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Crímenes de papel / 21+8: Ahorcarse antes de los cuarenta

Los platos del Diablo, de Eduardo Liendo

Los platos del Diablo, de Eduardo Liendo

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Los libros tienen algo en común con los vinos; los buenos, mejoran con los años. Pero, a diferencia de lo que pasa con los caldos una vez abiertos −mejor beberlos de una vez−, al abrir los buenos libros el aire les devuelve su estado primigenio, y cada página que pasamos es una nueva página, siempre. Aunque hayamos leído el buen libro varias veces a lo largo de nuestra vida, la hoja escrita, al leerla, es otra nueva: un curioso caso de personalidad múltiple, el del buen libro, pues el texto nos dice algo distinto en cada ocasión que regresamos a él.

Eduardo Liendo (Caracas, 1941) publicó Los platos del diablo en 1985, con la que previamente había ganado el premio municipal de narrativa del Distrito Federal. Para ese momento, el autor ya era una referencia ineludible en el panorama contemporáneo de la literatura venezolana e hispanoamericana, pues en su bibliografía figuraban títulos como el célebre El mago de la cara de vidrio (1973), un texto «macluhiano», fundamental para entender la hipnosis que producen los llamados mass media; y Los topos (1975), una historia basada en experiencias del autor en la que se aborda la lucha de los presos políticos −el intento de huir del encierro− y las consecuencias cuando el individuo se enfrenta al poder impersonal del Estado. Luego ha seguido publicando títulos que han afirmado con solidez lo conseguido al inicio de su carrera, como el siempre fresco libro de cuentos El cocodrilo rojo (1987), la desternillante, y sin embargo melancólica, Si yo fuera Pedro Infante (1989) o Diario del enano (1995), una novela de dictador cuyo punto de vista está a la altura del ídem, lo que la convierte en una feroz sátira. Su novela más reciente, El último fantasma (2009), a la que todavía no he tenido acceso, se acerca a una de las figuras que le dieron forma, para bien o para mal, a la historia contemporánea: Lenin.

El autor no ha sido ajeno a los movimientos históricos y políticos de Venezuela y el mundo, siempre desde una izquierda que ha querido transformar la sociedad hacia mejores condiciones para todos; pero desde esa izquierda sensata que no se deja encandilar por el discurso populista (o populachero) del primer militar oportunista que se cuele. El que lea la obra de Liendo se dará cuenta de que no es ajeno a la lucha contra la injusticia del sistema; pero también comprenderá por qué estas revoluciones del siglo XXI no han logrado engañar sus convicciones. Tuve la inmensísima fortuna −como tantos otros alumnos a finales de los ochenta y principios de los noventa− de tenerlo como maestro de escritura, y de vida, en la Universidad.

Quiero decirlo de entrada: Los platos del diablo es una novela de corte policial que habla de otra Venezuela, de una que ya no existe, más ingenua, quizá, menos áspera; sin embargo, el libro conserva intacta la Venezuela pícara, tramposa, la falsificadora que no se para ante nada ni ante nadie. Esa Venezuela que, da la impresión, se ha adueñado de las riquezas del país y no da señales de querer soltarlas.

A mi modo de ver, se relata aquí la historia de un escritor que no puede escribir, no porque no tenga imaginación, sino porque se queda pegado en la de su rival. La narración comienza cuando Ricardo Azolar, el protagonista, sale de los tribunales esposado, acusado de plagio y del asesinato de Daniel Valencia, atractivo, rico, exitoso autor, amigo suyo, que ha muerto en extrañas circunstancias. Al parecer, Ricardo no sale de los tribunales arrepentido de lo que se le acusa; más bien parece orgulloso de la hazaña, y por eso levanta las manos esposadas y hace la «v» de victoria −pero también, para su desgracia, de Valencia, Daniel−. Se arrepiente del gesto cuando ve a Lisbeth Dorante, ex amante de su amigo y su amor imposible, aunque llegará a poseerla.

