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Si yo fuera César Rengifo

César Rengifo / Foto Cortesía

César Rengifo / Foto Cortesía

El teatro de César Rengifo, libro que contiene toda su obra dramatúrgica –más de 60 dramas– es fundamental en la historia del teatro venezolano. La última noticia que se tuvo de una puesta en escena del teatro de Rengifo fue “Lo que dejó la tempestad”, excelentemente reinterpretada por la Compañía Nacional de Teatro, con escenografía y vestuario de Jacobo Borges, hace unos quince años. Si bien esta es una de sus obras más llevadas a escena, Juan Carlos Chirinos llama la atención sobre “Manuelote”: en ella Rengifo agrega un poco de fantasía al realismo que caracteriza toda su dramaturgia 

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El ser humano también se define por su necesidad de imitar; de esa manera aprende y de esa manera hace perdurar en sus descendientes el cúmulo de conocimientos. Así se perpetúa la especie, explicó hace tiempo Desmond Morris. El estudio de la vida y la actividad de los otros es conducta adquirida para salvaguardar nuestra existencia. Por eso, de las muchas maneras como puede aproximarse uno a la obra de alguien, quizás la más útil sea la identificación. En la frase que da título a esta nota (paráfrasis de Si yo fuera Pedro Infante, de Eduardo Liendo) queda plasmada la impresión que produce la lectura de la obra de César Rengifo (1915-1980; muralista, pintor, dramaturgo, profesor, director teatral periodista e historiador); también del conocimiento de su vida: la lucha por la supervivencia, desde el mismo nacimiento, la “eterna revolución” como quería el protagonista de la novela de Liendo. Cuenta Bayardo Ramírez Monagas en “Yo nací casi de milagro”, que su padre murió antes de él nacer y su madre diez meses después del parto. Sus dos hermanas mayores morirán adolescentes. La primera infancia de Rengifo transcurrirá en medio de epidemias (la influenza de 1918 llega cuando él tiene tres años) y pobreza extrema. Milagrosamente, él supera este periodo. “César nació luchando por su existencia. En su origen será un niño víctima, pero de allí brotarán su fuerza y sus aptitudes para enfrentarse a las circunstancias adversas de la vida y la sociedad donde le toca vivir", comenta Ramírez Monagas. Así vivirá de continuo tratando de expresar en sus obras la lucha del hombre dentro de la sociedad. Un cuadro suyo, Su música interior, muestra a un “niño descalzo tocando un violín sin cuerdas con una vara recién cortada que aún conserva dos tiernas hojas”. En él refleja aquello que, siendo imposible, se puede soñar –¿o se puede lograr con perseverancia? El niño es como el arquero de aquella fábula que, de tan diestro, podía derribar una paloma volando muy lejos solo con el arco tensado, sin usar flechas.

De lo histórico y lo dramático

Lo del violín tiene su parte biográfica: él quiso aprender a tocarlo, pero al parecer carecía de oído. O poseía el oído silencioso del pintor y el dramaturgo. De hecho, su padrino de confirmación, José del Carmen Toledo lo ayuda a ingresar, a los ocho años, en la Academia de Bellas Artes de Caracas. Allí estudiará entre 1923 y 1935 dibujo, pintura y escultura. Uno de sus compañeros de clase será Héctor Poleo. Más adelante el Dr. Pedro Pablo Hernández Mujica le dará clases de violín. Este hombre, químico, farmacéutico y lector de Marx y Lenin, es quien le enseña las primeras ideas marxistas, que sin duda alguna aparecen en su obra dramatúrgica.

