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Coleccionistas: el deseo del próximo objeto

“El coleccionista apasionado”, PhilippBlomm. Anagrama, España, 2014

“El coleccionista apasionado”, Philipp Blomm. Anagrama, España, 2014

La aparición en nuestra lengua de “El coleccionista apasionado”, del escritor alemán Philipp Blom (Editorial Anagrama, España, 2014), nos devuelve al fascinante entresijo conceptual de lo que significan las colecciones y los coleccionistas. “Papel Literario” publica hoy el comentario de Nelson Rivera al libro de Blom, textos de Narcisa García y Grisel Arveláez, así como un fragmento del memorable texto de Jean Baudrillard, que formaba parte de su ensayo “El sistema de los objetos”

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Les llamaban ‘studioli’: habitaciones repletas de antigüedades, piedras preciosas y obras de arte que algunos hombres poderosos y cultos, en la Italia del siglo XIV, crearon como afirmación de privacidad. Sus dueños se deleitaban con sus piezas, pero también exhibían su supremacía: amaban el arte y la belleza. Hay registros de que en 1335, en Treviso, un hombre llamado Oliviero Forza tenía un ‘studioli’.

Tiempos de El Renacimiento: el espíritu científico se disemina por el mundo. Colón ha provisto a Europa de un vasto territorio por explorar. La curiosidad vive un auge. Poco a poco, lo distinto, lo extraño y hasta lo incomprensible atraen el interés de los señores. Hacia finales del siglo XVI y comienzos del XVII, el ‘studioli’ se hace insuficiente. Aparecen las ‘naturalia’, colecciones de animales, plantas y minerales. Entre 1556 y 1560, el holandés Hubert Goltzius documentó la existencia de más de novecientas colecciones en ocho países. Algunas de estas colecciones son desmesuradas. El siglo XVI marca la primera fiebre de coleccionismo en Europa.

La expansión del conocimiento, la acumulación de riquezas, el cambio en la percepción del vínculo entre el hombre y la naturaleza, la pasión por los viajes a lugares remotos, son algunos de los datos que podrían explicar el surgimiento de la pasión coleccionista. A partir de 1600, en los Países Bajos, se propaga la existencia del “armario de curiosidades”, que alcanzó una sofisticación hoy olvidada. Llegaron a tener un prestigio incomparable. Maestros ebanistas los construían: detrás de sus múltiples puertas se escondían gavetas de distintos tamaños, depósitos, escondrijos, dobles fondos y las más diversas configuraciones, donde se guardaban objetos de otros países, joyas, manuscritos, armas antiguas, animales disecados, monedas, piedras con inscripciones e innumerables otros objetos portadores de significado. Son “verdaderos microcosmos a puerta cerrada”.

Caballeros de antología

Jan Jacobsz Swammerdam (1606-1678) reunió más de tres mil insectos; fue autor de un libro póstumo: Biblia de la naturaleza. El saturnino Rodolfo de Habsburgo (1552-1612), que llegaría a ser Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, se dedicó a ampliar la que ya era una inmensa colección familiar no solo de objetos y obras de arte, sino de todo aquello que pudiese considerarse raro o valioso. A Rodolfo se debe el paso de la “Cámara de Arte” a la “Cámara de Maravillas” y, también, la acumulación como sintonía con la propia época, cargada de descubrimientos y nuevas fronteras. John Tradescant (1570-1638), creador de lo que se llamó El arca de Tradescant, que además de adquirir obras de grandes maestros se propuso acopiar “todo lo que es extraño”: cabezas de elefantes, hipopótamos, “vacas marinas”, machos con cuernos de todo tipo, aves, pieles, picos, patas, pieles de peces, trajes de armas, flautas, serpientes, víboras, toda clase de frutas, flores, semillas, piedras brillantes ymás (llegó a tener una colección de ochenta rostros tallados en semillas de cerezas). Un viajero que visitó la colección dijo haber visto una mano de sirena.

Frederik Ruysh (1638-1731), taxidermista y anatomista que coleccionaba cuerpos o miembros del cuerpo humano, armó una de las colecciones más extraordinarias a todo lo largo de Europa. Pedro El Grande (1672-1725), invertía sumas astronómicas en adquirir todo lo que fuese útil para la cultura de Rusia, lo que incluía dientes humanos que arrancaba él mismo. Sir Hans Sloane (1660-1753), médico real y propietario de una biblioteca de cuarenta y dos mil volúmenes, alcanzó a coleccionar una cantidad y diversidad tan descabellada, que además de incontables especies de plantas y animales, incluía tierras, sales, bitúmenes, micas, piedras, corales, esponjas, raíces, resinas, gomas, jugos, huevos, cálculos renales, objetos de todos los continentes, cerámicas, sellos,miniaturas, collares, anillos, adornos, esqueletos, huesos de centenares de especies, intestinos, vejigas, dientes de decenas de especies, escarabajos, balas, vestimentas, calzados, veintitrés mil medallas, cuerpos de niños que nacieron con deformidades y quién sabe cuántas cosas más: en esa colección asombrosa y desbordada tuvo su origen el British Museum. De él escribe Blom: “probablemente, el último de los coleccionistas universales”.

