha sido un talismán para mí desde 1989, cuando la llevamos a escena en el teatro de la Universidad.

En esa aventura del grupo de teatro de Letras me acompañaron el recordadísimo Diego Casasnovas, y mis queridos Frank Spano, Wladimir Márquez, María Eugenia Perfetti y Grisel Chazú, y todo se puso en movimiento cuando nuestro profesor de teatro, José Manuel Peláez, me asomó la posibilidad de llevarla a escena. Fue mi único trabajo como director, y cómo lo disfruté, cuánto aprendimos. Mi idea inicial asediaba una de mis obsesiones de aquella época, el tema del doble, y por eso me atrajo la posibilidad de montarla con dos elencos alternados de mujeres y de hombres. Quizá era exagerado para el tipo de puesta en escena que podíamos permitirnos, pero si no es en la adolescencia cuando nos entregamos al barroquismo que da la profusión, ¿entonces cuándo?

La obra ha sido interpretada infinidad de veces y, por supuesto, la adaptación cinematográfica con Glenda Jackson y Susannah York, una de las razones por las cuales queremos tanto a Glenda. La he visto montada quizá una docena de veces, en montajes dignos, penosos y francamente horribles; pero la que me ha impresionado más fue una que en 1992 llevó un grupo ruso al (en aquella época muy) célebre festival internacional de teatro de Caracas, en la cual los actores interpretaban subidos en tacones «a lo Priscilla» y abanicos enormes, y el escenario estaba inclinado. Era como ver una de las películas perversas de Fassbinder en directo. Y otra cosa me gustó de ese montaje: que era interpretado por hombres, lo cual hubiera sido del gusto del autor, y a mí me parece que esa obra no está escrita para actrices, y no me pregunten por qué: la razón no es sexual; quizá sea de tono, de registro. En todo caso, Genet da la pista principal para el trabajo actoral en Cómo interpretar Las criadas: «Furtiva. Es la palabra que se impone. De entrada. La manera de actuar de las actrices que representen a los dos criadas debe ser furtiva.» Y he aquí una clave inicial para detectar las características de género negro de la obra. Es verdad que el tema principal es la relación entre las criadas y su señora; es verdad que san Genet, de vida sórdida y casi lumpenesca, no era ajeno a los golpes y vaivenes de las clases más bajas de la sociedad de su tiempo, que el mundo de las cárceles y los guetos no le eran ajenos (regresen a Querelle de Brest, Santa María de las Flores y a El balcón para comprobarlo; o, mejor, al estremecedor Diario del ladrón), pero también es cierto que el universo donde las leyes se rompen y los deseos se desbordan fueron una constante en la obra de este novelista y dramaturgo, de los grandes autores franceses del siglo xx.

Casi todo el mundo conoce la trama: Claire y Solange juegan a que una es la señora y la otra es su criada, y se intercambian los roles en cada ocasión; juegan a que sirven con devoción a la señora. Este juego lo hacen cuando la señora se ausenta, que es casi todo el tiempo. La señora es su tótem, su espejo, la necesidad de las criadas: y por eso mismo, desde luego, desean con toda su alma envenenarla. El recurso del teatro dentro del teatro, siempre tan agradecido, le permite a Genet crear varios planos en la historia, vario planos interconectados que nos van dando la clave de lo que ocurre. Las pobres mujeres planifican el asesinato de la patrona, pero cuando ella por fin llega, con su glamour, con su belleza, con su delicado y amoroso desprecio por ellas, ven cómo el crimen se frustra, y jamás sabremos si es porque la señora sabe lo que traman o porque la suerte ha estado de su lado: quieren envenenarla pero ella, ladina y veleidosa, no llega jamás a beber de la taza. (Aquí debo, quiero, hacer un inciso: cuando Diego Casasnovas, de Solange, y Frank Spano, como la Señora, interactuaban en el escenario en esta escena, era un espectáculo que los que lo vimos jamás agradeceremos lo suficiente: en los ensayos nos partíamos de risa, pero de esa risa que da la alegría de crear; en las funciones yo, siempre, me emocionaba). Finalmente, la señora se va, requerida por «el señor» (que nunca aparece: esta es una obra de un solo sexo), Claire y Solange quedan destrozadas, seguras de que las han descubierto y que pronto llegará la policía a buscarlas.

No han cumplido su cometido, pero la obra pide un crimen. Algo más que un crimen: un sacrificio. Y es aquí cuando emerge Claire como el personaje más fuerte que es: asume su rol de señora, le toca a ella, y ante la mirada estupefacta, triste, obediente de su criada, que es Solange ahora, se dispone a ejecutar lo que la verdadera señora se negó a llevar a cabo:

«Claire: –Eres muy cobarde, obedéceme. Estamos en la misma orilla, Solange; iremos hasta el final. Quedarás tú sola para asumir nuestras dos existencias. Necesitarás mucha fuerza. Nadie se enterará entre los forzados que te acompaño secretamente. Y sobre todo, cuando te condenen, no te olvides de que llevas en ti mi recuerdo. Con todas las precauciones. Seremos guapas, libres y alegres. Solange, no tenemos ni un minuto que perder.»

Es el final triste más alegre que he leído –y visto– en mi vida. Estas mujeres están presas cuando son inocentes, y libres cuando la culpa las rodea. Son los criminales perfectos, y su creador no tiene piedad con ellas: si hay que apurar la copa del veneno negro, se apura hasta el fondo. Y se repite el esquema más simple de las historias negras o policiales: el asesino es el mayordomo. El asesino de sí mismo. ¿O no?

No se la pierdan; nunca dejen de verla cuando tengan oportunidad. Yo la leo siempre que puedo –y me estremezco en mis recuerdos.

 

Las criadas

Jean Genet

traducción de Luce Moreau Arrabal, revisada por Miguel Salabert

Madrid, Alianza/Losada, 1983, 95 p.