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Con Cela en El Jardín de las crepes

Camilo José Cela / Foto: http://loffit.abc.es/

Camilo José Cela / Foto: http://loffit.abc.es/

“Ni Luis Beltrán Guerreo ni cualquier escritor venezolano que se preciara de serlo había perdonado a Cela lo de ‘La catira’ y su primer viaje financiado a Venezuela con motivo de escribir la tan controvertida novela”

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El día en que la Academia sueca anunció el ganador del premio Nobel de Literatura de 1989 fue un viernes. Era la época en que los columnistas de El Nacional debían llevar, o hacerlo por medio de segundos, sus trabajos a la redacción en Puerto Escondido. No se disponía todavía del fax que tanto aliviaría nuestros viajes o al menos no había llegado todavía a Venezuela. Bajaba yo aquella tarde de entregar mi artículo de los lunes y María Beatriz Medina quien dirigía a la sazón El papel literario, me comunicó la noticia: acaban de otorgar a Camilo José Cela el Nobel de Literatura y me gustaría publicar una reseña el domingo. Me prestó una brother eléctrica –el mayor adelanto entonces– y en su oficina y redacté a vuelapluma la reseña requerida.

El domingo en la cola del cine del Trasnocho de las Mercedes, Luis Beltrán Guerreo, el incombustible Secretario de la Academia de la Lengua y defensor a ultranza, a lanza y adarga, de la literatura venezolana, me reclamó desde donde él estaba con una voz a la que le sobraban ostensiblemente decibeles:

–¿Y de dónde has sacado tú eso de que Camilo José Cela es un idiomático?

Ni Luis Beltrán Guerreo ni cualquier escritor venezolano que se preciara de serlo había perdonado a Cela lo de La catira y su primer viaje financiado a Venezuela con motivo de escribir la tan controvertida novela. Pero, para la época de la concesión del premio Nobel o tal vez a beneficio de esta circunstancia la fama de Cela era compartida en buena parte por el lector venezolano, según quedó demostrado en la afluencia de gente que acudió a las cuatro conferencias que el autor de La colmena había dado seis años antes, en 1983 en su segundo viaje a Caracas. Dos de esas conferencias fueron en el Iesa y otras dos, en el Aula Magna de la UCV. La del Aula Magna a casa llena, en todo caso, al igual que las del Iesa.

El día que habló en la Universidad Central de Venezuela sobre Elogio del vino, tuvimos un encuentro previo con Cela y algunos escritores más, entre  los que se encontraba Elisa Lerner, en las oficinas de la Dirección de Cultura. Las preguntas incisivas las hizo Elisa Lerner quien, como es sabido, no da puntada sin dedal, o como se decía de aquel prohombre, solo tenía una palabra para cada cosa, pero era la justa.

De todas maneras, Cela guardó las formas cuando Elisa se sintió como descolocada cuando habló de los “negros” que en aquel momento eran la sombra de algunos escritores españoles. Tuvo que aclarar que se dice “negro” a quien escribe cosas que firmaba otro para publicarlas.

Pero en el orden de los acontecimientos de aquellos días de Cela en Caracas, el rector de la Universidad me encargó a mí, Coordinador entonces del Rectorado, que acompañara a tan ilustre escritor. Disponía al efecto de carro y chofer y este sobresalía en estatura sobre lo que solía verse por la calle.

–¿Y tú no crees que se le pueda ocurrir a alguien darme un par de trompadas por lo de La catira?

–El chofer  anda armado –mentí– y ya se sabe que las armas igualan a los hombres, así que tranquilo en ese aspecto.

Después de la conferencia y respondida la pregunta de que a qué hora se cenaba en Caracas, fuimos por insinuación suya al Jardín de las Crepes en las Mercedes: “Ese es un lugar donde hacen de camareras unas chicas que me dicen que son muy guapas y este es un detalle a copiar en Europa”.

Caracas atravesaba por aquellos días una de esas épocas conocidas como las del dobladillo o del outlet, así dicho porque cuando los valores de la bolsa caen, las faldas suben. Bueno, las faldas y el dinero. Algo que se traduce, por otra parte, en la necesidad de sustituir lo visible complicado por lo invisible simple. En eso andábamos en ese momento en esta ciudad que, como se dijo de Madrid, era una ciudad amable, pero mentirosa.

Habló, mientras comía las crepes de tanta calidad, según dijo, como las que podían haberle servido en Saint Michel en París. Pero, concluida la cena,  se hizo dueño absoluto de la tertulia de sobremesa, de modo que sobre las doce recomendó al dueño que clausurara el local y nos sirviera unas copas de cazalla, si había, o en su defecto, de alguno de esos euforizantes italianos a base de buen aguardiente. A las dos de la mañana nadie se había  movido de su asiento y las ocho muchachas que se desempeñaban como camareras no volverían a escuchar en su vida piropos como los que Cela les endilgó con primor y modo aquella noche.  

