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Crímenes de papel / 21+ 6: Un detective sin nombre

Cosecha roja, de Dashiell Hammett

Cosecha roja, de Dashiell Hammett

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En 1987, la primera vez que leí Cosecha roja (1929), Dashiell Hammett (Estados Unidos, 1894-1961) era un nombre que me era familiar por los puestos que tenían los libreros frente al Capitolio. En esa época de pobreza estudiantil, esa acera llena de libros usados —y los libreros debajo del puente de la avenida Fuerzas Armadas, que pasa por encima de la avenida Urdaneta, el epicentro de un caos que no cesa— era mi principal fuente de adquisición de títulos. Allí descubrí una colección que con el tiempo se convirtió en un tesoro y que sigo comprando cada vez que me topo con un número: la colección Club del Misterio de la editorial Bruguera, en donde leí clásicos de la literatura negra en ediciones ilustradas y de vistosas portadas de colores; era como ser un lector adolescente de 1940. Thompson, Highsmith, Morrell, Blake, Queen, Chesterton…  un universo de autores a los que accedía por dos o tres bolívares y que cimentaron una afición que ya tenía firmes raíces gracias a la televisión que había consumido en grandes dosis durante mi infancia y mi primera adolescencia. La novela de Hammett es el número uno de la colección, aunque no recuerdo si fue la primera que compré. Sí recuerdo que pasé tardes enteras echado en la cama leyendo las dos columnas de texto y mirando las ilustraciones en blanco y negro para darle forma a los personajes y el espacio.

Años después fui enterándome de que Hammett estuvo casado con Lillian Hellman, autora de la fabulosa Pentimento (Julia, en la versión cinematográfica de Fred Zinnemann de 1977, con Jane Fonda y Vanessa Redgrave, que se llevó un Oscar como mejor actriz de reparto); que fue víctima del comité de actividades antiamericanas; y que, antes de dedicarse de lleno a la escritura, trabajó como detective en la famosa agencia Pinkerton, cuya experiencia le serviría como fuente de inspiración para sus novelas. Años después, también, me enteré de que Hammett era un autor de culto, y que ha suscitado filias y fobias por épocas y modas: «Despreciada durante años por su calificación de subliteratura en los círculos intelectuales, en los ochenta la novela negra se convirtió en una de las señas de identidad de todo aquel que se precie posmoderno», escribían en la ya longeva revista Atlantis, hace más de veinte años, las profesoras Ma. J. Álvarez y Rosa Rabadán, de la Universidad de León; este comentario me recordó aquella teoría de la que habla Myrna Solotorevsky según la cual entre la «literatura» y la «subliteratura» hay uno, o varios, puentes de comunicación que hacen que lo que en una época sea despreciado —o ensalzado—, en la siguiente sea considerado de culto —o simple basura—. Las obras de François Villon y de Echegaray están allí para demostrarlo.

Por fortuna, yo me topé con Hammett en la calle, entre perrocalenteros y vendedores de loterías, lejos de la presuntuosa soberbia de las academias, a las que hay que machacarlas y machacarlas hasta que se den cuenta de que una novela que comienza hablando de la forma y pronunciación de una palabra no puede prometer sino gozosas horas de diversión: «En el Big Ship de Butte oí por primera vez a un minero pelirrojo de nombre Hickey Dewey que llamaba Poisonville a la ciudad de Personville. Tenia la costumbre de convertir las erres en diptongos, así que me importó poco su manera de nombrar la ciudad. Luego volví a oír el mismo nombre de boca de hombres capaces de pronunciar bien las erres. Lo tomé como una muestra más del humor vulgar que anima los retruécanos propios de la jerga de los bajos fondos. Unos años después fui a Personville y comprendí el exacto significado de esta palabra». En esta frase —Spinoza la hubiera celebrado— está resumida la esencia de la novela.

El detective, que ha sido contratado por Donald Willson, director de dos periódicos de Personville e hijo de Elihu Willson, el magnate mafioso y déspota que controla la ciudad, llega de San Francisco con la intención de reunirse con su cliente, pero cuando va a su casa no lo encuentra: su cliente ha sido asesinado. Investiga, contratado por el padre, el asesinato y termina por descubrir que el crimen no se ha cometido por venganzas entre bandas ni para perjudicar al magnate: sólo los celos han generado la desgracia. En una novela normal, o en la vida real, este habría sido el (desabrido) final de la historia; pero para el protagonista de Hammett apenas comienza la carnicería. Aunque Elihu Willson no desea que se siga investigando, el detective se empeña en hurgar en las cloacas de la ciudad para sacar a la superficie a las ratas que la infestan; aunque yo creo que en realidad anda tras la verdadera nomenclatura del lugar, pues quiere desarrollar la explicación con que abre la novela: un pueblo intoxicado por la avaricia y la corrupción no es un pueblo de personas (Personville), es un pueblo envenenado (Poisonville). El detective lo sabe, y por eso no se detiene. Además, un código de honor profesional —ya le han pagado— lo obliga a terminar el trabajo iniciado.

Desde luego, la novela es mucho más que la anécdota en la que aparecen cadáveres como setas. Dos detalles: En primer lugar, al detective no se le nombra nunca, lo que no deja de ser un truco algo artificioso pero que despierta la curiosidad, por si en alguna línea al autor se le escapa un nombre. No ocurrirá nunca. En segundo lugar, el novelista tiene una rara habilidad para los diálogos (los convierte en brevísimos, ingeniosos, cuentos), con la que se asegura que el lector no dejará el libro: no se olviden de que estas historias están escritas para entretener, no para ser «posmodernas» ni adular a especialistas. He aquí algunos ejemplos:

—¿Quién le ha matado? —pregunté.

El hombre gris se rascó la cabeza y dijo:

—Alguien con una pistola.

O:

—¿Usted bebe?

—Sólo cuando tengo bebida delante.

O:

—¿Se puede saber cuál es su idioma?

—El dinero —me aclaró—, mucho dinero. Lo adoro.

La conciencia de Hammett sobre el acto de escribir es tan nítida, que a final de la novela no resiste la tentación de ejecutar el truco del metalenguaje, y hablarnos de la novela dentro de a novela, con la excusa del orden administrativo: «Estuve casi toda la semana en Ogden corrigiendo mis informes para que al leerlos no se notara la cantidad de normas de la Agencia, leyes del estado y huesos humanos que había roto.» Los informes de este detective sin nombre son la novela que el lector, ya manchadas las manos de sangre y maldad, ha concluido con feliz avaricia. Un monstruo, Hammett.

 

Cosecha roja

Dashiell Hammett

Barcelona, Bruguera Club del Misterio, #1, 1981

Traducción de Rafael Marsán Strack

104 p.