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Contrapastoral

Contrapastoral por Harry Almela

Contrapastoral por Harry Almela

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La tierra de pan es el paisaje, el espacio externo, escenario mudo, testigo de la peripecia individual. Es naturaleza genérica y ajena siempre, sin artificios y sin disimulos, que al sintonizar con el sentir y el recuerdo se hace personal, se individualiza. Un paisaje para cada recuerdo; un recuerdo arrimado a cada imagen del paisaje. Es el reino de Pan, deidad de los pastores y del miedo inaugural: miedo, pavor, pavura.

Es paisaje que despierta el pánico, que despierta a Pan en medio de su siesta. Y con esa conmoción de psique y cuerpo, la atención se vierte forzada hacia dentro, se aparta de lo exterior para atender la emergencia de las imágenes. Con el pánico se manifiesta la realidad del cuerpo, de la emoción en estado puro, de la propia naturaleza. Con el pánico se interioriza el paisaje y se comienza a hurgar en los entresijos de la memoria.

Ante el silencio y la ceguera del paisaje exterior (ora pro nobis/ paisaje ciego) surge la necesidad de traducirlo a un lenguaje inteligible, a partir de lo que se agita con urgencia en lo subjetivo. Se consteliza entonces la poiesis, la necesidad de nombrar. Porque sin lenguaje no hay conciencia. No se accede a la conciencia si no se tiene el lenguaje necesario para formularla. En tanto requisitos de lo humano, lenguaje y conciencia son pecados originales.

Necesario es, por tanto, crear el lenguaje para entender estas parcelas del psiquismo, esta doble realidad: la objetiva, llena de cosas que protegen o amenazan, y la interior, plena de emociones, personajes, sueños, heridas y fantasías.

En Contrapastoral, Harry Almela (Caracas, 1953) dibuja un mapa de su recorrido. A lo largo del mismo –especie de Odisea personal atravesada de incertidumbres– se manifiestan cíclopes, sirenas y lestrigones que conmueven, amenazan y atestiguan la seria dificultad de tal proceso.

Almela escoge darle forma a la poiesis con el ladino, el judeo-español, la lengua de la diáspora sefardí. Probablemente porque es necesario ir más allá de lo individual y tocar lo ancestral de naturaleza y cultura. Para hacerlo retoma una lengua que ha quedado reducida a un número ínfimo de hablantes. Él entre ellos. Seguramente porque en el encuentro con lo universal lo individual adquiere un sentido diferente, más amplio y consistente, susceptible de ser compartido.

Porque la conciencia de soledad, de la casi imposibilidad de nombrar, de la inminencia del Otro –paisaje o persona– y la inescapable nostalgia de encontrar la manada, subrayan la necesidad de ser comprendido, abarcado, recibido de nuevo en esa tierra prometida, esa tierra santa que está perdida como todo paraíso. Se intuye entonces que el hogar, el regreso a casa, sólo está mediado por la muerte: si no aspiras /a la total desilusión /habrás perdido tu tiempo // lo demás /es perversión.

Pero el recorrido tiene que incluir, como lo hace, los esfuenyos, sueños que arman escenarios en penumbra donde las imágenes –que preceden a la palabra– se expresan en su propio lenguaje. Sueños que muestran cómo algo o alguien en el poeta se ha apropiado del paisaje y sus avatares dándoles nombres siempre preliminares.

Si, como advierte en su Apostilla, parafraseando al maestro alemán, el Ser es la morada de la palabra, se pone en evidencia que sin la palabra no sólo no hay conciencia, sino que parece que tampoco es posible ser.