Cuando alguien apuntó que Cela había estado un poco esquivo tanto con la prensa como con quienes habían llevado alguna obra suya para que se la firmara, contó que la popularidad no siempre paga su precio en oro, sino más bien recurriendo a la envidia. Se refirió a algo que le había sucedido meses atrás en la ciudad de Quito donde había sido invitado a dar unas conferencias. Resulta que un grupo de escritores agrupados bajo una sigla habían publicado el día anterior al evento un comunicado en la prensa con el fin de desanimar a la gente a asistir a las conferencias de un franquista que había sido censor  del régimen.

–Lo que ignoraban aquellos señores es que yo tuve que publicar La colmena en Buenos Aires porque no me dejó hacerlo en España la censura de Franco. En alguna época yo también había tachado algunos párrafos a escritores, más bien por mediocres, que por causas políticas.

La cosa es que, según refirió, al día siguiente de la conferencia que reunió a un público ni mucho ni poco, pero en su justa medida, el grupo que había tratado de vetarle, se encontraba sentado en la marquesina de uno de los cafés cerca de donde compartía  mesa Cela con algunos amigos y admiradores que nunca faltan. Parece que incitados por la curiosidad, decidieron los de la otra mesa enviar a Cela una nota con un camarero invitándole –pelillos a la mar– a compartir con ellos.

Sin pensarlo dos veces, Cela escribió al dorso de la nota enviada una respuesta a la invitación… “Les agradezco el detalle por la invitación cursada, pero quiero hacerles saber también que el servicio de limpiabotas del hotel ya me pulió los zapatos esta mañana, así que por hoy les ahorro el trabajo”.

Poco después sin que mediara, como creía Cela, algún quid pro quod, se levantaron y se fueron.

–Pero aquí no quiero repetir la experiencia, porque me han hablado, y tengo pruebas, de la mala leche que se gastan los venezolanos.  

Y uno que ya escuchó en su momento a tertulianos de la más exquisita condición que se desenvolvían con un estilo arrobador, puede decir  ahora que  no ha vuelto a encontrar a nadie que haya contado esas historias de la historia de la literatura castellana y de los hombres que la hicieron o la estaban haciendo con tanto ingenio y buen decir como lo hizo Cela aquella noche. Calificados como señores o señorucos iban desfilando nombres, libros, obras de teatro, poemas y demás piezas del campo de la literatura como quien las extrae de un pozo sin fondo, señalando virtudes o defectos como si se tratara de los personajes a los que había dado él mismo vida en sus escritos:

Mi padre se llamaba Esteban Duarte Diniz, y era portugués, cuarentón cuando yo niño, y alto y grande como un monte. Tenía la color tostada y un estupendo bigote negro que se echaba para abajo. Según cuentan, cuando joven le tiraban las guías para arriba, pero, desde que estuvo en la cárcel se le arruinó la prestancia, se le ablandó la fuerza del bigote y para abajo hubo que llevarlo hasta el sepulcro –escribió de uno de los pobladores de sus relatos, personajes de los que haría luego una cumplida nomina, y entre ellos, y todos en conjunto vienen a constituir un trasunto de lo que fue, era siendo y seguirán siendo quienes se afanan en la vida española –a juzgar por lo que está pasando– dentro de esa picaresca tan bien resumida por Quevedo con aquello “de que metía el dos de bastos para sacar el dos de oro” tanto otrora como hoy.

Un par de años después de todo esto: de haber cuidado sus espaldas en Caracas, según me dijo Cela, nos vimos en Madrid. Me regaló un ejemplar dedicado de Los vasos comunicantes. Y es allí donde aparecen Elogio del vino y Sexo en frio que fueron los títulos de las conferencias  de Cela en la UCV.

Repasándolas ahora con ocasión del centenario de su nacimiento (que no me hagan estatuas al aire libre, decía su amigo Baroja, porque sufro de reuma) yo debí haber recomendado a Luis Beltrán Guerreo, cuando aquello de quién me autorizaba a llamar idiomático a Cela, leer estos ensayos para que viera el autor de Candideces cómo se corta el bacalao cuando el bacalao viene de mares tan lejanos como este que a su llegada a las costas gallegas se convierte en a Costa da morte, (la Costa de la muerte) sobre la que versa por cierto Madera de boj, una de las más importantes novelas de todos los tiempos en lengua romance. Lo que pasa es que cuando fue publicada esta última obra de Cela, ya el que fuera secretario vitalicio de la Academia de la Lengua no estaba entre nosotros.

Otro escritor del mismo apellido que Luis Beltrán Guerrero, Gustavo Guerrero, parece haber puesto con su obra, premiada por Anagrama, Historia de un encargo, sin concesiones ni preámbulos –directo y al toro– fin a la polémica de La catira que tanto contribuyó al mal y buen fario de Camilo José Cela en sus dos viajes, que se sepa, por tierras venezolanas