El teatro de Rengifo se compone de más de sesenta obras y, según Susana Castillo (El desarraigo en el teatro venezolano: marco histórico y manifestaciones modernas), se pueden clasificar como un “friso histórico”: “la época de la conquista, la pre-independentista y las guerras de independencia, las guerras de la federación y el ciclo petrolero”. No es extraña la comparación pictórica, porque el teatro también es una pintura de situaciones y personajes. Sobre lo histórico y lo dramático Rengifo ha dicho: “Cuando escribo teatro, aunque sea histórico, siempre busco que esos elementos jueguen dramáticamente en función del presente y precisamente yo creo que una de las maneras de conocer el presente es mediante elementos que nos aportan el pasado. El teatro que yo escribo debe cumplir esa misión”. Una de sus piezas breves, Manuelote (1950), que pertenece al segundo grupo, muestra al esclavo que por encima de todo es fiel a sí mismo: en plena invasión de Boves a Caracas, el esclavo esconde a su amo mal herido en su choza hasta que sus amigos regresen, pero su esposa –Petrona– quiere denunciarlo para cobrar la recompensa que los españoles ofrecen por delatar a los insurrectos. Pero Manuelote será fiel a la palabra empeñada de proteger a su huésped y, para evitar que su esposa lo delate, la mata. Finalmente recogen al malherido y Manuelote rechaza unas monedas que le ofrecen, porque él lo ha protegido no por dinero sino por solidaridad humana. Y en un breve monólogo decide unirse a las fuerzas de Bolívar, con la esperanza de que “­¡Debe haber algo por lo cual mueren y se sacrifican tantos!”. Reconcentrado sobre este personaje destaca la valoración ética suprema: ser fiel a uno mismo, por encima de cualquier cosa, incluso la pareja. Aquello que Bertoldt Brecht plasma en obras como Madre Coraje y sus hijos, la ética (y estética) que la guerra impone sobre el hombre, aparece aquí como extraña fidelidad de un hombre por su amo, y a pesar de ser su amo. Bajo la luz posmoderna que nos alumbra en este final de milenio, no deja de ser chocante el ámbito ético (idealista, grupal) de la obra de Rengifo; para jóvenes aún capaces de leer, sumergidos en las individualidades de la world wide web y el ciberespacio, darlo todo por un prójimo en apuros es, a lo sumo, una novatada. Muertos los dioses, las ideologías, derrumbados los muros, mientras mises y golpistas se rifan los ámbitos de poder, y con Fidel Castro anciano la obra de César Rengifo parece oler a álbum de abuelita, a museo. Ciertamente, hay aspectos en el teatro histórico de Rengifo que pueden chocar, porque están escritos desde una perspectiva “realista”, “documental” que poco nos dice en un mundo lleno de chips y Spice girls. De hecho, otro comentarista de su obra, Manuel Galich dice: “Creo que el mejor teatro es el que refleja la realidad de su tiempo y del medio social en que se vive, no solo para desnudar esa realidad, sino también para motivar en el espectador el impulso de cambiarla”. Eso sucede en Rengifo, tal como ocurre con Moliére, con Peter Weiss, con Lorca y con el teatro estadounidense de Tennessee Williams y Arthur Miller. Pero tal vez ya no más.

Real y fantástico

Otro tipo de obras, fuera de ese “friso histórico”, revelan un Rengifo realista, pero con visos fantasiosos como los podríamos hallar en las piezas neoyorkinas de Woody Allen. Los Canarios podría ser un ejemplo interesante de comentar. Una joven rica está esperando al que va a ser su prometido, un joven noble arruinado a quien no conoce y a quien, desde luego, no ama. Sabe por referencias que es maniático y frívolo. Pero llega el prometido y la joven descubre que, muy al contrario, se trata de una persona sensible, soñadora como ella, y que tiene en la libertad su mayor anhelo. Desprecia el dinero y la vida mundana. Ella decide que sí, que se ha equivocado, y que el hombre que por conveniencia va a ser su esposo se ha ganado su corazón. El punto de giro de la historia se revela cuando la chica descubre que ese que está allí con ella hablándole de la libertad y la importancia del amor no es sino un loco escapado del manicomio de al lado que, en su huida, se lanza por el balcón y muere. El verdadero prometido la espera en el salón principal, pero ella, ya transformada por las palabras del loco a quien amó un instante, decide rechazar la oferta y salir “a volar en busca de la vida”, como los canarios de la jaula vacía que todo el tiempo adornaron el escenario. Toda una historia cruel con final feliz utopista. Una puesta en escena atrevida podría convertir toda la escenografía en una jaula, animalizando a los personajes. Una obra de un hombre que dejó testimonios de su generosidad en las declaraciones de sus amigos, que luchó para vivir y vivió la vida con todas sus variantes; y que dejó para nosotros su presencia en obras como el mural de la plaza Diego Ibarra, donde el mito y la historia de Venezuela recorren la silenciosa pared.

Sobre su mano, un barco

Yaubrala es un libro azul. Su autora es Ernestina Salcedo y en él habla de sus experiencias con prosa delicada, como el agua de una fuente. Ella me lo regaló con su dulce amabilidad. Me interesa de este libro, ahora que nos acercamos a la vida y la obra de César Rengifo, su portada: un barquito de papel con una bandera nacional navegando sobre una mano. De más está decir que es la definición exacta de lo que con ese texto quiso transmitir la autora. No bastaría este dibujo para entender de qué manera la dimensión estética y la ética están enlazadas en Rengifo; habría que indagar más, leer más, mirar más cuadros. Saber que él hizo de la escritura un camino doble: el trazo de palabras y el trazo de imágenes, que –en definitiva– son la misma cosa. Rengifo era el escriba egipcio y el shamán cazador a un tiempo. Pero también viajador. Después de estudiar en Caracas Dibujo, Pintura y escultura, viajó a Chile a estudiar Técnica y Enseñanza de las Artes Plásticas y Aplicadas y luego en México estudia Pintura mural. En 1939 presenta su primera exposición individual y comienza su labor periodística, co-fundando Últimas Noticias y el semanario Aquí está ..! Su producción como dramaturgo se inicia en 1938 con el drama Por qué canta el pueblo y llegando a escribir más de sesenta obras. Su obra está compuesta por teatro, poesía, charlas, disertaciones, artículos, notas, narrativa, prólogos, entrevistas, ilustraciones, filmografía, discografía, crítica y biografía. Murió en 1980.

