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Crímenes de papel / 21+ 3: La conciencia social de un caballo

“El sueño eterno”, Raymond Chandler

“El sueño eterno”, Raymond Chandler

“El sueño eterno’ [Raymond Chandler] ha tenido millones de lectores, y cada uno ha querido ver un aspecto distinto cada vez

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El éxito del Raymond Chandler (EE UU, 1888-1959) ya cincuentón, una vez publicada El sueño eterno (1939), su primera novela, fue fulgurante. Fulgurante, pero no fugaz. Baste decir que apenas siete años después de publicada, fue llevada al cine por Howard Hawks –Río Bravo, Tener o no tener, Los caballeros las prefieren rubias: puras joyitas–, y para ello contó con Humphrey Bogart –el único Philip Marlowe posible– y la que era su esposa de entonces, la recientemente fallecida Lauren Bacall, esa belleza que no actúa sino seduce cada vez que aparece en pantalla. Eso sería suficiente para entender el éxito que tuvo el libro en su momento; pero si le agregamos que entre los involucrados en la escritura del guión está nada menos que William Faulkner (pero también Leigh Brackett, que escribió con Lawrence Kasdan el guión de El imperio contraataca) ya podemos comenzar a entender que no se trató de un golpe de suerte, que hay algo más. De muchos libros se puede decir que han sido salvados del humillante olvido porque el cine los ha rescatado; de El sueño eterno se debe decir, por el contrario, que su adaptación salvó buena parte del cine negro estadounidense, y que si Chandler no hubiera creado al cínico Marlowe, el dramatis personae del mundo estaría incompleto, como si faltaran el atormentado príncipe Hamlet, el eternamente insatisfecho don Juan Tenorio o el invisible Godot.

Cuando comenzó a escribirla, el género negro no era nuevo, ni el autor un novato; de hecho, ya tenía casi una década puliendo su estilo, incluso, imitando a sus autores favoritos. Esto le escribe a Erle Stanley Gardner, el creador de Perry Mason, a quien a copiado, y re-copiado (“reescrito”, dice él), la estructura de uno de sus relatos hasta aprendérselo de memoria, hasta descubrir que “la parte más difícil de su técnica era la capacidad de crear situaciones que estaban en el límite de lo inverosímil pero que en la lectura parecían lo bastante reales. Espero que entienda esto como un cumplido.” Y más adelante, siempre pendiente de no parecer demasiado pedante a sus interlocutores, se despacha a sí mismo diciendo: “Y aquí estoy, a las dos y cuarenta de la madrugada, escribiendo sobre técnica, a pesar de mi enérgica convicción de que en el momento en que uno comienza a hablar sobre técnica está dando pruebas de que se ha quedado sin ideas.”

Por suerte –para él, para nosotros–, la fuente de las ideas de Chandler no se secó tan rápidamente. También porque cuando das con un filón como el del detective Marlowe, es difícil que se agote el material. Creas el escenario y lo pones a trabajar. En esta primera aventura, Marlowe es contratado por un viejo militar millonario, el general Sternwood que está en las últimas para que resuelva el caso de chantaje a que es sometido.

Antes de seguir, tengo que hacer un comentario obligado: el encuentro entre Marlowe y Sternwood es uno de los mejores logrados, a mi modo de ver, de la literatura negra –y no tan negra–: un detective pobre que se viste lo mejor que puede para “visitar cuatro millones de dólares”, encerrado en un asfixiante invernadero con un anciano moribundo cuya piel parece la carne de una orquídea y que son atendidos por Norris, el prototipo de mayordomo discreto y sinvergüenza. Y la escena comienza con un diálogo inolvidable en su perfección:

“El anciano sacó la voz del fondo de un pozo y dijo:

—Brandy, Norris. ¿Cómo le gusta el brandy, señor Marlowe?

—De cualquier manera.”

El problema del general Sternwood –y quizá el no esté del todo consciente de ello– son sus hijas, Vivian y, sobre todo, Carmen, la pequeña, más díscola que la otra, casada, no obstante y para no ser menos, con Rusty Regan,  un gánster que la ha abandonado sin una razón aparente. Marlowe acepta averiguar quién y por qué está tratando de chantajear al general con las deudas de juego de sus hijas, y entra en el mundo de perversión, pornografía, juego y matones de Los Ángeles de preguerra. Resuelve el caso del chantaje; el chantajista muere asesinado, pero una cosa lleva a la otra y la trama, que es bastante abigarrada, va llevando al lector hasta un punto donde se juntan todos los cabos sueltos. Y como en una novela policial clásica, Philip Marlowe describe y descubre las relaciones entre todos los personajes, señalando al verdadero responsable de todo el estropicio: el personaje del que menos podemos sospechar, o del que sospechamos desde el principio. Quizá en el fondo eso sea lo de menos, porque en las novelas bien escritas lo de menos es lo de más: yo no quiero explicaciones, ni técnicas, yo quiero seguir leyendo hasta la última página cuando el autor tiene la voz de Sherezade.

El sueño eterno ha tenido millones de lectores, y cada uno ha querido ver un aspecto distinto cada vez. Para que no queden dudas del verdadero compromiso de Chandler (la literatura, creo yo), aunque su prosa llegue más lejos que sus intenciones, copio aquí lo que pensaba él cuando le decían que había escrito una novela con “crítica social” (¿pero puede haber crítica social cuando el narrador dice “un muerto es más pesado que un corazón roto?”): “Ahora hay tipos hablándome sobre mi prosa y otros diciéndome que yo tengo una conciencia social. Philip Marlowe tiene tanta conciencia social como un caballo. Tiene una conciencia personal, que es algo por completo diferente. (…) A. P. Marlowe no le importa un bledo quién es presidente; a mí tampoco, porque sé que será un político. (…) P. Marlowe y yo no despreciamos a las clases altas porque se bañan y tienen dinero; los despreciamos porque son farsantes.” (Por cierto que en esa misma carta comenta con algo de vanidad que ha recibido una carta de una señora de Caracas que literalmente se le ofrece como amante).

Dos comentarios finales. Vuelvo a recomendar a los interesados en las tripas de la creación, o sencillamente en pasar un rato divertido, El simple arte de escribir;  como ven, siempre lo cito cuando hablo de Chandler. Lo otro es que la traducción de estas cartas es de César Aira, por si algún friki de airismo pasa por aquí. Pero cuidado con Marlowe, que no se anda con tonterías.

 

EL SUEÑO ETERNO

Raymond Chandler

Traducción de José Luis López Muñoz

Editorial Alianza

Madrid, 2002