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Celebrar la vida cada día: Sobre los Diarios de Anaïs Nin

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo” es una de las frases más de citadas de Anaïs Nin, admirada escritora de la vanguardia francesa /Fotografía tomada de Internet

“Cualquier forma de amor que encuentres, vívelo” es una de las frases más de citadas de Anaïs Nin, admirada escritora de la vanguardia francesa /Fotografía tomada de Internet

Este ensayo forma parte de la colección La guayaba de Pascal, que además de ensayos de Norma J. Socorro M., incluye de Claudia Márquez, Elsy Manzanares, José Rivera, Luisa Helena Calcaño Gil, Omar Astorga, Ramón Peña Ojeda y Vilma García Salge (Ediciones La Guayaba de Pascal, Caracas, 2013). La Guayaba de Pascal se presenta como un grupo literario, surgido de un taller de ensayo conducido por Armando Rojas Guardia

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“Escribir...para encontrar a mi padre, para

encontrar a Europa. Para evitar la desaparición

de la gente que amo. Escribir contra la

pérdida, el desarraigo, la destrucción...”

Anaïs Nin, Diarios


Desde un rostro casi transparente dos relámpagos oscuros miran frontales a la cámara fotográfica. Sentada con desenfado en la grama de algún jardín, su amplio y volátil vestido negro dibuja a su alrededor un suave oleaje de encajes, creando un efecto especial, en lo que es sin duda una puesta en escena de alta factura estética. Sus manos, que reposan con suavidad una sobre la otra, no escapan al juego de la belleza frente al lente.

En una fotografía que conservo, Anaïs Nin se muestra en lo que creo es su esencia más genuina: directa al abordar la vida, rebelde a las formalidades de su época y, sobre todo, sensible a lo bello como forma de expresión vital.

Nacida en París en 1903, hizo de su vida en esa ciudad, así como en Barcelona y Nueva York, los escenarios para desarrollar su carrera literaria, su vocación protectora (para nada de mecenas) de artistas y escritores, y su nada convencional manera de vivir en forma apasionada sus afectos.

Por alguna razón –varias seguramente–, Anaïs Nin formó parte de mis referentes fundamentales en buena parte de los años ochenta, esa década que economistas y sociólogos denominaron luego “la década perdida” para nuestros países latinoamericanos.

Desde luego, esa denominación no alcanzó siquiera a rozar la intensidad de mi vida en esos años: matrimonio, hijo, divorcio, carrera profesional, cuestionamiento y deserción de la praxis política, en fin, un período personal para nada perdido, y sí bastante fecundo, cuyo muy diverso telón de fondo referencial sin duda incluía también la obra de Nin.

Digo la obra, pero en realidad fueron solo sus Diarios la verdadera inspiración, la chispa, la referencia obligada para una joven adulta caminando en medio de ese fuego cruzado que eran los maniqueísmos propios de una ideología que, a medias, aún compartía, y el intenso anhelo de libertad y expresión individual.

Y es que cuando intentaba encontrar igual motivación en la obra literaria “formal” de Anaïs, en sus novelas, me topé siempre con una gran frustración: sentía que en la búsqueda expresa del lenguaje literario, en la novelización de la vida, que era lo que los críticos exigían de ella, la escritora perdía su encanto, la fogosidad y lo espontáneo de su hablar apasionante; pasaba entonces a convertirse en alguien desconocido para mí, que incrédula me preguntaba si esa era la misma Anaïs, mi Anaïs, cuyo discurso ahora no alcanzaba mi mundo sensorial ni mis emociones.

Pero volviendo a los referentes personales, creo que con Anaïs Nin me ocurrió esa particular comunicación interna o identificación, si se quiere, que establecemos con los seres que sentimos, por alguna razón o sinrazón extraña, muy cercanos a nosotros. Personas (antes que personajes) que aun sin haberlos conocido o siquiera compartido su época forman parte de un tipo raro de afectos, de una sutil esfera afectiva con la cual poco tienen que ver las explicaciones racionales.

En sus diarios, muchos autores nos dejan entrever su particular mundo de relaciones y vínculos afectivos, así como sus desafectos. En el caso de Anaïs Nin, las múltiples capas y texturas de su entorno íntimo, de sus vínculos personales y amorosos, se irradian al mundo artístico y literario de su época; con ello, la autora nos propone un rico entramado de referencias e hilos conductores que son oferta tentadora para quien tenga la curiosidad de seguirlos. Quien siga las pistas, puede armar un suntuoso y apasionante mapa de vida.

En mi caso, conocí y comencé a frecuentar la obra de escritores como D.H. Lawrence y su sugerente literatura, o el también británico Lawrence Durrell, cuyo Cuarteto de Alejandría sería, y sigue siendo para mí, objeto de permanente asombro. Otros personajes que recuerdo parte del mundo Anaïs: Dalí, James Joyce, Antonin Artaud, Djuna Barnes y, por supuesto, por razones de altísimas pasiones, Henry Miller y su esposa June, formando los tres un incandescente trío amoroso; ellos y muchos más desfilan en los Diarios, en testimonio de primera y sensible mano.

Por otra parte, en ese prolífico universo de la autora, es inolvidable la narrativa de algunos de sus viajes, con esa su visión caleidoscópica de todo lo que afecte los sentidos: Marruecos, Fez o Casablanca adquieren el carácter de ciudades deseadas a partir de su mirada. Así, ahora como entonces recreo aquella mixtura fragante de especias diversas, clavo, cúrcuma, canela y jazmín, en una única y virtuosa mezcla con el hachís en los mercados; escuché y ahora de nuevo los oigo, sonoridades metálicas de los orfebres domesticando cobres, bronces y plata, en intrincada conjunción con el canto del almuecín llamando a la oración, y de trasfondo otro llamado, este profano, el de los comerciantes invitando a los transeúntes a sus tiendas, y el bullicio del regateo en los tenderetes.

