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Corocoros en Plasencia

Juan Carlos Chirinos /Leonardo Noguera

Juan Carlos Chirinos /Leonardo Noguera

Marian Castillo nos sumerge en el suspenso de Gemelas, la novela de Juan Carlos Chirinos, una obra impregnada de guiños y pistas que no llegan a develarse sino hasta el final  

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El destino es un juego inexplicable, ¿qué curioso azar puede haber incidido en los astros y el tiempo para que hoy coincidamos aquí? Lo comento porque a Juan Carlos Chirinos y a mí nos une un hilo que hizo su nudo inicial en Caracas, gracias a Silda Cordoliani, escritora y amiga en común. Durante muchos años cada uno de nosotros cargó con su ovillo por el mundo hasta que los dados nos trajeron a la casilla de España y hoy, hasta Plasencia. Y traigo a colación el juego y el destino porque son dos elementos evidentes en el libro que nos ocupa, Gemelas, esta novela de Juan Carlos Chirinos.

Dice Chirinos en las primeras páginas de su libro: “Hasta un gato sabe lo que hay debajo de sus patas, hasta un gato es capaz de oír la llegada de su amo antes de que haya pisado el primer escalón del edificio, una manera muy conveniente de predecir lo que se avecina; y nosotros ni siquiera podemos adivinar el futuro inmediato, los tres minutos que siguen.”

Así nos advierte Juan Carlos sobre la superioridad de los animales con relación a nuestros instintos. Así nos advierte también que no vamos a ser capaces de adivinar lo que acontecerá en esta historia hasta que leamos la última página, porque su autor se va a encargar de ello. Juan Carlos nos da hilo y lo recoge, jugando con nosotros hasta llevarnos al final y en el camino romper con nuestra lógica, con nuestra poca intuición y hasta con nuestro aprendizaje como lectores. Gemelas es una novela llena de guiños y pistas escondidos por los rincones. Se los advierto, no somos listos como los gatos, no sabemos lo que se nos viene encima. Así que, señores, sí, esto es una novela de suspenso.

Quizás por eso al principio Chirinos nos cose a preguntas: “¿Por qué va a estar Madrid eximida de las migraciones de los animales del trópico, si hemos sido nosotros quienes hemos destruido sus hábitats naturales? ¿Sabe usted, señor Alcalde, lo que harán los búhos reales cuando se acaben los conejos en la Península? ¿De qué se alimentará la hormiga cuando ya no haya árboles en España?” Los animales y la evidencia de nuestro comportamiento irracional contra el planeta recorren toda la historia, pero esto no es una novela ecológica, aunque no esté lejos de ella.

Es una novela sobre las ideas que se hicieron palabras, que borramos y escribimos una y otra vez sobre la misma superficie. Sí, como los palimpsestos. Porque en esta novela hay palimpsestos, detectives, forenses, un gato tahúr, un elefante, un león que se tira al cuello de la pobre Elena, ciervos, cuervos, topos, pájaros extraterrestres, y una espalda cruzada de estrellas. Como en la vida, en Gemelas se recogen acontecimientos fantásticos que el destino vuelve posibles y comprobables a lo largo del relato.

En Gemelas está Miguel de Unamuno asegurándonos que el resentimiento es un pecado mayor que la ira o la soberbia, pero también está Brahms en un allegro con brio como fondo a un arrebato de deseo entre un venezolano buenmozo y una lesbiana viuda. Y no es una novela triste, aunque haya muertes varias y un vaho de melancolía rodee a la protagonista, que no es gemela de nadie, aunque por supuesto, en Gemelas hay gemelas.

Y en esta novela está Madrid, el Madrid que vive el Juan Carlos actual, su rutina, sus calles, sus bares, su aire que puede oscurecerse o hacerse espeso. Pero también, en las plazas, en los parques, en los espacios abiertos está Valera, la ciudad de los Andes venezolanos donde nació. Y me atrevo a decir que entre la calle Segovia y la cuesta de Javalquinto, se adivina Caracas, el sopor de Caracas, la locura de Caracas, la ciudad donde estudió Letras. Estas tres ciudades y la incesante dedicación al estudio de Juan Carlos Chirinos, su amor incondicional a la palabra, su pasión por la escritura, son las bases de este juego del destino que hoy nos convoca a todos en el mismo tablero.

No solo los lugares donde ha vivido Juan Carlos de una u otra manera asoman en esta historia, también sus dieciséis años de vida en España. La forma de organizar las oraciones, el uso de los vocablos… es la voz de alguien que ya no es extranjero. Sin embargo, en este juego de ser y no ser, que no es por azar sino a conciencia, aparecen personajes que nos hablan desde el Caribe con diálogos como: “Ya ves, mijita, casi nada”, o un “¿no te parece chévere este lugar?”

Porque cuando Juan Carlos Chirinos se pone a jugar con nosotros no lo alcanzamos. Su genialidad de niño malo va, al menos, un paso por delante. Gemelas es un libro de suspenso y de jugadas planeadas por él con sus cómplices, Rubén Blades, Gregorio Marañón, Vicente Gerbasi y muchos otros. Todos ellos nos hablan desde ese lugar de recompensas, de nostalgias y dolores que es la literatura. Todos ellos, en retazos hilvanados, para lograr que esta historia se instale en nosotros.

Porque Juan Carlos convive con autores y lecturas desde mucho antes de dedicarse a esto de la escritura. Su deseo de conocer y explicar personajes lo han convertido en un especialista: ya ha publicado al menos cuatro biografías. Así como tres libros de relatos y esta, Gemelas, es su tercera novela publicada en España. Su participación en festivales y conferencias es constante y sus textos aparecen frecuentemente en revistas y periódicos. Ahora mismo mantiene una serie titulada 21 crímenes de papel en Papel Literario, suplemento cultural del diario venezolano El Nacional. Sobre la narrativa de Juan Carlos Chirinos han escrito grandes autores como José Balza, Ednodio Quintero, Víctor Bravo y Antonio López Ortega. Sus trabajos han sido recogidos en diversas antologías, y sus textos traducidos a varios idiomas. Esta novela que hoy nos congrega fue presentada en Madrid por Juan Jesús Armas Marcelo y José Esteban, por eso para mí es un grandísimo honor que Juan Carlos me haya permitido estar aquí con ustedes.

Quiero darte las gracias, Juan Carlos, en mi nombre y en el de todos los lectores por invitarnos a este juego de escondites y dados. Gracias también al destino y a su juego inexplicable que ha permitido que hoy los ovillos que llevamos a cuesta tejan otro nudo, aquí, en esta maravillosa plaza, donde hace muchos años se casó la que debía ser reina con un rey del país de al lado, mientras una bandada de ibis rojos surcaba los cielos y alguien, quizás, en algún lugar del mundo gritaba, esos son corocoros, corocoros del Orinoco.