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Castillo Zapata: el diario contras las oscuridades

Rafael Castillo Zapata / Foto Williams Marrero. Archivo El Nacional

Rafael Castillo Zapata / Foto Williams Marrero. Archivo El Nacional

El diario encierra y abre enigmas, escapándose al dedo neblinoso de la memoria. Siempre se es tarde para atrapar el instante, es verdad; pero lo que cuenta, en todo caso, es la voluntad del anotador para poner orden en esas “oscuridades” que lo circundan 

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Trato de asomarme al reto de escribir en este diario sobre Rafael Castillo Zapata (1958). Forma parte de un deseo que también ha nacido con otros diaristas que he leído: Musil, Rama, Oliveros, Carpentier, Piglia, Benjamin, Miranda, Camus. Lo lógico es enfrentarlo mediante el vuelo circular, divagando, ensayando. Dejarse perder por lo menudo, por lo inagotable. El afán inútil de querer abarcar toda la vida del diarista, sus intereses y lecturas, sufrimientos y rutinas intelectuales. Vencer este deseo del texto total, donde se agote todo, inclusive el silencio. ¿Escribir sobre estos amigos diaristas para vencer los mismos fantasmas que me embargan desde el 2007? Al leerlos me siento igual a ellos. Esta “igualdad” de la existencia ante el ruido del mundo. Obtener de ellos el combustible que me haga seguir firme en esta empresa de anotarlo todo. Buscar en los espejos ajenos la luz generosa de la experiencia. Quizás alguna promesa que nos haga sentir más vivos.

La lectura, el destino

Los diarios de Rafael Castillo Zapata publicados en cuatro tomos por la editorial venezolana Laguna de Campoma (2012-2014) dan cuenta de su amor por la docencia en las aulas de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Preparar clases, dictar talleres, armar conferencias, investigar y trocar sus proyectos en ensayos y poemarios, todo se resume en la entrega al otro de lo que se sabe y lo que se sueña. Invitar a los cursantes a navegar entre los textos, insistir en las ideas y en sacar chispas de ellas, como el capitán y su tripulación. Tal emoción reveladora, confiesa el 19 de enero del 2010, demuestra “con fuerza nuestro destino de catalizadores de reacciones”; asombrarse con alegría de que se ha “logrado provocar a los otros con nuestras piruetas”. Es pasar el testigo del saber y multiplicarlo acaso con la esperanza de que prenda más adelante.

Hay un filón que gravita en este diálogo docente que deseamos resaltar: la lectura como eje vital del intelectual. La comunión con el libro y sus fantasmagorías –a lo Walter Benjamin– supone una voluntad de relacionarse con la realidad. Antes que escritores y profesores, somos lectores. De allí que Castillo Zapata se autodefina como un “lector melancólico que escribe y expone sus lecturas”. Lector que existe para “rodear y merodear” la magia de las páginas y sus fugacidades. Faena donde el lector, siguiendo a José Lezama Lima, se constituye “como interrogación que no concluye”.

En el tomo II, titulado Tratados. Las palabras y los días (2009), el crítico caraqueño expresa quizás una de las claves más sugerentes de este destino que lo marca. Quiero citarlo aquí para masticarlo nuevamente; el 29 de julio del 2009 anota: “Al final de cuentas, dice Grass [Günter], solo escribimos a partir de lo que leemos: tenemos experiencia de una cosa, de un sentimiento, de un acontecimiento, pero al intentar representarlo, lograr que otros se hagan una imagen o una idea de eso que hemos experimentado, recurrimos necesariamente al banco de imágenes que hemos acumulado a través de diversas y dispersas lecturas cuyo encuentro y desencuentro, cuyas reacciones e interpretaciones mutuas se nos escapan, no dominamos ni podemos invocar o concluir voluntariamente. Al final, construimos siempre un simulacro, una mentira que trata de pasar desapercibida (el arte de mentir como es debido llamó Aristóteles el arte de Homero) y mostrarse como evidencia, como verdad”.

¿Qué es un diario?

Frente a esta interrogante, Rafael Castillo Zapata tiende a asomar algunas respuestas tentativas. Voy atreverme aquí a resumir las intermitencias que he podido captar: diario como “documento”; como “imaginación”; como “memoria de sí mismo”; como “escuela interminable”; como “una historia de los días, pero con lagunas”; como “única escritura”; como “interpolación”; como “ensayo”; como “composición”; como “quimera”; como “apunte autobiográfico”; como “fracaso académico”. Como vemos, no existe un mapa unánime sobre la idea del diario. Estos pasajes o tópicos podrían conducir a tratados rutilantes. Pero quiero detenerme en la forma en cómo la prosa zapatiana asoma esta riqueza. Definir el diarismo se estipula como una carrera de largo aliento. Para ello, el lance crítico es la norma. Año tras año, sus asedios intempestivos esculpen un objeto huidizo. El diario encierra y abre enigmas, escapándose al dedo neblinoso de la memoria. Siempre se es tarde para atrapar el instante, es verdad; pero lo que cuenta, en todo caso, es la voluntad del anotador para poner orden en esas “oscuridades” que lo circundan.