La lectura de esas crónicas de viajes dejó en mí una impresión única de esas ciudades, a través de una impecable narrativa de lo sensible; para mí, son memorables esas descripciones a partir de la riqueza sensorial, y así perduran.

Otro caso es su literatura erótica hecha, sí, por encargo de algún millonario que le exigía lo inexigible a una escritora como ella: distancia en la expresión estética y en la imaginación sensible. En esos casos sus libros (los más importantes, Delta de Venus y Pájaros de fuego), surgieron como un forcejeo con sus “clientes” literarios, que le reprochaban tanta “innecesaria” poesía en lo que según ellos debían ser directamente descripciones. A qué tanto rodeo para sus propósitos.

En su faceta protectora de artistas, esos cuentos eróticos (con comprador seguro), darían el dinero necesario para ayudar a la obra de otros escritores en la pobreza de sus inicios, hijos suyos, como Anaïs les llamaba.

No puedo evitar sentirme tan a gusto al escribir estas notas; tratando de explicar mi atracción por los Diarios de Nin, llego a la conclusión que tanto en la vida real como en la literatura solo lo que lleva el sello de lo genuinamente sentido, de la pasión vital, puede manifestarse más allá del reino de lo necesario y de la estricta forma, para devenir en algo de mayor significación y aun trascendencia. Creo que esta es la explicación a la sustancial diferencia entre los Diarios y la obra “formal” de Anaïs Nin.

Pero ahora escarbo de nuevo en la memoria, sobre cómo llegué a conocer a esta, más que escritora, gran motivadora del vivir a plenitud: fue en la formalidad burocrática de mi trabajo. En ese entonces, un ceñudo señor, emigrado de la dictadura chilena, me inició en la lectura jubilosa, sistemática y casi adictiva de la obra de Anaïs Nin.

Para mi fortuna, el mencionado personaje un día perdió todo el empaque de encumbrado teórico, casi inaccesible para los más jóvenes, para comenzar a hablarnos de algunas de sus pasiones, entre ellas, los Diarios de Nin.

Recuerdo que conociendo él mi afición por la lectura, hizo énfasis en captarme para la que luego yo reconocería como una escritora de culto: sin ser muy conocida, sin embargo, los que se acercaban a ella se convertían en asiduos y fieles testigos de los avatares de diverso signo que narraba sin ambages en cada entrada de esa su bitácora personal.

El enganche para mí fue inmediato: bastó comenzar el tomo 1 de sus Diarios para no poder dejar de leer uno solo de ellos, y de allí pasar, sin grandes glorias como ya mencioné, a la obra literaria formal de la escritora, sus novelas Invierno de artificio, Bajo la campana de cristal o La seducción del Minotauro, tal vez las más importantes.

Recuerdo devorar literalmente aquel registro vehemente de hechos, amores, personajes literarios y artísticos, esperando impaciente la llegada a las librerías del siguiente tomo, como si su vida y algo de la mía hubieran quedado suspendidas en el ínterin entre uno y el otro de siete libros que hacían la edición completa de los Diarios que yo coleccionaba.

Mientras tanto, en el grupo de amigos por mí “iniciados”, todo tipo de comercio se daba en torno a la obra de Anaïs; así, llegábamos a ella no solo por la consabida compra, sino que eran frecuentes los préstamos de algún libro, o los intercambios de un tomo por otro, por no decir que en algún momento cierta mano amiga (de eso no hay dudas) sustrajo de mi casa el tomo 7, difícil de conseguir en ese momento.

Ni qué decir de la euforia compartida al dar con alguna “joya” de la escritora: así, encontré en Buenos Aires lo que luego supe eran los antecedentes tempranos del diario de Nin, el diario de sus 12 años, que ella comenzó a escribir como forma de comunicarse con su padre, de narrarle su vida a un padre ausente.

Esa anécdota incluye también el extravío de mi descubrimiento, al dejarlo en un taxi en mis andanzas por Caminito. Recuerdo mi temor de que no hubiera más ejemplares en aquella librería bonaerense; afortunadamente sí los había, y conocí de las dudas, miedos y alegrías de la Anaïs de 12 años; con ella pude también reconocerme en los míos cuando era niña, cuando mi padre y yo sufrimos temporalmente nuestra mutua ausencia, sin duda otra razón para verme reflejada en esos Diarios.

Pensando ahora sobre esa experiencia magnífica que fue compartir la vida de esta escritora, creo que en ciertos momentos, en esas diversas etapas definitorias de nuestro viaje vital, a veces tenemos la fortuna de encontrar ciertos personajes ideales o modélicos, presenciales o no. Ellos encarnan algunos de los anhelos y valores propios, representan los deseos de hacer de nuestra vida un espacio de realización lo más cercana a quienes creemos que somos.

Bien sea por el simple interés que nos despiertan por su relación con ciertos temas o, como es este mi caso con Anaïs Nin, por la identificación que establecemos con ellos, la lectura de los diarios de vida de algunas personas nos permiten ejercer cierto voyeurismo inocente, encontrar espejos donde mirarnos y conectar con nuestras propias reverberaciones y opacidades.