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Comentario a la 4ta. Palabra

Cristo de la Pasión / Fotografía extraída de Internet

Cristo de la Pasión / Fotografía extraída de Internet

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46)

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Elí, Elí, Lamac Sabactaní”. Estas fueron, probablemente, las últimas palabras que Jesús pronunció desde el madero en el momento cumbre de la obra salvadora de la humanidad. Hallamos esa expresión aramaica en los capítulos 15 de Marcos y en el 27 de Mateo. Ni Lucas ni Juan registran el clamor.

El autor del texto pone en boca de Jesús las palabras del salmo 22. Texto de intenso sentido profético. En realidad, no es ipssisima verba iesu. Pero encierra una profunda verdad teológica: En Jesús se cumplen las profecías. Él es el Mesías Salvador; el Hijo de David, el siervo de Yhawé.

Los evangelios de la Pasión –ricos en contenido histórico– acaban de narrar el cumplimiento de otra profecía: el descendimiento de las tinieblas desde el mediodía hasta la hora Nona sobre el Gólgota. Está en el profeta Amós.

Entonces Jesús –que significa: “Dios salva”– realiza plena, real y completamente la obra redentora, en un acto de profunda confianza en el Padre: “En tus manos encomiendo mi espíritu”.

No, el padre no había abandonado a su Hijo en el momento cumbre de la obra salvadora en la que el hijo no podía dudar. Siendo Jesús hombre, una interpretación demasiado humana, psicologista, subjetivista, antropomórfica, no es adecuada.

El “Lamác Sabactaní” se traduce mejor –nos ayuda el gran hermeneuta bíblico que ha sido Alonso Schöckel– por: “¿Por qué te quedas sin actuar estando presente?” Jesús lo cree y en un nuevo acto heroico, retorcido por el dolor espantoso de los clavos, henchido de amor muere por nosotros.

El Amor del padre por nosotros, por ti, por mí, hace que Yhawé presencie la Pasión del Hijo, pero sin actuar anulando la obra cumbre de regeneración del género humano. La tentación está presente: A Jesús le gritan: ¡Bájate de la cruz! ¡Sálvate a ti mismo!

En los oídos de Jesús retumban las fuerzas de los azotes y las palabras de Pedro: ¡No lo conozco! Su rostro está destrozado por los golpes y el beso de Judas. En él, sudor, sangre y saliva. Solo, sediento y tembloroso. Junto a él María y Juan. Ya no ve con los ojos, sino con el corazón. Camina sofocado, deshidratado, asfixiado, no puede gritar. Murmura. Por eso la confusión de los oyentes: “¿A Elías llama éste?”

El Sabactaní viene de la raíz Shaback que significa “guardar”, “reservar”. Yahavé se guarda de actuar, se reserva una acción libre que anule de raíz la salvación de sus criaturas, nosotros.

Yahawé, nombre activo y verbo con el que Dios se le reveló a Moisés, significa el que soy-y-siendo-actúo. Yahavé actúa, pero no para que se anule la obra rendentora, sino para sostener a su Hijo, nuestro salvador, en la obra más sublime del universo: la redención del género humano.

En pocas horas, la decisión libre y radical del Hijo y la fuerza del Padre harán parir la roca del sepulcro: Jesús vivo; Yahavé actúa.

Del silencio brotará la sinfonía de amor, el cántico de los ángeles, el concierto de la creación.  Es una lección de fe. En momentos como los vividos por Jesús, sus seguidores, muchas veces, dudamos y creemos, ¡qué mal!, que Dios se marchó y nos dejó a nuestra propia suerte.

Si Dios entregó a su hijo al más terrible de los suplicios para salvarte, a ti, a mí, ¿podría él abandonarte?

Dios nos ama intensamente. Sólo así tiene sentido la entrega de su Hijo único.

Pidamos perdón al Señor, clamemos a él con grandes voces como San Juan de Dios, y él, como nuestro padre, descenderá del Cielo –en el momento mejor‒  para tendernos una mano, como la que tendió el Hijo a Pedro en el lago.