Entre tablas y talleres

Por Jesús Sanoja Hernández

En aquel mayo de 1915 en que César Rengifo vino al mundo la compañía Rueda montaba en el Teatro Caracas la zarzuela Amor que mata y acababa de estrenarse en el ahora restaurado Teatro Municipal Madame Butterfly, ópera que causó sensación en “la sociedad capitalina”. Quedó en la memoria de Job Pim, quien en la materia era un fanático, y en la de Gustavo Machado, joven recién salido de La Rotunda.

Eran asimismo los tiempos de encumbramiento de Ayala Michelena (Al dejar las muñecas), de los sainetes y el teatro costumbrista, donde el sabor local predomina sobre el contenido universal o los problemas existenciales. De alguna manera, esa tendencia permaneció viva, salvo algunas excepciones, hasta los años 40. El teatro que le tocaría afianzar a Rengifo sería de otro tipo, de profunda inspiración histórica y con entonación social que le venía de su visión marxista de las artes y las letras.

La pintura en 1915 estaba dominada por los zapadores del Círculo de Bellas Artes, peritos en la captación del paisaje. No sería esta la obsesión de Rengifo, una vez que se decidieron por la pintura, sino la del hombre frente a los desafíos sociales, concepción en la que debió influir sensiblemente su paso por México, donde la influencia del muralismo era muy difícil de ser evitada. Que Rengifo, asimismo, hubiese tocado en Chile, de intensa actividad literatura y política, con un Partido Comunista pionero en América Latina, contribuyó a provocar en él esa zambullida en las aguas del “arte social”.

“El muertico”, como lo mentaban los venezolanos que cayeron en el México carenista, además de pintor entrenado en la Academia de San Carlos y en la Escuela de La Esmeralda, fue periodista en los años 40, tanto en publicaciones donde los de Unión Municipal y Unión Popular tenían el mando, como en El Heraldo, ya en manos de los Corao, y del cual llegó a ser jefe de redacción.

Y no conforme con las tablas y los cuadros y las letras de talleres periodísticos, Rengifo acometió la docencia. Fue profesor en Historia del Arte en la Escuela de Artes Plásticas de la ULA y profesor de Historia del Teatro en el Curso de Capacitación Teatral de la Dirección de Cultura de la UCV, y además director de esta curiosa escuela donde impartieron clases Romeo Costea, Enrique Izaguirre, Hugo Baptista y creo que Humberto Orsini, Rafael Briceño y José Ignacio Cabrujas.

Tal vez Cabrujas, en Juan Francisco de León, haya acusado influencia del teatro histórico-social de Rengifo, como también de los experimentos del Teatro Universitario dirigido por Nicolás Curiel. En cuanto a Rafael Briceño, habrá que recordar que “el último texto” de César Rengifo fue el leído en el homenaje que se le hizo a ese gran actor, seis días antes de morir el creador de Lo que dejó la tempestad, parte final de la trilogía (o mural) sobre la Guerra Federal. Contaba allí lo sucedido con el montaje de esta obra. El segundo acto parecía no empezar nunca, a pesar de los timbrazos que lo anunciaban, por lo que él decidió salir a la calle en plan de huida ante el derrumbe del montaje: “Cuando había avanzado algo más de una cuadra sentí que un joven corría hacia mí llamándome mientras me anunciaba que el acto había comenzado”.

En realidad el actor no había llegado sino que Rafael Briceño, homenajeado y a la vez espectador inquieto, había subido al escenario y asumido el papel de Ezequiel Zamora: “Enterado él de las atribulaciones que ocurrían tras bastidores, fue a los camerinos y resueltamente se decidió a encarnar el papel del héroe federal, si alguien le apuntaba... Y lo hizo con dignidad y brillantez. Y el espectáculo y el Festival pudieron continuar”.

En 1977, Casa de las Américas, con el título de Teatro, reunió de Rengifo los dos murales trilógicos: el de la Guerra Federal y el del Petróleo. Son dos visiones de Venezuela, una centrada en el país agropecuario, el de las contiendas intestinas, otra dirigida al nuevo país que comenzó a crecer en el Zulia, pero ambas alimentadas por la pasión crítica y el fervor marxista.

*Publicado el 16 de agosto de 1998.