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Crímenes de papel / 21+16: ¿Sueñan los maniquís con gatos disecados?

Los cadáveres exquisitos por Patricia Highsmith

Los cadáveres exquisitos por Patricia Highsmith

“«Toda narración que conste de un principio, una mitad y un final tiene suspense; es de suponer que una narración de suspense se llama así porque tiene más.» Con esta lógica aplastante define Highsmith la condición de los relatos que ella escribe”

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Hay relatos que se atraviesan en la vida de los lectores, sin que ellos puedan hacer nada para evitarlo. Como en aquellos famosos versos iniciales del poema de John Ashbery,  At North Farm –«somewhere someone is traveling furiously toward you» [en algún lugar alguien viaja furiosamente hacia ti, más o menos]–, el lector se dirige al punto exacto donde lo está esperando ese texto, y no lo sabe. El relato, en cambio, sí; porque conoce sus gustos, sus tendencias, y sólo se guía por la poderosa voz que es la intuición. De esta, y no de otra manera, es como me explico mi encuentro con el relato del que escribiré ahora, y que me obliga a romper una regla no escrita de esta serie que es la de no tratar a n autor más de una vez para dar cabida al mayor número posible de ellos. Pero como de Patricia Highsmith (Texas, EE. UU., 1921 - Locarno, Suiza, 1995) no he mencionado realmente ninguna de sus obras de ficción, esta regla queda oficialmente medio rota. En mi descargo diré que si en un relato hay gatos, ya estamos hablando de otro nivel de lectura.

Además el libro en el que he encontrado este texto, Los cadáveres exquisitos, una antología en realidad, existe porque es la compilación de doce textos que dieron origen a los doce capítulos de la serie Chillers (conocida en español como Escalofríos… con Patricia Highsmith, y no creo que se pueda encontrar un título más feo), presentados por el temible Anthony Perkins y cuyo capítulo The Stuff of Madness (Sustancia de locura) está protagonizado por Ian Holm, al que los más jóvenes recordarán porque hace de Bilbo Baggins en la versión cinematográfica de El señor de los anillos; y Eileen Atkins, recordable para el que haya visto Gosford Park. En todo caso, el libro es una buena excusa para regresar a la imaginación viva y perversa de esta maestra de suspense.

«Toda narración que conste de un principio, una mitad y un final tiene suspense; es de suponer que una narración de suspense se llama así porque tiene más.» Con esta lógica aplastante define Highsmith la condición de los relatos que ella escribe. Uno los lee sabiendo que va a pasar algo. Y si eso es así con sus novelas, en los relatos se intensifica, porque cuando aumenta la diversión, aumenta el peligro: «Para mí, los cuentos son una especie de entretenimiento. Son más cortos que las novelas, pero también suponen un entretenimiento en el sentido de que ocupan la mente, a veces con mucha intensidad.»

Christopher Waggoner, recién salido de la facultad de Derecho, se dispone a casarse con su novia Penélope Marshall, a quien conoce lo suficiente como para saber que a ella y a su familia le encantan los animalitos domésticos. (Y cuando uno comienza a leer que el cuento va de una familia bien avenida, se teme lo peor, porque no era un secreto que la autora odiaba la vida familiar, y quizá era una de las razones que ella consideraba válidas para matar). El problema de Penélope, o Penny, como la llama él, es que le gustan tanto sus mascotas que no quiere desprenderse de ellas jamás, ni siquiera después de muertas. Para seguir con ellas, las diseca en posiciones que recuerden las monerías más célebres del ejemplar (y no sé por qué, esta manía me recuerda un relato de Truman Capote en Música para camaleones). Al principio, Christopher no le dio importancia; ni siquiera se opuso a que, con los años, el jardín de la casa se hubiera convertido en una necrópolis petrificada, llena por doquier de perros y gatos en distintas posturas, y varias daban miedo de verdad: «Algunas de las reliquias llevaban veinte o más años en el jardín. Un gato abisinio llamado Riba, nombre que Penny había sacado de algún experimento místico, miraba fijamente, con sus ojos amarillos y verdosos, desde una rama de un árbol, agachado como si fuera a saltar sobre cualquier persona que pasase por debajo suyo. Christopher había observado que algunos invitados, al ver al gato, retrocedían con gesto alarmado». No era la situación ideal para Christopher pero de alguna manera se había acostumbrado a la curiosa manía de su esposa. Nacieron y crecieron dos hijos, se fueron de casa, y ya llegando al final de la vida, listos para comenzar esa tercera edad bien merecida, ocurre eso que hace que un cuento de Patricia Highsmith sea una experiencia única. La afición de Penny se ha hecho tan famosa, que dos periodistas quieren entrevistarla y tomar fotos de los bichos y sacara un reportaje qu, sin duda, podía tener repercusión nacional. Christopher, desde luego, se opone y trata por todos los medios civilizados de hacer que su esposa recapacite: incluso su carrera de abogado podría estar en peligro, lo cual no es cierto, porque con sesenta años, y casi para jubilarse, no pasaría nada. De alguna manera, Christopher se siente humillado. Humillado porque se ha dado cuenta de que la vida al lado de su esposa ha sido tan estática e inane como un gato o un perro petrificado.

Aunque Penny ha sido una buena esposa y madre, Christopher urde una venganza, aunque él la considera una broma. Cuando ella estaba embarazada de la hija, Christopher tuvo una aventura con Louise: una mujer mucho más enérgica, con imaginación y exitosa. Una mujer de la que había estado –ahora lo sabe– enamorado de verdad. Pero Penny lo convenció, sin presiones, sin escenas, de que mantuviera la familia y de ese modo él mismo se condenó a esa vida mediana, de la que se arrepentía. Y encima, ahora se empeñaba en humillarlo dejando que la prensa penetrara en el absurdo mundo de sus animales disecados. Convencido, lleva a cabo su plan: no se le ocurre otra cosa, antes de que lleguen los periodistas, sino plantar el maniquí de una mujer idéntica a Louise en el jardín, entre los animales. Al verla, Penny sufre un infarto; se la llevan de urgencia al hospital y los periodistas no pueden concluir el trabajo de fotografiar el jardín, pero Christopher tiene la esperanza de que Penny muera y ellos regresen al día siguiente a tomar fotos, a tomarle fotos a su Louise. Su broma-venganza aún puede tener lugar. Sin embargo, la esposa se recupera del ataque, y ya él no ve sino una sola salida. Que me ahorro para que el lector curioso que quiera quitarse la curiosidad del cuerpo regrese al relato, y lo cierre.

Solo advierto una cosa: ni los maniquís sueñan con gatos disecados, ni el mundo está preparado para esta pequeña clase de catástrofes. Lo demás queda de su parte, lector. O en el sustancioso universo de los locos.

 

«Sustancia de locura »

Patricia Highsmith

traducción de Jordi Beltrán

Relato incluido en Los cadáveres exquisitos,

Barcelona, Anagrama, 1991, 316 p.