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Crímenes de papel / 21+13: Naranjito, ese dios redondo

“Todas las miradas del mundo” por Miguel Mena

“Todas las miradas del mundo” por Miguel Mena

“Miguel Mena (Madrid, España, 1959), mezcla, con indudable destreza la historia real con el asunto de ficción que da cuerpo a la novela”

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El lunes, cinco de julio de 1982, me levanté muy temprano, aunque ya estaba de vacaciones. La emoción no me dejaba dormir más, pues ese día se jugaba un partido importantísimo para mí: Brasil e Italia decidirían en el estadio de Sarriá, en Barcelona, cuál de los dos se clasificaba para los cuartos de final. Yo sabía que iba a ser un delicioso partido; todos los que por esa época jugábamos en algún equipo, por pequeño que fuera, sabíamos que sería un partido memorable. ¿Cómo podía ser de otra manera si se iban a encontrar en el mismo campo Sócrates, Zico, Toninho Cerezo, Falcão, Marco Tardelli, Antonio Cabrini y, sobre todo, Paolo Rossi, que se convertiría en el goleador del campeonato? Después de la era mitológica de Pelé, y derrotada Argentina en los dos partidos anteriores, el duelo entre la tricampeona y la bicampeona –que, a la postre, conseguiría su tercera estrellita ganadora– prometía ser de leyenda. Recuerdo que mis hermanos y yo estábamos preparados para disfrutar, a las once de la mañana, del encuentro (el partido era a las cinco de la tarde en España), pero no contamos con la intrusión de la bota militar: como era cinco de julio, día patrio en Venezuela, la televisión no transmitió el partido en directo, sino cinco o seis horas después, cuando los militares se cansaron de desfilar con sus tanquecitos y sus botitas y sus fusilitos en una procesión más ridícula que aburrida. Como siempre, los militares estropeando las pequeñas felicidades de la vida civil.

Durante el transcurso de ese acontecimiento remoto también tuvo sus noticias «verdaderas». Por curiosidad consulto la portada del diario ABC de ese día y descubro que se trata de la foto de un coche destruido por el efecto de una bomba que los asesinos de ETA habían hecho explotar el día anterior en la población navarra de Burguete, explosión en la cual murió un guardia civil. Algo que, en 1982, era lamentablemente habitual, época en la que ETA arreciaba en su escalada de acomplejada y resentida locura nacionalista. Caigo en cuenta de que los españoles, por entonces, vivían sus alegrías siempre bajo la amenaza de los atentados; o, como dice el narrador de esta novela, «Ningún país se ha retraído por la amenaza terrorista.  Ningún visitante dejará de venir por miedo de los tiros y las bombas. Tampoco lo harán por la amenaza involucionista.  Al fútbol no le asustan los militares. Solo hay que recordar que e Mundial anterior se jugó en la Argentina de Videla y su Junta Militar. El fútbol se adapta a todo. Y a lado de eso, que alguien que acompaña al equipo de Nueva Zelanda, alguien que ni siquiera es un jugador, lleve un par de días sin dar señales de vida no parece un asunto mayor». Y así el autor, Miguel Mena (Madrid, España, 1959), mezcla, con indudable destreza la historia real con el asunto de ficción que da cuerpo a la novela.

Mientras transcurre la XIIª Copa Mundial de Fútbol de 1982 en España, el inspector Mainar, de Madrid, es enviado a Málaga a investigar esa desaparición: El que se ha perdido se llama Dammers, miembro del equipo técnico de la delegación Neozelandesa. Podría tratarse de una falsa desaparición, quizá Dammers, a sabiendas de que su equipo tiene poquísimas posibilidades de pasar siquiera a octavos, ha aprovechado el viaje para irse de juerga y disfrutar del verano mediterráneo. Esta suposición durará poco, pues la aparición de su cadáver en extrañas circunstancias apuntará hacia una investigación policial en la que se irán desvelando razones más oscuras para su muerte. En realidad, se trata de un agente de los servicios secretos ingleses que tenía la misión de encontrarse con Suranov, miembro de la delegación soviética, quien le había ofrecido información a Occidente a cambio de asilo y protección, tema este –el fin de la era soviética– interesante donde los haya, y que últimamente ha sido explorado en el cine y la televisión con éxito (en películas como L’affaire Farewell y en series como The americans). Al parecer, agentes soviéticos descubren el plan y se deshacen del espía inglés; Suranov es retenido y enviado  a un barco soviético, del que escapa y huye nadando, hasta que unos en una lancha lo ayudan a llegar a la orilla, y en una comisaría pide asilo. A partir de entonces la finalidad de los soviéticos es recuperar al traidor y, la de la policía, descubrir al asesino de Dammers: pero como ni a los ingleses ni a los soviéticos les conviene que se destape la trama de espionaje durante el mundial, dejan que la culpa del asesinato recaiga sobre Suranov, a pesar de los esfuerzos que hace Mainar para que los gobiernos de España y de Inglaterra intervengan en ayuda del desdichado ruso. La trama de espionaje se mezcla con los planes terroristas de ETA, el desarrollo del mundial, la vida de los policías que, como suele suceder en este tipo de novelas, es un desastre; pero, sobre todo, el Mundial cubre como un manto cada aspecto de la vida, quizá porque así fue como transcurrieron los días en España en aquella época: toda noticia era poca ante los acontecimientos futbolísticos de un mundial que no fue precisamente un ejemplo en honestidad: el dictador de Kuwait que obliga a anular un gol en un partido, las selecciones que se ponen de acuerdo para amañar un partido y fenómenos telúricos: «El periódico que lleva sobre las rodillas recoge en grandes titulares la sorpresa del Mundial, la eliminación de Brasil, que ni siquiera estará en semifinales. Mainar piensa que no siempre gana el que juega más bonito.»

Esta novela gustará sobre todo a aquellos que tengan entre sus aficiones tanto el espionaje conspiranoico como el fútbol –yo soy uno de ellos–; y a los nostálgicos de épocas de transiciones y movidas borrosas. Y a los ochentosos. Y a los que leen sabrosas novelas policiales. En estas páginas ha dado Miguel Mena con una mina, pues colocar un asesinato propio del mundo del espionaje en medio de ese dudoso Mundial, es como ajustar la alhaja que le falta a una hermosa corona persa; solo que en este caso el autor, ese dios con veintinueve dones –el abecedario–, ha decidido que esa corona que es su universo será redondo como una pelota; o, mejor, como Naranjito, ese entrañable muñeco kitsch, mascota del campeonato, siempre sonriente no se sabe por qué. No olviden, sin embargo, que los mundiales todo lo aguantan, así que entren en esta novela como quien entra en una fiesta de enemigos en pantalones cortos.

 

Todas las miradas del mundo

Miguel Mena

Madrid, Suma de Letras, 2013

314 p.