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Crímenes de papel / 21+ 4: El conde de Montecristo es canario

“La última tumba”, Alexis Ravelo

“La última tumba”, Alexis Ravelo

“No dudo de que Ravelo vaya a tener éxito en su objetivo, porque hace tiempo sé que si de algo no anda escasa la literatura canaria es de autores que la lleven más allá de las fronteras (físicas, mentales, emocionales)”

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Alexis Ravelo (Las Palmas de Gran Canaria, 1971) es ya un habitual de las citas negras de la Península, y de hecho con la novela de la que hablo hoy se hizo acreedor del XVII Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe y, este año, su novela La estrategia del pequinés resultó agraciada con el Premio Dashiel Hammett de la Semana Negra de Gijón. Además también ha revelado recientemente que está detrás de Martin Aloysius West, autor de El viento y la sangre, que nació como un reto del autor: “Escribí una novela pulp fingiendo que se trataba de una de las novelas escritas por un autor olvidado. (…) M. A. West no existe. Fue la máscara que necesitó ponerse un escritor llamado Alexis Ravelo para demostrarse a sí mismo que no era un escritor canario, español o calvo, sino sencillamente un artesano, un escribidor.” Las intenciones de Ravelo, como se ve, son de franco coqueteo con la literatura y sus recursos, y pretende sumergirnos hasta niveles peligrosos para la estabilidad de esa odiosa línea que separa la realidad de la ficción. Yo no dudo de que Ravelo vaya a tener éxito en su objetivo, porque hace tiempo sé que si de algo no anda escasa la literatura canaria es de autores que la lleven más allá de las fronteras (físicas, mentales, emocionales) de esas afortunadas islas que tan entrañable relación guardan con Venezuela, por cierto.

Hace tiempo que quería escribir sobre este libro, porque la literatura bien hecha merece una respuesta de lector, aunque sea torpe, pues no hay nada más saludable para el espíritu humano que hablar de las buenas novelas. La venganza de que trata esta (y que recuerda a la del temible Edmundo Dantés en El conde de Montecristo) tiene lugar en Gran Canaria. Adrián, homosexual, drogadicto de vida disipada, es condenado a veintinueve años de cárcel por el asesinato de Diego, hijo de un importante personaje de la isla. Su error, y del que se agarra la policía para acusarlo, fue huir del lugar del crimen en vez de llamar a las autoridades de inmediato. Con sus antecedentes, no era difícil hacerlo cargar con la culpa. Al cabo de dos décadas Adrián sale con la condicional y comienza la ejecución de su venganza: uno a uno irá eliminando a los que cree culpables de su desgracia, pero al mismo tiempo se verá inmerso en una trama de corrupción en la que descubre que la muerte de Diego no fue casual, sino producto de la pasión “culpable” que Willy Acevedo, amigo de ambos, sentía por Diego. Como el lector sabe desde el principio, Adrián sólo fue el chivo expiatorio. La trama, esa delicada red que sólo está hecha de palabras, permite que el lector vaya descubriendo con el protagonista cómo se han trenzado los hilos en los que ha caído como un tonto. Pero atención, Willy Acevedo sirve para que la novela tenga un “final falso” y de paso dé pie para la verdadera conclusión, pues él tiene las claves que le faltan a Adrián para entender, de verdad, qué fue lo que ocurrió. Pero la sed de venganza, esa cicuta de la alegría, no permitirá que lleguemos a un final alentador; firme y decidido y libre, sí; pero atroz.

Es lo que ocurre cuando los que mueven los hilos de la sociedad, los verdaderos movedores de los hilos, se ven amenazados: “Willy era eso: el puente que prolongaba el maridaje entre los viejos zánganos y los nuevos poderosos; el ejemplo viviente de que las castas de la opresión se prolongan solamente si son capaces de inventar nuevos mecanismos de control de poder, cada vez más sutiles, más ocultos. De vez en cuando, para fingir que el sistema es justo, que funciona, que tiene sus garantías y es democrático, trincan a alguno de ellos con las manos pringadas, normalmente por la denuncia de otro que es de su mismo palo; pero la Ley siempre es más lenta, más torpe, y está menos interesada en llevar al talego a estos hijos de la gran puta que a los cuatro miserables que sobreviven a base de vender mandanga o dar tirones”.

El problema para estos privilegiados es que no cuentan con que, de vez en vez, aparece un Edmundo Dantés que se revuelve airado y no está dispuesto a que los verdaderos culpables queden impunes. Aunque en su cruzada justiciera se lleve por delante a los que quiere y a él mismo. Hace años, el Chavo nos advertía de que “la venganza nunca buena, mata el alma y la envenena”. Sí, es cierto; pero a veces alguien tiene que blandir la furibunda espada de Miguel, ¿no?

 

LA ÚLTIMA TUMBA

Alexis Ravelo

Grupo Edaf

Madrid, 2013