Lo que también lleva a Castillo Zapata preguntarse, ¿para qué sirve el diario? La meditación sobre este asunto es apremiante. El 1 de julio del 2010 escribe: “¿A quién puede interesar, importar, hacerle falta todas estas anotaciones inconstantes? Por momentos, siento que en el diario dejo materia útil sobre todo a los jóvenes lectores, como Sebastiani [Alejandro], materia útil para su confrontación como escritores; que el diario sea, sí, un catalizador de reacciones (como lo es la docencia, sin duda) entre jóvenes escritores, para jóvenes escritores y por eso he pensado en el título de ‘tratados’: el impulso moral que ha estado siempre en el fondo de todos mis actos de escritura se despliega generoso en el diario y en ello debería radicar su justificación, la plena justificación de la necesidad, del deber, se diría, debería decirme, de publicarlo”. El diario se entiende como obra pedagógica, sin abandonar todo fin estético y literario. Quien testifica ante sí mismo de lo que piensa, lee y siente, también desea proyectarse ante los otros como legado.

Señal de humildad y entrega: el diario trocado en obra de humanidad. En mi caso, ¿cómo piensan, qué leen, cómo viven los historiadores? ¿Cómo se hacen las preguntas, de qué forma ven “hacia el pasado para entender el presente”? ¿Dialogan consigo mismos, con sus contemporáneos? ¿Fracasan alguna vez? Tales preguntas me martillan; y el trazo de Castillo Zapata me impulsa a revelar mi propio sendero, si es que existe. El 6 de diciembre del 2009, el escritor se pregunta: “¿Concebir el diario como un ‘diálogo histórico’ con los lectores contemporáneos o como ‘monólogo metahistórico’ sin preocuparse por la posteridad? (Tomo la contraposición de Pasolini, de un ensayo de 1961 titulado <Pasión e ideología>: ‘el escritor de hoy tiene en cuenta básicamente al destinatario de su obra en la medida en que concibe la literatura como un diálogo histórico y no como un monólogo meta-histórico’)”.

Afán de registro

¿De dónde nace este afán de registrar el paso de la vida en el diario? Rafael Castillo Zapata en sus anotaciones que van desde 1990 al 2010 deja entrever algunas claves. El destino de anotador se padece y se goza por igual. Sentirse identificado ante la dureza e incredulidad, ante la confianza y la promesa de esto que se escribe, quién sabe para qué y para quién. El diarismo como actividad “pequeñoburguesa”, “inicua”, “estéril”, que hinca sus dientes en la “soberbia” de trascender. No dejar morir el “flujo de palabra”, sobre todo para dar fe de nuestros fracasos académicos, profesionales, emocionales, familiares. “No siempre es un buen día para la entonación precisa y bella; pero de esos días malos o medio buenos nace la posible perfección”, escribe el poeta. Anotar para emular, imitar, movilizar la fe en nuestro esfuerzo escriturial. Llevar el diario estimula el espíritu y organiza nuestro pesimismo.

 Anotar es ejercitar el deseo de “sacar partido en el diario”, de no quedarse en el silencio tormentoso. Es ponerse los guantes y subirse al cuadrilátero. Vivir alerta, despierto, y por encima de todo, dispuesto. “Compulsión de escribir”, de agarrar por el cuello –como le gustaba decir a Elias Canetti– la realidad y hacerla a nuestra medida, aunque sea por un instante. No dejarse ganar por el prospectum o la posposición, de esperar a la fulana “madurez”. El 23 de enero del 2009 escribe: “Alegría de que [John] Cheever haya llevado un diario como el que llevó durante treinta años y que ahora, gracias a sus herederos y a sus editores, podamos nosotros consolidar nuestra propia voz, nuestra propia personalidad, leyéndolos, utilizándolos como balizas para entendernos a nosotros mismos, sentirnos estimulados a perseverar también nosotros en este empecinamiento de registro”.

Anotar como método de sostener el agua entre nuestras manos. Asumir el papel de Sísifo a cierta hora del día, para subir la cuesta y convertirnos en héroes de la “poquedad”. Seis meses más tarde, el 29 de julio, el ejemplo de este empecinamiento habitual de Castillo Zapata: “Klaus Mann: <La necesidad de escribir comienza antes de que haya  un contenido. El impulso de escribir actúa como un fin en sí mismo, sin relación con una problemática moral o personal. Aún no hay nada que confesar (o, si hay algo, permanece impronunciable: precisamente las más tempranas aventuras no encontrarán su expresión hasta mucho más tarde): de ahí ese interminable inventar en el vacío> (Hijo de este tiempo, 34)”. La interpolación de fragmentos de Mann y Grass como hallazgos milagrosos para el diarista, que tanto le dan al profesor caraqueño el valor de avanzar entre la memoria y el olvido. Y con él, nosotros.