El crimen de Ricardo Azolar, en principio, es como aquel que quería De Quincey en El asesinato considerado como una de las Bellas Artes: un delito perfecto, que nadie podría descubrir y por eso mismo nadie jamás conocería su perfección. Escritor «seco», Azolar, una noche, va a casa de su amigo rico para desahogarse; este lo consuela con un encanto natural que siempre lo humilla, pero siente la reconfortante compañía del que lo entiende. Pero el destino ya está trazado en la vida de ambos: Ricardo descubre el manuscrito de la nueva novela de Daniel, y este accede a prestársela para que la lea, con dos condiciones: que no le diga lo que piensa de ella y que cuide el manuscrito como a su vida, pues es la única copia que hay. Y aunque el narrador no se lo dice al lector, es evidente que un plan se pone en marcha en la mente del frustrado escritor. Los mediocres no sirven para crear, pero para saquear son unos linces. Daniel Valencia muere, por supuesto, y Ricardo se queda con el manuscrito inédito que nadie conoce, ni siquiera el editor de Valencia.

Claro: lo publica con su nombre, con el título cambiado y modificado de tal manera que no se note la marca estilística de su verdadero autor. Por fin alcanza la fama, antes de los cuarenta años, como él deseaba, pues una sentencia de Lorenzo Barquero, ese abyecto personaje de Doña Bárbara, lo persigue: «Yo he conocido muchos hombres que a los veinte y pico de años prometían mucho. Déjalos que doblen los treinta: se acaban, se desvanecen. Eran espejismos del trópico.» Para su suerte, el manuscrito ajeno le procura la realización que de otra manera jamás hubiera alcanzado. Desde el epígrafe de la novela, tomado de una carta de Flaubert, penden sobre los personajes, y principalmente sobre Ricardo Azolar, los demonios del fracaso y la falta de inspiración: «Algunas veces, cuando me encuentro vacío, cuando no acude la expresión, cuando, después de garrapatear largas páginas, me doy cuenta de que no he escrito ni una frase, entonces me dejo caer en mi lecho y me quedo allí tendido, absorto, caído en un abismo de desesperación interna.» Quizá, en el fondo, al protagonista de esta novela no le queda otra salida más que el asesinato y el robo.

Sin embargo, este crimen perfecto tiene una fisura. La fisura que hace de la novela de Liendo una deliciosa pieza de ironía, porque el criminal jamás puede controlar todas las variables de su empresa, y por eso siempre cae. Lo sabe el comisario Colmenares, jefe de la comisión de la policía judicial que investigó el caso: sospechando del Azolar, deja que sea él solito el que se meta en la trampa.

Esta es una novela policial, sí; pero también es una reflexión sobre la envidia, la creación, sobre las oportunidades que se nos presentan para ser, o no ser. Es la búsqueda del yo falso que a todos nos acecha, y en la que casi todos sucumbimos.

Una última observación: mientras releía esta novela en la edición original de 1985 −ha conocido varias desde entonces y, por fortuna, Alfaguara ha tenido la gran idea de juntar la obra del autor en una «Biblioteca Eduardo Liendo»− resonaban en mi cabeza al menos tres «vasos comunicantes»: el episodio del cómic Sandman en que un escritor «seco» mantiene secuestrada a la musa Calíope para poder escribir una obra excepcional; la relación que mantienen con esta dos novelas: la de Ricardo Azuaje, La expulsión del Paraíso, y la de Robert Harris, El poder en la sombra, por el mundo de plagio y engaño en que se desenvuelven; y la línea que es posible trazar entre varios personajes de textos venezolanos que guardan un aire de familia por la sensación de fracaso, de destino mediocre pero tan cercano a lo épico: Juan Peña (El diente roto); Crispín Luz (El hombre de hierro); Lorenzo Barquero (Doña Bárbara); Andrés Barazarte (País portátil); Gustavo Lara (Inventando los días); Ricardo Azolar (Los platos del diablo); Eleazar (El libro de Esther); los personajes de alguna manera enloquecidos de Exilio en Bowery; y el José Antonio Ramos Sucre de ficción y magia, locura y muerte de La tarea del testigo. Todo un estudio de una parte de la identidad venezolana, pantallera, alucinada, presuntuosa, perezosa, e ineficaz.

«Si no logro realizar una obra importante antes de los cuarenta, tendré que colgarme; sería la única humillación que no podría resistir», le dice Azolar a la mujer que sí lo quiere de verdad, Sindia Santos. Y he aquí una lección impagable para ti, lector que quieres ser escritor: Aprende de esta frase, no le hagas ningún caso −pero sigue escribiendo, que nunca se sabe cuán cerca estás de la horca.

 

Los platos del diablo

Eduardo Liendo

Caracas, Planeta, 1985

127 p.