Y así, otros coleccionistas (estoy tentado de escribir “enloquecidos”) como Charles Wilson Peale (1741-1827), fundador del primer museo de Estados Unidos (autor del famoso lienzo La exhumación del mastodonte); Franz Joseph Gall (1758-1830), anatomista y creador de la frenología, que coleccionó cráneos y moldes de cabezas humanas. O, instituciones como la Narrenterm de Viena, donde está el último ser humano embalsamado en esa ciudad o donde hay más de cincuenta mil objetos en frascos, muchos de ellos niños nacidos con deformidades (“todo el mundo demoníaco de la mitología griega: cíclopes, criaturas con ojos saltones y sin cerebro, siameses unidos por todos los lugares concebibles, cuerpos con demasiadas extremidades, manos y pies con demasiados dedos, zarpas en lugar de manos y el cerebro hinchado de los hidrocéfalos”). William Randoph Hearst (1863-1951), que protagonizó episodios únicos de estrambótico derroche, para cumplir con su afán irremediable de posesión. Todo lo anterior sin añadir las decenas de episodios de coleccionistas de reliquias (como pedazos de piel o partes del vello corporal de Napoleón que les fueron extraídos durante la autopsia).

Universo de significados

Llega el momento de decirlo: las historias de coleccionistas desplegadas por el historiador alemán Philipp Blom (1970) hablan de una ansiedad tectónica: la construcción de un corpus simbólico que por sí mismo constituya un mundo. La Ilustración incita el paso de la gran colección privada al museo público. La Revolución Francesa, en la figura de Dominique Vivant, marqués de Denon, primer director del Museo Central de la República (más adelante Museo del Louvre), establece lo que será la museología (Denon, también coleccionista, poseía un relicario medieval que tenía astillas de los huesos de Rodrigo Ruy de Vivar –El Cid– y de su esposa Jimena, así como Abelardo y Eloísa).El siglo XIX será el de la fundación de decenas de museos en Europa, museos concentrados en los verbos de conservar y educar, instituciones deseosas en marcar el rumbo del gusto.

El coleccionismo aspira a la inmortalidad. Y a la autoridad: quien colecciona, elige y rechaza. Establece un criterio, un parámetro ‘trascendente’, como cuando se coleccionan reliquias (“las reliquias, tanto las seculares como las sagradas, nos permiten sacer provecho de un poder y un ámbito que de otro modo permanecen cerrados para nosotros”). Ciertos cultos se expanden hacia lo religioso, hasta un punto donde relicarios y colecciones se confunden. En el coleccionista subyace o está muy visible una superioridad, una suficiencia.

El coleccionismo establece un movimiento hacia adelante. Una ruta emocional: el objeto más importante de toda colección es el próximo. El que no se posee todavía. La ansiedad del siguiente no es exclusiva del gran coleccionista, también del modesto propietario de unos tazones o unos llaveros producidos en serie e inscritos en el kitsch doméstico (“El kitsch es esencialmente doméstico y domestica todo lo que pinta de oro con su despiadado toque de Midas”). Hay una industria para el coleccionista: se producen exclusividades para coleccionistas. O se coleccionan intangibles. O se coleccionan libros: “la mera acumulación de libros no constituye una biblioteca”. O mujeres, como Casanova quien, sin el ‘catálogo’ contenido en sus Memorias, habría perdido para siempre la ‘realidad’ de su colección (sugiere Blom: todo coleccionista es un Don Juan).

El próximo objeto

Que un objeto sea inútil por sí mismo o en relación a su existencia anterior (al incorporarse a una colección su utilidad real desaparece), no cambia sino que profundiza su significado: el objeto coleccionable dice algo. Desanuda asociaciones que el coleccionista entiende, tanto como sus colegas. Eso inútil porta una promesa. En esa promesa subyace su valor. Valor que adquiere dimensiones escalofriantes si se trata de un objeto único o que pertenece a lo percibido como “auténtico” (dice Blom: esa necesidad de conseguir “auténticos” es lo que hace tan próximos al coleccionista y al falsificador).

El coleccionista es un sujeto de ideas fijas. Algo en su mentalidad se aísla, se define ante lo imposible, persiste en su objetivo, compite. Quiere esto: la colección perfecta. Preciso: una colección perfecta para el complejo teatro de memorias que es la colección: memoria de los objetos; del orden en que aparecieron; memoria de lo que representan; del esfuerzo que han significado. Hay en escena “pasados personales y colectivos”. E imaginación: porque el coleccionista se proyecta de su objeto real a sus objetos imaginarios.

Pero en el coleccionista late una agonía: toda colección vive amenazada por su final. “Toda colección es un recordatorio constante de la realidad para la que se ha creado con el propósito de evitarla. Cuanto mayor es el valor de una colección, tanto más alto es el riesgo de la pérdida que representa; cuanto más fuerte es la voluntad de seguir viviendo, tanto más palmario es el reconocimiento de la mortalidad y el olvido”.

EL COLECCIONISTA APASIONADO. UNA HISTORIA ÍNTIMA

Philipp Blom

Editorial Anagrama

España, 2014