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Crímenes de papel / 21+20: Calma, ánima en pena

La mirada del observador por Marc Behm

La mirada del observador por Marc Behm

“Sucede que cuando se comienza a leer La mirada del observador tiene lugar un portento: el milagro de la fascinación, el momento sublime de la adicción”

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Hay lectores que gozan del privilegio, si no raro, al menos sí exclusivo, de que sus recomendaciones son escuchadas con devota obediencia. Todos los aficionados a leer libros, sobre todo de ficción –el más difícil de los territorios–, deberíamos procurarnos uno o dos sabios consejeros de estos, pues así es más fácil, más gozoso, navegar por el vasto océano que son las bibliotecas. Yo atesoro algunos de estos faros de los libros, y sus consejos de lectura son para mí como revelaciones, epifanías de un mundo que hasta ese momento me ha sido negado. Tomás Onaindía es uno de esos lectores que cuando me recomienda algún nuevo texto, no paro hasta que logro leerlo, pues estoy seguro de que allí, en esas páginas, hallaré un tesoro, grande, pequeño o fugaz, pero que sin duda estaba necesitando. Con lectores como él, han sido muchas las malas páginas que me ahorrado en beneficio de esos pasajes que se quedan en nuestra cabeza para siempre. Su última recomendación ha sido esta novela de Marc Behm (EE UU., 1924 - Francia, 2007), considerada su obra maestra. Yo la he leído en una sola sentada. Algo querrá decir eso.

Sucede que cuando se comienza a leer La mirada del observador tiene lugar un portento: el milagro de la fascinación, el momento sublime de la adicción. Y eso que la trama inicial es más bien simple, o graciosa. A Ojo, un detective de Watchmen, Inc. una pareja lo contrata para que dé cuenta de la novia de su hijo, de quien sospechan. Él se dedica a seguirlos hasta que descubre que se van a casar a escondidas de los padres de él. El novio saca 18 mil dólares, se casa con su misteriosa novia y huye a disfrutar de su luna de miel. El Ojo los sigue, fotografiándolos con una Minolta, sin que lo descubran. La chica lo ha fascinado desde el momento en que la vio por vez primera, porque le recuerda a su hija desaparecida; y más fascinado queda aún cuando presencia cómo la hermosa recién casada no tiene ningún problema en acabar con su marido usando el antiguo y muy eficaz método de la dosis de veneno; luego se lleva el cadáver en un bote para deshacerse de él allí donde no pudieran encontrarlo y se larga con los 18 mil. El detective, en vez de denunciar el asesinato que ha presenciado, prefiere seguir a la asesina que cambia de peluca y de nombre con la misma facilidad que de ropa interior. Finalmente, el detective dará con su verdadero nombre, Joanna Eris, y no debe pasarse por alto que este apellido, en latín, corresponde a la segunda persona singular en futuro del verbo sum (ser), puede traducirse como “tú serás”, pues eso ocurre con este personaje proteico como pocos: es su siguiente personaje, su siguiente peluca, su siguiente nombre, lo que permite que vaya desarrollando su asesina personalidad. Es una viuda negra en toda regla, una viuda negra que odia a los hombres, virgen, maltratada y loca. Y fanática del horóscopo; es capricornio (nació el 24 de diciembre, para más ironía) y de alguna manera los horóscopos que lee son un correlato de sus movimientos; por su parte, para el detective Ojo es la resolución de un complicado crucigrama lo que le sirve de correlato a la tarea que se impone: observar a la asesina, seguirla y, cuando haga falta, protegerla para que no la cacen. Quiere observar hasta el final, y eso es lo que ocurrirá.

Marc Behm en la actualidad es un autor de culto y esta novela es su marca personal, la obra que sin duda le asegura un lugar en el Olimpo de los grandes escritores, aunque no hay que olvidar que Behm fue guionista de películas tan canónicas y disímiles como Help!, de Los Beatles, Charada, de Stanley Donen (con una Audrey Hepburn en la cumbre de su carrera) y una muy subida de tono El amante de Lady Chaterley, con una ya histórica del semiporno, Sylvia Kristel. En esta novela negra pero también psicológica, el autor se da el gusto de llevar con una prosa algo distópica (quizá sea por la traducción) el voyerismo hasta sus últimas consecuencias; porque lo que persigue el detective no es a una asesina en serie, es a ese espíritu que  nos rodea desde que nacemos, el que anuncia el próximo desastre y que apenas encuentra sosiego en aquella tumba de la que Connolly tanto sabía. Es la tumba donde se dan golpecitos en la espalda al ser atormentado y se le dice “calma, ánima en pena”, que siempre hay un personaje nuevo que te está esperando, en otro cuarto, en otro hotel, otra ciudad, en otra vida. Por libros como este hay que agradecer a los buenos consejeros que nos devuelven la fe en la lectura: “Nosotros creemos cosas, ¿lo entiendes? –dice Joanna en algún momento–. De aire, del viento, y de la gente que nos rodea, de las impresiones, de las sensaciones y todo eso. Y de nosotros mismos también, de nuestros pensamientos, nuestros miedos y nuestros remordimientos. Y de nuestras oraciones. Y esas cosas adquieren forma y viven a nuestro alrededor, nos miran fijamente, e incluso a veces nos hablan”. Pues eso son los libros: fantasmas en los que creemos cuando vivimos dentro de ellos. Y quizá por eso la bruma de la novela negra seduzca tanto a los lectores.

 

La mirada del observador

Marc Behm

traducción de Beatriz Pottecher

Barcelona, RBA, 2011, 231 p.