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Color Aplicado

“Venezuela sin título”, de Lourdes Peñaranda. Atrás, “Colorama” de Marylee Coll / Cortesía

“Venezuela sin título”, de Lourdes Peñaranda. Atrás, “Colorama” de Marylee Coll / Cortesía

A propósito de la exposición “Color en tres”, colectiva que se presenta en el espacio La Caja 2 en el Centro Cultural Chacao

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Cuando una obra de arte despierta la atención más allá de sus formas no cabe duda que activa nuestros sentidos, nuestra capacidad de asombro e incluso de disfrute ante la belleza. Es capaz de hacernos suspender las urgencias cotidianas al suscitar en esos instantes momentos de intensa vitalidad sensorial.

En el arte abstracto, estamos acostumbrados a ver composiciones de formas, y en consecuencia, a establecer un equilibrio entre estas. Asimismo, tendemos a sistematizar el color en función de las formas. Tal vez este ha sido uno de los principios de la abstracción geométrica y hemos visto ejemplos admirables a lo largo de la historia del arte. En Venezuela en particular, esta tendencia aún vigente desde los años cincuenta, constituye un referente invaluable para las nuevas generaciones de artistas. Muchos prosiguen en esta línea de trabajo sea mediante medios tradicionales como la pintura, la escultura, las artes gráficas, etc. o bien analizando las formas en integración armónica con el espacio. Otros, en cambio, establecen un nuevo discurso, en muchos casos sustentado en la admiración o, por el contrario, en el cuestionamiento crítico hacia obras cuyo único referente es la disposición formal de los elementos expresivos.

Ahora, cuando se trata de una obra abstracto-geométrica realizada en el contexto y con medios propios del arte contemporáneo, hay otro desafío pues, sin dejar de lado la herencia formal heredada de la modernidad, se produce una densidad particular en la obra si esta presenta una motivación conceptual subyacente. Es cuando caemos en cuenta que la obra es más que la imagen que vemos y requiere de nuestra parte una atención más profunda porque se nos pide entender las fuentes que la originaron.

Color en tres, exposición colectiva realizada especialmente para el espacio abierto de La Caja arriba, tiene esa cualidad antes descrita: activa nuestra capacidad de asombro, curiosidad y admiración. En esta, el color se vuelve acontecimiento. Elizabeth Cemborain, Marylee Coll y Lourdes Peñaranda han hecho del color más que un elemento expresivo y formal para inducir una experiencia sensorial en el espectador. Han logrado a través de sus respectivos medios –instalación y video– una manera inteligente de comunicar. Trabajan el color aplicado a un concepto que opera en varios sentidos: como elemento expresivo y conceptual, como acontecimiento espacial, como elemento de transformación e incitador de nuevas realidades perceptivas.


"Santa Lucía I y II", de Elizabeth Cemborain 

Elizabeth Cemborain registra en fotografía y video la ciudad. Realiza las tomas a medida que se desplaza a pie o en un automóvil a gran velocidad. Captura imágenes de espacios luminosos, calles, paisajes o construcciones arquitectónicas, que luego interpreta mediante diversas aplicaciones digitales. Su procedimiento consiste en ir de lo general a lo particular. Mayor es el acercamiento, mayor es el grado de abstracción de la imagen. Esta se fragmenta en franjas de colores, que si bien se visualizan en sus obras con todo el esplendor de su pureza, lo asombroso radica en saber que estos colores existen en la realidad que nos circunda pero el ojo humano es incapaz de ver. En Santa Lucía 1, video presentado para esta ocasión, Elizabeth muestra el recorrido que realiza por una calle muy colorida de Maracaibo. Progresivamente, la imagen se va transformando a medida que la artista gradualmente la va acercando. En este proceso se producen distorsiones –glitch, entre otras alteraciones– hasta llegar al color absoluto. Los tablones dispuestos horizontalmente en pared, Santa Lucía 2, muestran determinados estados de estos fotogramas que evidencian los patrones de color que la artista amplia y fija para su obra bidimensional. El color se aplica para mostrar una imagen de la ciudad.

Marylee Coll realiza una instalación con las cintas de nylon de diversos colores que se utilizan para la fabricación de sillas de playa. La pared es el soporte. Sin embargo, la manera de envolverla o forrarla la transforma en un ‘objeto empaquetado’. Las cintas se disponen verticalmente a todo lo largo de la disposición horizontal de la pared. Este formato horizontal conforma, justamente, un Colorama, título de la instalación, término que la compañía Kodak utilizó para referirse a las alargadas fotografías proyectadas desde el balcón este del Gran Terminal Central de Nueva York. La selección de los colores y tramas de las cintas –escogidas especialmente de fábrica– tiene varios objetivos: por un lado crear un tejido de color que se da por el entrelazamiento de algunas cintas que atraviesan horizontalmente las franjas verticales, tejido que recuerda, en parte, el entrelazamiento de los tejidos indígenas; por otro lado, crear un efecto cinético debido a la sistematización y reiteración de líneas de color que producen una vibración óptica.

No es la primera vez que Marylee Coll realiza una composición abstracta a gran escala haciendo una reinterpretación de la tradición geométrica del siglo XX. Lo ha hecho en intervenciones espaciales con recursos industriales no pictóricos. En 2006 realizó para la muestra El hilo de Ariadna una instalación con cintas plásticas de rodapié como analogía a la fachada de vidrio del Museo Alejandro Otero y, en 2009, intervino la piscina en La Cuadra Gastronómica logrando un tejido con cintas plásticas para sillas playeras con sentido similar a la obra que actualmente presentamos.

Lourdes Peñaranda ha centrado su obra ante todo en su fundamento conceptual. A partir de conceptos, algunos agudamente críticos, es como luego concibe su materialización a través de múltiples medios que van de la fotografía a la instalación. Trabaja con diversos referentes tomados de la realidad como del arte contemporáneo, específicamente del arte minimalista y conceptual que conoce a fondo. En tal sentido, ha planteado especialmente para el espacio abierto de La Caja, una instalación de grandes dimensiones conformada por guacales que se utilizan para la venta de frutas en las carreteras del país. Suelen ser, por su naturaleza, ventas populares muy coloridas. En este caso, se trata de la acumulación de guacales nuevos que están vacíos dispuestos de manera sistemática alternando los colores emblemáticos del país: el amarillo, el azul y el rojo. Con esta disposición refiere también a las intervenciones espaciales de Donald Judd, cuya obra ha estudiado profundamente para su tesis doctoral como para su obra artística. Es, justamente a través de estos referentes, que la artista usa ahora los colores patrios para cuestionar la inhabilidad del venezolano para reaccionar frente al vacío constitucional y al desabastecimiento generalizado que agobia al país. Con esta instalación, Venezuela sin título, el color se vuelve acontecimiento y símbolo de una identidad particular.

Color en tres, como indica el nombre de esta exposición, muestra el uso y la aplicación del color como elemento comunicante y a la vez expresivo que estas tres destacadas artistas venezolanas trabajan en sus obras más recientes. Sus propuestas sirven de eslabón para la reflexión sobre la herencia de nuestra modernidad a ojos de la contemporaneidad. Lo que es posible cuando se tiene conciencia de su ubicación en tiempo y lugar.


"Colorama", de Marylee Coll